domingo, marzo 03, 2019

APUNTES EN EL CUADERNO INVISIBLE

 Christian Bök creó un proyecto poético llamado Xenotext. Nótese que se trata de un proyecto poético y no de un poemario o de un poema. Por lo general, uno lee la palabra «poesía» y de inmediato la asocia con «poema» o con «palabra», como si la poesía se limitara a las variantes de la comunicación verbal, como si no existieran otras posibilidades. 

 En Xenotext, Bök propone la idea de convertir el código genético de una bacteria en un poema, de manera que la bacteria resultante sea un poema viviente.

 Más allá de las posibilidades, de la belleza, del ingenio, de la ambición y de la locura de este proyecto, me llama la atención la idea de ese ser vivo que es un poema por el sólo hecho de tener su código genético ordenado de una manera determinada, como si los genes constituyeran un lenguaje y pudiésemos alterarlo para generar eso que producimos cuando creamos (o encontramos) poesía. 

 También me queda la inquietud acerca del poema viviente: ¿qué es exactamente un poema viviente? ¿Es lo que dice el poeta canadiense Christian Bök o es o puede ser algo más? ¿Acaso no podríamos asumir que un poema es un código que adquiere vida cuando, por ejemplo, lo memorizamos y meditamos sobre él? ¿No nos convertimos en «poemas vivientes» cuando evocamos un poema o cuando descubrimos poesía en los rincones más extraños de la vida?


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 La poesía no se limita a las palabras.


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 Leo Las edades perdidas, de Vicente Gerbasi. Me agrada el poemario completo; no cada poema porque, a pesar de que muchos contienen imágenes poderosas, sus remates son torpes y, como Uds. saben, la poesía es, entre muchas cosas, ritmo, energía que se expande y se contrae en un mismo instante. Si el ritmo no fluye o se interrumpe o se termina antes o después de cuando debe terminar, el poema se desintegra ante nosotros.

 La idea que le da unidad al libro es la historia cósmica de un planeta desde sus albores hasta su extinción visto a través de ciertos hitos de la civilización, de ciertos nombres (aparece un poema titulado «Armando Reverón»), de ciertos gestos enraizados en lo más hondo de una tierra mítica.

 Lo dicho: los poemas no están a la altura de la idea que produce el libro, pero igual vale la pena visitar sus páginas.  


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 Leí una entrevista a Thomas Demand, un artista cuyo trabajo consiste en tomarle fotografías a sus esculturas de cartulina.

 Las esculturas pueden verse como maquetas de objetos y lugares inocuos: tres trampolines, uno al lado del otro, una escalera, un edificio, el estante de una ferretería... 

 Demand habla de la fotografía como de una experiencia que le permite crear una representación hiperrealista de algo que es completamente frágil; es decir: es como una representación sofisticada de otra representación barata. Si ves, por ejemplo, su foto en gran formato de la Oficina Oval de la Casa Blanca de los EEUU, todo te parece normal, hasta que empiezas a detallar la textura de los objetos, la forma del teléfono, de los libros, de las carpetas que están sobre el escritorio... Todo tiene un inevitable dejo a papel plisado o cortado, a escenario de juguetería.

 Lo inocuo, lo frágil, lo que se desdeña porque no resulta importante ni llamativo ni bello, encuentra su espacio en el trabajo inclasificable de este artista alemán cuyo cuestionamientos no se perciben con facilidad, pero muy pronto nos encontramos tratando de responder a preguntas aparentemente simples sobre si aceptamos sus maquetas como esculturas o sobre si hablamos de él como de un escultor o de un fotógrafo.

 La obra de Thomas Demand se encuentra atravesada en nuestro camino hacia otras obras y hacia otras preguntas a las que suponemos mayores. Por eso, para refrescar nuestra perspectiva de las cosas, vale la pena detenerse ante ella y observarla con detenimiento.  


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 La poesía se apodera de las formas y crea su propio lenguaje.


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 En la National Gallery of Art, de Washington, vi por primera vez en mi vida un Botticelli. Podría anotar aquí una lista de adjetivos sobre esa Adoración de los magos, pero no lo haré. Sólo diré que cuando la vi, descubrí que mi alegría no radicaba sólo en poder verla frente a frente, sino en que me percaté de que una parte de mí, de mi memoria visual, de mi sentido de la belleza, está configurada a partir de sus formas complejas y delicadas, de su color, de sus líneas que son rigurosas y voluptuosas a la vez. 

 Vi el Botticelli, me reconocí a mí mismo. 

 Seguí. 

 Sigo. 

 Voy.


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 La poesía se apodera de la fuente del lenguaje y produce una ampliación del campo semántico de cada forma en el conjunto de las formas.