viernes, abril 19, 2019

EL TESTIGO

 Juan Villoro es un maestro del detalle; tanto narrando como comentando es un maestro del detalle. Quizás por eso sus crónicas sean tan agudas y sus ensayos tan interesantes. En la ficción es distinto. Específicamente en El testigo, que es la novela que acabo de terminar, la estructura general, la historia completa, no me apasionó; me perdí porque la agudeza que tiene en el detalle, se nubla en la totalidad. El testigo no tiene lagunas, pero hay mucha indeterminación, mucho relato que no llega a nada o llega pero no es importante. El testigo está llena de diálogos, divertidos sí, pero que no comprendemos qué función cumplen ni qué hacen más allá de distraernos y de dilatar las acciones que, por otra parte, no terminan de ser importantes porque, de verdad, uno no sabe qué es importante en esta novela en la que ocurren muchas cosas triviales o que se diluyen en el aire. 

 La novela que leemos narra en esencia el regreso de Julio Valdivieso a México, su reencuentro con la tierra y con sus recuerdos, pero en algún momento ese retorno se mezcla con la escritura de una teleserie y con las muertes de unos cuantos personajes a quienes uno, al final del libro, no sabe quién los mató ni por qué ni qué sentido tuvieron dentro de la trama. En lugar de ayudarnos a asentar la historia y de poner cada cosa en su sitio, el narrador se dedica a hablar y a hablar sobre asuntos que, al menos yo, vi como piruetas para evitar la claridad, como guiños a lo que es normal en la literatura mexicana y al mundo latinoamericano en general: el desierto, la Revolución de los Cristeros, los narcos, los magnates de la televisión, las empleadas domésticas (tipo Cleo, la de Roma de Alfonso Cuarrón), las historias religiosas, el poeta modernista... En fin... Una vez más, uno se topa con una novela llena de «lo mismo latinoamericano», incluidos el milagro y la ambigüedad que uno cifra en lo real maravilloso.  

 Lo mejor de la novela es el estilo de Villoro, su manera de mostrarnos las minucias de un mundo vasto, complejo y repetitivo. También es muy retador enfrentarse a la idea que se encuentra a lo largo y ancho de todo el libro, y que tal vez justifique tanto diálogo inocuo y tanta voltereta. Se trata de la idea del testigo, de cómo toda acción existe porque hay alguien que la registra, la ordena, le da forma de relato y la recuerda. Nuestra existencia y todo lo que hacemos necesita testigos; si no, todo se lo traga el desierto o el olvido.