sábado, mayo 04, 2019

HIPERREALISMO VENEZOLANO EN ACCIÓN


 Las artes venezolanas se muestran fieles a un acentuado realismo.

 Sí. Es un aserto general, lo sé. Hay casos de casos. Pero curiosamente lo que se tiene por notable en las artes venezolanas exhibe la impronta del realismo documental. Y no es nuevo. Hace una semana Doña Bárbara, la novela de Rómulo Gallegos, cumplió 90 años y todavía se le celebra por analizar la realidad del país de aquellos años.

 Volvamos al punto: las artes venezolanas se muestran fieles al diario acontecer.

 No me refiero a la música, por supuesto, arte en el que en Venezuela priva un raro bellismo y una extraña frivolidad ajena a la necesaria catarsis y al debido exorcismo.

 Hemos leído novelas, celebradísimas novelas, que de puro realistas muestran en el papel retazos de aquello que vivimos. Es tan directo el traslado de la vida a la página que uno se pregunta por el arte. ¿Dónde está el arte? ¿Dónde están la transformación y la distancia, el rigor, la dureza y el grito? No hay grito. O lo hay, pero algo que no sabemos qué es, lo mitiga. Es como si la realidad venezolana, vórtice grotesco y fatal, se tragara toda luz capaz de iluminar aquello que hay que iluminar en este desconsuelo. Esos libros terminan iluminándose a sí mismos y los lectores de otros países terminan leyéndolos como quien lee una guía turística del horror ajeno. Yo europeo, estadounidense o súbdito británico, depilado y sin problemas, leo esos libros para medio saber sobre aquello que padecen unos latinoamericanos tercos que forjaron su propia tragedia.

 En materia de realismo político los epigramas de Rafael Cadenas son la demostración de que el horror venezolano es capaz de corroer todo lo que se le acerque, incluso para criticarlo.

 En las artes visuales hay artistas embebidos en la imaginería del caos nacional. De los dos que siguen, uno maneja un criterio documentalista y el otro una idea anti-propagandística. 

 Juan Toro Diez tiene una serie de fotografías de objetos recopilados durante las manifestaciones de 2014 y 2017: escudos, capuchas, bombas molotov, piedras, perdigones, balas... Ver esos objetos fuera de su contexto produce un extraño nudo del que cuesta zafarse.

 Francisco Bassim ha cultivado el fotomontaje, ese arte que, por lo visto, prospera en tiempos de guerra, y ha concebido imágenes poderosas que dan cuenta de la compleja sordidez en que vivimos.

 (Los humoristas, quizás por la propia naturaleza de su oficio, asumen una distancia conceptual entre los hechos reales y las imágenes. Roberto Weil, Rayma Suprani y Eduardo Sanabria han continuado produciendo agudas viñetas que retratan la mezcla de absurdo y perversión que gobierna nuestros días).

 ¿Y el cine venezolano? Ahí, dedicado a la realidad y a la historia; no a la imaginación. Dormido o despierto, nadie sueña nada nuevo después de ver una película venezolana. Tal vez algo de nuestra precaria imaginación tenía un estímulo en las telenovelas, pero esa industria se acabó. La acabaron los mandarines del purismo sentimental.

 ¿Y el teatro? Es variado y hay más o menos de todo: obras buenas y malas, frívolas y reflexivas, realistas, imaginativas, clásicas... Sin embargo, pienso en Sangre en el diván o en los años en que la gente veía con fervor aquella obra humorística dedicada a parodiar los primeros días del chabismo: La reconstituyente. Entre nosotros, la ficción no es muy popular. Preferimos versiones de la historia que ya sabemos a una historia distinta que nos exija un mínimo esfuerzo intelectual.

 ¿A qué se debe esa vocación realista, ese alejamiento de las alegorías, de las abstracciones y de las metáforas? Nuestra vocación realista perpetúa lo que hay. Creemos que retratar la realidad supone comprometernos con su refacción y no necesariamente es así. En el fondo del problema venezolano hay una crisis de la imaginación. Así como no somos capaces de imaginar otra vida ni otro futuro, no somos capaces de imaginar otras acciones que solucionen el increíble desastre en el que estamos sumidos. Nos enfrascamos en hablar de la realidad desde la propia realidad y creamos un extraño bucle en el que el retrato de lo real comienza a formar parte del paisaje. Por eso pierde densidad conceptual y capacidad de denuncia. Así el realismo se vuelve vehículo de lo mismo, perpetuación de lo que ya existe. La obra realista no nos ayuda a conocer otros ángulos y otras capas de lo que ya conocemos; nos hace ver lo mismo ampliado, y el efecto es el aplastamiento, la creencia de que aquello que nos oprime es insalvable, y, ante aquello que es inevitable, nos resignamos, creemos que todo esfuerzo en su contra es inútil. Tal es el efecto hiperrealista.