domingo, septiembre 08, 2019

UN CLÁSICO RARO

 Terminé La conciencia de Zeno, de Ítalo Svevo. 

 Con esta novela me ocurre algo muy extraño: me cuesta definir dónde radica el interés que suscita. Podría decirse que cuenta la historia de un caballero normal y corriente, torpe, lelo y raro en muchas de sus maneras, pero ¿cuántas novelas protagonizadas por un personaje así conocemos? Muchas, ¿verdad? Hemos leído cientos de novelas en las que se narran las peripecias de uno de estos individuos particulares y acontecidos, pero en ésta que comentamos, esas singularidades se nos presentan con un esmero que nos desconcierta. Por ejemplo: Zeno se siente atraído por Ada, trata de colocar un pie junto al de ella, pero en realidad lo pone junto a la pata de una mesa. Zeno va a declararle su amor a Ada, pero, por equivocación, le declara su amor a Alberta, una de las hermanas de Ada, y luego termina casándose con Augusta, la hermana bizca de Ada. Zeno tiene una amante y cuando está con ella, se enamora más de su esposa. Podría mostrar otras pinceladas del extraño absurdo que brota de estas páginas, sin embargo, las que he apuntado bastan para representar no sólo el carácter del protagonista, sino uno de los motivos principales de esta obra. Si las novelas representan la lucha del individuo contra sus propias debilidades, ésta de Svevo representa la lucha del individuo del siglo XX y, si bien las debilidades humanas son siempre las mismas, lo que es nuevo es la forma de representarlas. En el caso que comentamos, el texto no es otra cosa que el material que Zeno Cosini le entrega a su psicoanalista, así todo aquello que nos parece obsesión, repetición, deseo, error y espasmo forma parte de un posible método para descubrir la debilidad, entenderla y curarla.

 Ah, pero Zeno no quiere curarse. En algún momento se nos dice que la tal enfermedad es su adicción al cigarrillo, en otro se nos insiste en un dolor crónico de cintura o en una cojera crónica cuyas causas son imaginarias, todos males inocuos que no son más que variantes de su propia debilidad y de los que Zeno se niega a desprenderse porque representan la única afirmación posible de su propia individualidad en ese mundo de comerciantes y gente pragmática en que vive.

 Hacia el final del libro, Zeno Cosini nos avisa que su relato no está libre de «impurezas», que él lo ha contaminado con pequeñas variaciones, que aquello que cuenta no ocurrió tal cual, que llenó de ficción una historia que debía ser fiel a algunos hechos de su vida. He ahí una de las llaves de este libro. Su personaje principal es un escritor que se utiliza a sí mismo como objeto de observación y como protagonista de la trama en la que trabaja. Es así como cobran sentido las contradicciones y las neurosis que hacen cómico al personaje, pero poco a poco, y mientras asistimos a su propia evolución, nos vamos dando cuenta de que, más allá de sus manías, Zeno Cosini es capaz de mostrarse hábil y seguro en las circunstancias más delicadas, como cuando recuperó la mitad de los bienes que su cuñado Guido Speier perdió en la Bolsa de Valores.

 De este libro impresiona más el nivel de detalle que alcanza el retrato de un tipo de personalidad que la condición metaliteraria del texto. Sí. La conciencia de Zeno es una novela que trata sobre la escritura de una novela, pero también es una disección increíblemente minuciosa del deseo, de la acuciante necesidad de romper los límites, de ir más allá a pesar de las propias limitaciones y de abrirse un espacio de libertad en este mundo siempre cuadriculado que cohíbe, acota y encierra. 

