lunes, enero 21, 2019

EL IDIOMA VIEJO

 Los idiomas cargan consigo las preocupaciones del presente.

 En castellano las preocupaciones vienen del pasado. En España, por ejemplo, se discute la exhumación de Francisco Franco y en Hispanoamérica se habla de la «esperanza de los pueblos» y del socialismo; es decir: puros fantasmas de otras épocas.

 Los idiomas se usan y están vivos hoy, pero cuando se habla tanto del pasado, se contagian de palabras e ideas viejas. También se contaminan de gustos viejos. Véase Roma, la película de Alfonso Cuarón. Nótese que vemos en pantalla una cinta que cuenta una historia mil veces contada en telenovelas y películas no sólo de México, sino de toda Latinoamérica.

 Y ya que hablamos de Roma en relación con el castellano, ¿cómo obviar ese ridículo episodio en el que los usuarios españoles de Netflix se quejaron porque los subtítulos en castellano de la película venían en dialecto mexicano y no en castizo? Claro, lo primero que haría falta meditar es por qué una película en castellano necesita subtítulos en castellano en un país en el que se habla castellano. Digamos que, a pesar del absurdo, el público de España y de todo el orbe que habla castellano, tiene algo de razón porque, la verdad sea dicha, los diálogos de esa película no se entienden quién sabe si porque el sonido es francamente malo, aunque los expertos digan lo contrario, o porque los actores no saben vocalizar. Demás está decir que el castellano extendido por toda América es diverso y que es común encontrar modismos y términos que hace falta explicar.

 Volvamos al castellano y su fijación por el pasado.

 Observemos que nuestro idioma es una especie de reservorio de palabras de los años sesenta, época marcada por la Guerra Fría y el afán guerrillero. En Latinoamérica se usan todos los días palabras como imperialismo e imperialista, sabotaje, golpe, comandante, desposeídos y pueblo, entre muchas otras, puras palabras que denotan un pensamiento político que no se compagina con la complejidad del presente y del futuro. En España hablan de igualdad, machismo, secesión, república, derechos, autonomía, progreso... Términos que parecen sacados del mayo francés de 1968.

 El español es un idioma cargado de pasado.

 A diferencia de lo que otra gente opina, creo que las circunstancias en las que se habla un idioma lo influyen y lo marcan.

 La adicción hispana por el pasado marca al castellano que usamos hoy. En muchos casos, creo que lo hace de manera vergonzosa y triste porque lo limita.

 Esa adicción parece venir de una incapacidad para terminar de aceptar, resolver y superar los problemas, problemas que terminan retomando algunos políticos para seguir mareando y haciendo política barata de manipulación emocional primitiva.

 Sepan que el castellano no es un idioma ligado al conocimiento ni a la tecnología. Es un idioma con una larga y prodigiosa tradición literaria hoy desconocida por millones y millones de personas en el mundo entero. El castellano es hoy un idioma de obreros y cocineros, lo cual no tiene nada de malo, pero saber y decir esa verdad nos baja de la nube de creer que el prodigio que hablamos es más importante de lo que es.