jueves, octubre 03, 2019

LA DUREZA DE LA VIDA

 ¿Cuál es la sensación entraña que siente Mevlut a lo largo de toda la novela? No lo sabemos con certeza. Pamuk ofrece muchas respuestas, pero ninguna es terminante. En ocasiones se nos dice que la sensación tiene que ver con el miedo que siente el vendedor de boza ante los perros callejeros que se le aparecen en los rincones más oscuros de la ciudad. En otras oportunidades la sensación extraña tiene que ver con ciertas preguntas metafísico-religiosas que Mevlut masculla para sí: ¿cómo se compaginan las acciones y las intenciones? ¿Qué es más importante para Dios: los hechos o los deseos? ¿Es el destino o la suerte (como concluye Mevlut) lo que une las intenciones con las acciones? No lo sabemos. Para esas preguntas, como para la que dio inicio a esta reflexión, no hay respuestas terminantes. Tan sólo podemos intuir en Mevlut Karatas la perplejidad que le producen los cambios implacables que ve en Estambul a lo largo de los años, y ese detalle es muy importante porque el oficio de nuestro protagonista está ligado al pasado, a la tradición, a la memoria de los turcos. Mevlut es un vendedor de boza (una bebida fermentada hecha de trigo que se popularizó en los tiempos del imperio otomano) que camina durante las frías noches de otoño e invierno vendiendo su producto. De alguna manera, Mevlut es un remanente del pasado, un elemento que desata la nostalgia de sus clientes y que también ha sido arrasado por la ola de cambios que se ha llevado y se sigue llevando todo a su paso.

 Esa fuerza indetenible a la que no sabemos si tachar de benéfica o no marca la visión que tenemos de Estambul en esta novela y nos permite hacernos otra serie de preguntas esta vez más incómodas: ¿qué es de verdad el progreso? ¿Qué significa esa palabra en un país como Turquía? ¿Cómo se compagina el progreso económico y material con el mantenimiento de costumbres tan arcaicas como ésa de la concertación de matrimonios entre gente que no se conoce?

 El foco principal de Una sensación extraña ilumina el mundo de los pobres de Estambul, los cerros repletos de casas improvisadas erigidas con materiales precarios, las constantes oleadas de inmigrantes de Anatolia y de otras regiones de Turquía que van a Estambul a procurarse una vida mejor, los autobuses atestados de pasajeros, los problemas laborales y personales de la gente... Al leer esta novela aprendemos que la pobreza es igual en todas partes, que en todo tiempo y lugar el pobre es el primer lobo del pobre, que el hacinamiento, el maltrato y las desgracias vienen en el paquete de la pobreza.

 Quizás ése sea uno de los ángulos más difíciles de asimilar de este libro. El retrato de la pobreza supone reiteración y permutación de las mismas situaciones porque la pobreza es, entre muchas cosas, repetición de situaciones, de personajes, de dramas, actitudes y peripecias. Así una parte considerable de la novela se nos va en enterarnos de las alegrías y de las desdichas grandes y pequeñas de gentes cuyas vidas parecen sacadas del mismo molde. Sin embargo, la pericia de Pamuk es tal que, a pesar de las reiteraciones y de los embrollos familiares que parecen no tener fin, logra mostrarnos la humanidad íntima y compleja de sus personajes. Es cierto que muchos se ven arrastrados por las circunstancias o por la dureza de las costumbres, pero en ellos suele brillar una mezcla de humor y melancolía, de debilidad y entereza que los vuelve individuos ante nuestros ojos.