 Y que quede claro que esa retícula es la enfermedad, el mal del que quiere curarse Zeno Cosini y del que queremos curarnos algunos, tal vez muy pocos, de nosotros. 

viernes, agosto 23, 2019

PARÁLISIS Y FUTURO

 En estos días de mala calidad no logro determinar la naturaleza de las narrativas actuales. No comprendo si nos encontramos en una especie de animación suspendida o si nos movemos hacia algo. De verdad no lo sé. Trato de ver en qué anda el mundo y no encuentro nada que me parezca especialmente novedoso ni retador. En todas partes hay una especie de standard que se repite, un relato que es (o quiere ser) el mismo y aquí y allá encuentras réplicas de las mismas discusiones, de las mismas ideas, de los mismos hechos, de los mismos personajes encarnados en distintas personas. «Es el espíritu de tu tiempo, Roberto. No le des tantas vueltas». Sí, eso debe ser y quizás deba seguir el consejo para no marearme, pero igual pienso que no deja de ser perturbador ver la misma savia en casi todas partes, el mismo zumbido, la misma levedad ante la estupidez, la misma inconsistencia ante el horror que en cada rincón es distinto pero igual.

 Creo que nos encontramos atascados en un pozo de anestesia al que se tiene por fuente de la felicidad. Aunque haya lugares donde la economía se mueva y el progreso sea palpable en miles de formas, las historias que reflejan aquello que las personas quieren ser hoy, aquí y ahora, son siempre las mismas. Los espacios para lo distinto y lo experimental se han reducido a una expresión tan mínima que pronto desaparecerán hasta de los márgenes.

 Lo mismo de lo mismo, la república standard, la secuencia de réplicas... Todo igual en el aire. Hace falta una inmensa fuerza de voluntad para mantener un lenguaje propio, una identidad que permanezca imperturbable ante la fuerza de la repetición. Esa fuerza existe, pero desata un aislamiento duradero en quien cultiva su propio lenguaje, y no hay nada más incómodo que vivir con esa sensación de necesitar algo que no se encuentra a la mano y que quizás no exista porque nadie más lo necesita ni lo ha inventado.

 Hay una equivalencia entre los problemas de una época y las manifestaciones artísticas que los reflejan. Los problemas se repiten o si no se repiten, se les dan largas a sus posibles soluciones y así aquello que es su reflejo no cambia demasiado con el tiempo. Es una teoría breve y cuestionable, pero sirve para comprender algo del estado de parálisis en que se encuentran las artes a lo largo y ancho de los mapas.

 Hay una rara inanición que nos impide llegar a la profundidad del mundo, una debilidad a la que se suman alteraciones agravantes. Es un estado de dejadez que aviva las brasas hasta hace poco tenues de enfermedades sociales que se consideraban superadas, pero aquí están otra vez, contoneándose impávidas frente a nuestros ojos distraídos en placeres cada vez más leves.

 El futuro es la abstracción más volátil. Cuando creemos que la tenemos en frente y que casi la entrevemos, desaparece. Por eso no es serio que nos dediquemos a hablar con demasiada vehemencia sobre aquello que creemos que va a ocurrir.

 Esperemos que las consecuencias de nuestro actual estancamiento no sean tan rudas como las que imaginamos. Esperemos que la abstracción que preocupa a unos pocos sea menos amarga que la que entrevemos y menos tenue que las circunstancias de este presente grave e idiota que vivimos.

domingo, junio 09, 2019

CONVERSACIONES

 Este libro es impresionante en muchos sentidos. Primero te hace pensar sobre su propia naturaleza: se trata de un volumen que recoge varias conversaciones entre un crítico de arte y un artista que tiene una larga e impresionante trayectoria. El crítico pregunta sin contemplaciones, el artista responde, cuenta, razona, expone. El crítico escucha, repregunta y a veces muestra su desacuerdo o le pide al artista que desarrolle una idea determinada. A veces pelean, a veces coinciden, a veces se contradicen, pero, en general, los argumentos se complementan. Cuán importante es el diálogo para un artista. Las ideas no sólo se hacen o se desarrollan en el trabajo, también se hacen en la interlocución con otras personas interesadas.

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 Serra repite cada tanto que su trabajo consiste en definir el espacio.

 La forma, en su caso, define el espacio.

