miércoles, febrero 13, 2019

CHICAGO

 Resulta difícil tener recuerdos de Chicago. La dificultad radica en que cuando los evocas, no puedes creer que aquello que recuerdas sea posible. Por ejemplo: en el viaje de regreso de Pittsburgh, me tocó ir en la ventana del avión. Por lo general, las vistas desde los aviones son bellas y desabridas. Mucha nube y horizonte y terreno que se repite y se repite. Pero, en esta oportunidad tuve la visión de Chicago completa, densa, mínima, desde el aire. Durante un par de minutos toda ella cupo en mis ojos. Vi los detalles de los edificios entre cuyas paredes me maravillé hace un mes. Vi el One Museum Park, la torre Trump, el Crain Communications Building, la Willis Tower, el Two Prudential Plaza, el Aon Center... Todos los edificios juntos, apretados, entremezclados, surgiendo de la tierra y elevándose hacia el cielo como gritos de vidrio.

 Al evocar los recuerdos de Chicago, también cuesta asumir que uno estuvo ahí, que las imágenes que te rondan no las inventaste ni son el producto de un sueño. En el acto de recordar es inevitable verse a sí mismo viviendo y, en este caso, uno vuelve a sentir la fascinación de la ciudad, el extraño vértigo que producen las dimensiones de las calles, de los edificios, de los objetos en ese sitio, y uno termina sorprendido y agobiado de haber estado ahí.

 No sé si me explico.

 Cuando uno va a una ciudad que no conoce, participa sin querer en un reto.

 ¿Qué es una ciudad sino la materialización de los sueños que hicieron posible su construcción a través de los siglos? De manera que ante una ciudad desconocida no te mides con los muros. Te mides con los sueños de sus habitantes, sueños que, al igual que el concreto armado, se mantienen en el tiempo.

 En Chicago te mides con los sueños de quienes erigieron y mantienen este prodigio urbano. Cuando estás ahí no lo ves. Lo ves después, cuando evocas la ciudad y adquieres la conciencia de que estuviste ahí y caminaste entre sus gentes y fuiste tú, mínimo y grande a la vez, y de que trataste con todas tus fuerzas de ser digno de todo aquello que la ciudad te ofreció.

 Caminé para arriba y para abajo la Michigan Avenue. Vi los clásicos edificios de la ciudad con sus números elegantes, sus relieves y sus lámparas de otras épocas. Vi el Carbide & Carbon Building y le dije a todo el que me acompañaba que ése era (y es) mi edificio favorito entre todos los que se conjuntan en ese punto del inestable universo. Me gusta porque no sé si su oscuridad es negra o verde o gris, pero combina muy bien con el dorado de sus ornamentos y con el sol de la tarde. Más que un edificio parece una piedra opaca y milenaria, tal fue el concepto de su diseño original y así sigue erguido ante la calle implacable, a pesar de que hoy, en lugar de oficinas, alberga un hotel.

 Michigan Avenue es un largo río de formas que se superponen: gente, carros, autobuses, tiendas de todos los tamaños, edificios y más edificios. Es difícil establecer jerarquías. Todo rincón destila una historia, una vibración especial que cambia con la luz y la oscuridad.

 Durante una de mis tardes en Chicago, fui con mis amigos al Guaranteed Rate Field, a ver un juego entre los Tigres de Detroit y los Chicago White Sox. El estadio me pareció un edificio indigno de la ciudad, una caja enorme de concreto a la que asistí con ilusión entre otras razones porque todo lo que tiene que ver con el beisbol me recuerda a mi papá. Sin embargo, la experiencia no fue todo lo grata que pudo ser porque llovió y suspendieron el juego durante más de una hora, y porque el partido como tal fue bastante aburrido. Los Medias Blancas perdieron ocho carreras a dos y en un sólo inning hubo tres home runes. Eso sí: vi por primera vez la vida dentro del estadio, los infinitos puestos de comida, los perros calientes de un dólar, la cerveza hasta el séptimo inning y algo que hizo que nunca más vuelva a ver un juego de beisbol de la misma manera: sepan que en los estadios de las Grandes Ligas hay un cronómetro que marca los tres minutos de la publicidad en televisión, de manera que todo está coordinado, no hay azar ni detalle que no haya sido previsto, salvo el propio juego, en el que cualquier cosa puede ocurrir.

 En otro momento fui al 11 East Hubbard Street, donde queda el Andy’s Jazz Club. Pagué diez dólares y tuve que mostrar mi pasaporte para demostrar que tengo los cuarenta y ocho años que tengo y que puedo pedir una cerveza sin problemas. Vi la actuación de un grupo que se llama After Dark, cuyo repertorio está basado en la música de Von Freeman. Disfruté la velada. La formación era de tres saxofones, guitarra, contrabajo y batería. Sonaba potente. Andy’s Jazz Club es un local extraño porque es amplio, con una barra pequeña y un menú demasiado extenso para mi gusto. A pesar de que me sentí muy bien entre sus paredes, extrañé la oscuridad tradicional de otros clubs de jazz. No superé la presencia de unas ventanas desde la que entraba la luz de la calle, lo que le daba al local un aire de apasionada e innecesaria franqueza, como si los dueños vivieran empecinados en declarar que ese club es honesto, que ahí no ocurre ni ocurrirá nada raro. No sé si ese exceso de sanidad, de luz y de moral le hacen bien o no al arte. Supongo que, por un lado, sí, que está bien que todo sea legal, serio y ordenado, pero por otro, creo que hay artes que necesitan lidiar con cierta niebla, con cierto deseo de romperlo todo.

