sábado, noviembre 23, 2019

PRODIGIO DE AMBIGÜEDAD E IRONÍA

 Prodigio de ambigüedad e ironía. 

 Eso es lo que puedo decir de Los versos satánicos, de Salman Rushdie. 

 Eso y que se trata de una novela que puede ser tan compleja o tan simple como deseemos porque podemos asumir al pie de la letra todo lo que se nos cuenta o establecer las conexiones que queramos. Por ejemplo: podríamos decir que su argumento central comienza con la explosión en el aire del Bostán 706 y la caída de los protagonistas al vacío. También podríamos decir que el eje del libro son los sueños de Gibreel Farishta que curiosamente, se parecen a las «películas teológicas» de las que él mismo fue protagonista en Bollywood y esos sueños, a su vez, no siempre pertenecen al mundo del sueño; es decir: a la sucesión de imágenes que vemos cuando dormimos, sino que, como Gibreel Farishta no está bien de la cabeza, sus sueños y alucinaciones se confunden y se nos aparecen en un mismo nivel del relato. A eso debemos sumarle que las visiones de Farishta (dormido o despierto) saltan en el tiempo, en el espacio y en la cualidad de los hechos. A veces lo que «ve» tiene implicaciones mítico-religiosas; otras, implicaciones socio-culturales y otras consecuencias amorosas y sexuales. La verdad es que la fascinación que produce esta novela se encuentra en la exuberancia con la que todos estos elementos se entremezclan y nos permiten ver un retrato detallado de la compleja relación entre Oriente y Occidente, del choque entre sus concepciones de la vida, la abrumadora riqueza que hay en el intercambio, ora fluido, ora violento, entre ambos mundos.

 Ese retrato que puede ser el de la época en que se publicó el libro (1988) o el de todos estos años posteriores (el choque cultural continúa y sigue siendo tan benéfico y a la vez tan doloroso y tan imprevisible, como siempre) tiene una particularidad que define al propio libro: ese retrato no es limpio ni atildado; es tembloroso, deforme, exagerado y, en algunos momentos, hasta grotesco. El estilo con que está narrada la historia de Gibreel Farishta y Saladin Chamcha está marcado por una vocación humorística cuyo rango se abre desde la ironía más punzante hasta la sátira más descarnada, y ése no sólo es uno de los grandes aciertos del libro, sino uno de los detalles que reta con fuerza a los lectores del mundo entero. 

 (Sí. Ya sabemos que a los fundamentalistas islámicos no les gustó la novela y que le pusieron precio a la cabeza de su autor). 

 Si las páginas de Los versos satánicos rezuman ambigüedad, convengamos en que lo que la hace posible es el humor con el que se cuentan los hechos y que, a su vez, no sabemos si esos hechos pertenecen al sueño, a la vigilia o a la ficción de una película. Esa estructura no es mera frivolidad; es representación del absurdo que está detrás de todo: de la historia, del universo, de la vida, de la fe. Así cuando leemos que en determinado momento Saladin Chamcha tiene patas y cuernos de chivo, que la enfermera Hyacinth Phillips tiene cabeza de monstruo mitológico, que el poeta se disfraza de eunuco para que las nuevas autoridades de Jahilia no lo descubran o que el mismísimo Dios está sentado sobre la cama de Alleluia Cone y le reclama a Gibreel Farishta que cómo se le ocurre cuestionar el plan divino, nos deleitamos y a la vez comprendemos que en esa sátira hay algo más que distorsión y comedia, que en esas escenas plenas de imaginación hay otra manera de destacar las conexiones menos evidentes entre los hechos y sus posibles relatos, entre las narrativas de la fe, del sueño y de la propia vida, además de las preguntas que cada uno suscita. 

 Los versos satánicos tiene una textura narrativa densa en la que se superponen distintos registros y en la que el lector puede percibir la riqueza de un extraordinario desorden, nada raro si se recuerda que Rushdie nació en Bombay, que su sensibilidad tiene la impronta barroca de la cultura india y que su método de escritura está inspirado desde todo punto de vista en Las mil y una noches. Así que nada de raro tiene que nos encontremos ante una novela llena de contrastes, ante un relato que se abre y se abre como un universo en indetenible expansión y que todo, léase bien: todo, sea posible en la historia que se nos cuenta sin ambages, sin escrúpulos por lo que puede o no ser según la realidad o la religión o lo que sea. Estamos ante un gran, gran, gran libro, valiente, retador, divertido y poderoso que vale la pena leer y recomendar.