 El espacio con la forma no es igual al espacio sin la forma. Entre ambas posibilidades se construye un lenguaje que subraya las características espaciales del lugar donde se encuentra cada escultura. De ahí que los contextos topográficos, lumínicos, de circulación o de aislamiento tengan tanta importancia en su obra.

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 El lenguaje del material es parte de la obra.

 El lenguaje del equilibrio es parte de la obra.

 El espacio no es un lugar donde ocurren cosas; es un lenguaje.

 La forma es parte del lenguaje.

 El equilibrio es el lenguaje de las proporciones.

 Todos esos lenguajes, para Serra, forman parte de la escultura.

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 A prime object isn't necessarily a work of art. It is an object that breaks the sequence of replicas thar surrounds us every day.

 («Normality as a sequence of replicas» is a great concept).

 A prime object opens a new body of work and materializes a new idea.

 When do ideas (and objects related to that ideas) become replicas? We have to be careful. In a blink we could repeat ourselves.

 Serra says (P.91): «... First we need to agree on what the concept means. It comes from George Kubler, who in The Shape of Time (1962) defines a prime object as a break in a tradition, a historical event without precedent, one that disrupts what he calls the sequence of replicas. It establishes a new order, one of change. In my case the breaks have come with pieces that engage gravity, space, and location...».

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 Otro detalle que me impresiona de estas conversaciones es que la concepción que tiene Serra de la escultura va mucho más allá del minimalismo.

 Por lo general asociamos el minimalismo con la presencia apenas sugerida de un objeto o con su inminente desaparición.

 Cuando pensamos en un objeto minimalista, nos hacemos la idea de algo que se encuentra en un hipotético e incómodo punto intermedio entre el estar y el no estar, entre la nada y el ser.

 Esa noción del objeto tiene mucho de la Gestalt. No hace falta que se muestre toda la estructura porque un fragmento permite intuir su totalidad. A lo largo del libro, Serra se queja de esta manera de abordar la escultura; dice que limita la producción de un objeto independiente y su posible diálogo con el contexto que lo rodea.

 Las esculturas de Serra alteran y redefinen el espacio. Sus formas no fueron diseñadas para ocupar el espacio; fueron diseñadas para dialogar con el espacio. No son piezas a punto de desaparecer o, al contrario: no son piezas cuyas formas sugieran una reciente aparición en el lugar. Son piezas enormes y estilizadas, piezas que en muchos casos contradicen su propia materialidad. Al pensar en la escala y en el material, podríamos reparar en cuán pesadas y sólidas son, y en cuán aferradas al terreno se encuentran, pero resulta que muchas veces sus formas sugieren curvas delicadas, equilibrios precarios y, sobre todo, una comunión exacta y profunda con el lugar donde las instalaron.

 El lugar... El espacio... El espacio es el lugar.

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 En la obra de Serra no hay anécdotas ni sentimentalismos. Hay formas, hitos, volúmenes que alteran el paisaje.

 Una escultura es una marca en el espacio, una seña que transforma una nada en un lugar reconocible. Ése es el detalle esencial: definir un aquí y un ahora. No se trata de diseñar un jardín o una plaza, ni siquiera de resaltar los accidentes topográficos de un sitio o de retocar las formas cambiantes de un paisaje determinado (como hacían los cultores del Land Art). Se trata de crear una definición majestuosa del presente.

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 En este instante pienso en el enorme círculo de metal incrustado en el asfalto del Bronx desde 1970. ¿Quién diría que ese hito oculto debajo de la pesada capa de cotidianidad neowyorkina es una escultura de Richard Serra?

  Esa obra se llama To Encircle Base Plate Hexagram, Right Angles Inverted.

sábado, mayo 04, 2019

HIPERREALISMO VENEZOLANO EN ACCIÓN


 Las artes venezolanas se muestran fieles a un acentuado realismo.