 Más allá de las particularidades de cada una, estas experiencias me mostraron cómo son las noches en Chicago. Dos o tres párrafos más arriba hablaba de la vibración de una calle determinada y cómo cambia en la noche con respecto al día. Pues bien, sepan que, a partir de cierta hora, Chicago es dura, muy dura. Ciudad áspera y bella, repleta de gente que no se ve durante el día y que puebla las calles y el metro: indigentes, tipos que gritan en plena vía, transeúntes, sujetos que van y vienen perdidos, como hormigas sin antenas... Cuando recorres Chicago, te encuentras indigentes apostados en las esquinas, todos con cartones donde cuentan sus historias, pero de noche hay más, muchos más, y este caraqueño que escribe, no puede evitar el mal que lo aqueja, mezcla de paranoia y melancolía, agobio, admiración y ansiedad. Nadie se metió conmigo y supongo que, en general, nadie se mete con nadie entre las aceradas espinas, pero la energía está ahí, hace temblar la ciudad, mueve los objetos y los vidrios, hace que todo el mundo camine y se mueva muy rápido, y que quienes venimos de la franca oscuridad llenemos de ojos nuestras espaldas, como siempre.

 Pero Chicago es amable. Nunca (ni siquiera ante la afilada luna) pierde su fasto. Calles iluminadas, tipografía infinita, letras, números, faros, colores que se mezclan en el aire y forman una rara acuarela que se eleva con las agujas.

 La ciudad te lleva, te arrastra; es un río lleno de brazos que se abren en distintas direcciones. Unas te llevan al estadio de fútbol, otras al puente DuSable o a Union Station o a Ditka’s (y comes costillas) o al hogar de las belugas en el Shedd Aquarium... Chicago es múltiple e infinita, densa, fría, sólida prolongación del lago Michigan, heredera de todos los vientos.

 Si caminas, si te dejas llevar, tus pasos te llevarán al Millennium Park, hito de hitos en una ciudad llena de hitos. Es el parque rodeado de témpanos ilustres, de ventanas que miran los árboles y las caminerías, del auditorio desmesurado de Frank Gehry (el Jay Pritzker Pavillion), de la plaza AT&T, donde se encuentra Cloud Gate, la escultura plateada de Anish Kapoor a la que todo el mundo llama Bean (o Caraota) y en la que todo el que la visita se refleja porque al final esa escultura extraordinaria es más un espejo y un símbolo del amor que genera esta ciudad que una obra de arte. Más allá, muy cerca, dos leones verdes anuncian un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo. Tal es el Art Institute of Chicago. Fui dos veces e iría N veces más porque ningún museo que se precie puede abarcarse en un sólo día. Es un despropósito y un gesto de profunda y mala educación tratar de ver en tres o cuatro horas lo que la humanidad ha producido durante milenios. En mi primera visita vi de todo: Caravaggios, Grecos, pero guardo para mí la serena conmoción que me produjeron las nubes de Georgia O’Keeffe, y Nighthawks, de Edward Hopper. Ni hablar de las salas dedicadas a Gauguin, Cézanne, Monet, Seurat, Degas, Lautrec y Van Gogh. En mi segunda visita conocí la biblioteca del instituto, un sitio delicado y perfecto para perderse en uno mismo. Vi Duchamps, Dalís, Magrittes, Brancusis y un vitral portentoso de Chagall ante el que pasé un larguísimo rato en silencio.

 (Sí. Los museos también son espacios de meditación).

 Otro mundo dentro del mundo es el aeropuerto O’Hare con su áspera densidad igual a la de cualquier otro terminal aéreo. La única diferencia es que éste es abrumador por su tamaño y por el volumen de gente que circula por sus pasillos y porque, a pesar de todo, trata de ser amable. ¿De dónde salen, hacia dónde van tantas personas? ¿Qué quieren con tanto afán? ¿Pueden imaginarse la vibración que producen? Creo que no. Ellos simplemente son; van y vienen; recorren este país y el mundo, y el O’Hare es sólo una puerta gigantesca.

 En Chicago hay espacio, pero todo luce apretado. El terreno es amplio, muy amplio, tan vasto que todo puede ser, y es, enorme: las calles, los edificios, las aceras. Algo en ese lugar nos repite, sin decirlo, que la tierra sobre la que nos encontramos es infinita. Tal vez sea la cercanía del lago, la vastedad de un territorio esencialmente plano o el deseo de tocar el cielo en un lugar en el que coinciden la tierra y el agua, la vastedad del horizonte.

 Desde el cielo veo el brote arduo de vidrio y acero que quiere ser hielo. Desde el terreno el sueño de quienes erigieron Chicago parece inabarcable, pero aquí arriba, en esa zona indeterminada del aire, algo me dice que el vértigo invertido de ese sueño me incluye, que algo o alguien en la ciudad me espera y con esa ilusión siempre iré a su encuentro.