 Sí. Es un aserto general, lo sé. Hay casos de casos. Pero curiosamente lo que se tiene por notable en las artes venezolanas exhibe la impronta del realismo documental. Y no es nuevo. Hace una semana Doña Bárbara, la novela de Rómulo Gallegos, cumplió 90 años y todavía se le celebra por analizar la realidad del país de aquellos años.

 Volvamos al punto: las artes venezolanas se muestran fieles al diario acontecer.

 No me refiero a la música, por supuesto, arte en el que en Venezuela priva un raro bellismo y una extraña frivolidad ajena a la necesaria catarsis y al debido exorcismo.

 Hemos leído novelas, celebradísimas novelas, que de puro realistas muestran en el papel retazos de aquello que vivimos. Es tan directo el traslado de la vida a la página que uno se pregunta por el arte. ¿Dónde está el arte? ¿Dónde están la transformación y la distancia, el rigor, la dureza y el grito? No hay grito. O lo hay, pero algo que no sabemos qué es, lo mitiga. Es como si la realidad venezolana, vórtice grotesco y fatal, se tragara toda luz capaz de iluminar aquello que hay que iluminar en este desconsuelo. Esos libros terminan iluminándose a sí mismos y los lectores de otros países terminan leyéndolos como quien lee una guía turística del horror ajeno. Yo europeo, estadounidense o súbdito británico, depilado y sin problemas, leo esos libros para medio saber sobre aquello que padecen unos latinoamericanos tercos que forjaron su propia tragedia.

 En materia de realismo político los epigramas de Rafael Cadenas son la demostración de que el horror venezolano es capaz de corroer todo lo que se le acerque, incluso para criticarlo.

 En las artes visuales hay artistas embebidos en la imaginería del caos nacional. De los dos que siguen, uno maneja un criterio documentalista y el otro una idea anti-propagandística. 

 Juan Toro Diez tiene una serie de fotografías de objetos recopilados durante las manifestaciones de 2014 y 2017: escudos, capuchas, bombas molotov, piedras, perdigones, balas... Ver esos objetos fuera de su contexto produce un extraño nudo del que cuesta zafarse.

 Francisco Bassim ha cultivado el fotomontaje, ese arte que, por lo visto, prospera en tiempos de guerra, y ha concebido imágenes poderosas que dan cuenta de la compleja sordidez en que vivimos.

 (Los humoristas, quizás por la propia naturaleza de su oficio, asumen una distancia conceptual entre los hechos reales y las imágenes. Roberto Weil, Rayma Suprani y Eduardo Sanabria han continuado produciendo agudas viñetas que retratan la mezcla de absurdo y perversión que gobierna nuestros días).

 ¿Y el cine venezolano? Ahí, dedicado a la realidad y a la historia; no a la imaginación. Dormido o despierto, nadie sueña nada nuevo después de ver una película venezolana. Tal vez algo de nuestra precaria imaginación tenía un estímulo en las telenovelas, pero esa industria se acabó. La acabaron los mandarines del purismo sentimental.

 ¿Y el teatro? Es variado y hay más o menos de todo: obras buenas y malas, frívolas y reflexivas, realistas, imaginativas, clásicas... Sin embargo, pienso en Sangre en el diván o en los años en que la gente veía con fervor aquella obra humorística dedicada a parodiar los primeros días del chabismo: La reconstituyente. Entre nosotros, la ficción no es muy popular. Preferimos versiones de la historia que ya sabemos a una historia distinta que nos exija un mínimo esfuerzo intelectual.

 ¿A qué se debe esa vocación realista, ese alejamiento de las alegorías, de las abstracciones y de las metáforas? Nuestra vocación realista perpetúa lo que hay. Creemos que retratar la realidad supone comprometernos con su refacción y no necesariamente es así. En el fondo del problema venezolano hay una crisis de la imaginación. Así como no somos capaces de imaginar otra vida ni otro futuro, no somos capaces de imaginar otras acciones que solucionen el increíble desastre en el que estamos sumidos. Nos enfrascamos en hablar de la realidad desde la propia realidad y creamos un extraño bucle en el que el retrato de lo real comienza a formar parte del paisaje. Por eso pierde densidad conceptual y capacidad de denuncia. Así el realismo se vuelve vehículo de lo mismo, perpetuación de lo que ya existe. La obra realista no nos ayuda a conocer otros ángulos y otras capas de lo que ya conocemos; nos hace ver lo mismo ampliado, y el efecto es el aplastamiento, la creencia de que aquello que nos oprime es insalvable, y, ante aquello que es inevitable, nos resignamos, creemos que todo esfuerzo en su contra es inútil. Tal es el efecto hiperrealista.

viernes, abril 19, 2019

EL TESTIGO

 Juan Villoro es un maestro del detalle; tanto narrando como comentando es un maestro del detalle. Quizás por eso sus crónicas sean tan agudas y sus ensayos tan interesantes. En la ficción es distinto. Específicamente en El testigo, que es la novela que acabo de terminar, la estructura general, la historia completa, no me apasionó; me perdí porque la agudeza que tiene en el detalle, se nubla en la totalidad. El testigo no tiene lagunas, pero hay mucha indeterminación, mucho relato que no llega a nada o llega pero no es importante. El testigo está llena de diálogos, divertidos sí, pero que no comprendemos qué función cumplen ni qué hacen más allá de distraernos y de dilatar las acciones que, por otra parte, no terminan de ser importantes porque, de verdad, uno no sabe qué es importante en esta novela en la que ocurren muchas cosas triviales o que se diluyen en el aire. 

 La novela que leemos narra en esencia el regreso de Julio Valdivieso a México, su reencuentro con la tierra y con sus recuerdos, pero en algún momento ese retorno se mezcla con la escritura de una teleserie y con las muertes de unos cuantos personajes a quienes uno, al final del libro, no sabe quién los mató ni por qué ni qué sentido tuvieron dentro de la trama. En lugar de ayudarnos a asentar la historia y de poner cada cosa en su sitio, el narrador se dedica a hablar y a hablar sobre asuntos que, al menos yo, vi como piruetas para evitar la claridad, como guiños a lo que es normal en la literatura mexicana y al mundo latinoamericano en general: el desierto, la Revolución de los Cristeros, los narcos, los magnates de la televisión, las empleadas domésticas (tipo Cleo, la de Roma de Alfonso Cuarrón), las historias religiosas, el poeta modernista... En fin... Una vez más, uno se topa con una novela llena de «lo mismo latinoamericano», incluidos el milagro y la ambigüedad que uno cifra en lo real maravilloso.  

 Lo mejor de la novela es el estilo de Villoro, su manera de mostrarnos las minucias de un mundo vasto, complejo y repetitivo. También es muy retador enfrentarse a la idea que se encuentra a lo largo y ancho de todo el libro, y que tal vez justifique tanto diálogo inocuo y tanta voltereta. Se trata de la idea del testigo, de cómo toda acción existe porque hay alguien que la registra, la ordena, le da forma de relato y la recuerda. Nuestra existencia y todo lo que hacemos necesita testigos; si no, todo se lo traga el desierto o el olvido.

domingo, marzo 03, 2019

APUNTES EN EL CUADERNO INVISIBLE

 Christian Bök creó un proyecto poético llamado Xenotext. Nótese que se trata de un proyecto poético y no de un poemario o de un poema. Por lo general, uno lee la palabra «poesía» y de inmediato la asocia con «poema» o con «palabra», como si la poesía se limitara a las variantes de la comunicación verbal, como si no existieran otras posibilidades. 

 En Xenotext, Bök propone la idea de convertir el código genético de una bacteria en un poema, de manera que la bacteria resultante sea un poema viviente.

 Más allá de las posibilidades, de la belleza, del ingenio, de la ambición y de la locura de este proyecto, me llama la atención la idea de ese ser vivo que es un poema por el sólo hecho de tener su código genético ordenado de una manera determinada, como si los genes constituyeran un lenguaje y pudiésemos alterarlo para generar eso que producimos cuando creamos (o encontramos) poesía. 

 También me queda la inquietud acerca del poema viviente: ¿qué es exactamente un poema viviente? ¿Es lo que dice el poeta canadiense Christian Bök o es o puede ser algo más? ¿Acaso no podríamos asumir que un poema es un código que adquiere vida cuando, por ejemplo, lo memorizamos y meditamos sobre él? ¿No nos convertimos en «poemas vivientes» cuando evocamos un poema o cuando descubrimos poesía en los rincones más extraños de la vida?


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 La poesía no se limita a las palabras.


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 Leo Las edades perdidas, de Vicente Gerbasi. Me agrada el poemario completo; no cada poema porque, a pesar de que muchos contienen imágenes poderosas, sus remates son torpes y, como Uds. saben, la poesía es, entre muchas cosas, ritmo, energía que se expande y se contrae en un mismo instante. Si el ritmo no fluye o se interrumpe o se termina antes o después de cuando debe terminar, el poema se desintegra ante nosotros.

 La idea que le da unidad al libro es la historia cósmica de un planeta desde sus albores hasta su extinción visto a través de ciertos hitos de la civilización, de ciertos nombres (aparece un poema titulado «Armando Reverón»), de ciertos gestos enraizados en lo más hondo de una tierra mítica.

 Lo dicho: los poemas no están a la altura de la idea que produce el libro, pero igual vale la pena visitar sus páginas.  


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 Leí una entrevista a Thomas Demand, un artista cuyo trabajo consiste en tomarle fotografías a sus esculturas de cartulina.

 Las esculturas pueden verse como maquetas de objetos y lugares inocuos: tres trampolines, uno al lado del otro, una escalera, un edificio, el estante de una ferretería... 

 Demand habla de la fotografía como de una experiencia que le permite crear una representación hiperrealista de algo que es completamente frágil; es decir: es como una representación sofisticada de otra representación barata. Si ves, por ejemplo, su foto en gran formato de la Oficina Oval de la Casa Blanca de los EEUU, todo te parece normal, hasta que empiezas a detallar la textura de los objetos, la forma del teléfono, de los libros, de las carpetas que están sobre el escritorio... Todo tiene un inevitable dejo a papel plisado o cortado, a escenario de juguetería.

 Lo inocuo, lo frágil, lo que se desdeña porque no resulta importante ni llamativo ni bello, encuentra su espacio en el trabajo inclasificable de este artista alemán cuyo cuestionamientos no se perciben con facilidad, pero muy pronto nos encontramos tratando de responder a preguntas aparentemente simples sobre si aceptamos sus maquetas como esculturas o sobre si hablamos de él como de un escultor o de un fotógrafo.

 La obra de Thomas Demand se encuentra atravesada en nuestro camino hacia otras obras y hacia otras preguntas a las que suponemos mayores. Por eso, para refrescar nuestra perspectiva de las cosas, vale la pena detenerse ante ella y observarla con detenimiento.  


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 La poesía se apodera de las formas y crea su propio lenguaje.


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 En la National Gallery of Art, de Washington, vi por primera vez en mi vida un Botticelli. Podría anotar aquí una lista de adjetivos sobre esa Adoración de los magos, pero no lo haré. Sólo diré que cuando la vi, descubrí que mi alegría no radicaba sólo en poder verla frente a frente, sino en que me percaté de que una parte de mí, de mi memoria visual, de mi sentido de la belleza, está configurada a partir de sus formas complejas y delicadas, de su color, de sus líneas que son rigurosas y voluptuosas a la vez. 

 Vi el Botticelli, me reconocí a mí mismo. 

 Seguí. 

 Sigo. 

 Voy.


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 La poesía se apodera de la fuente del lenguaje y produce una ampliación del campo semántico de cada forma en el conjunto de las formas.

miércoles, febrero 13, 2019

CHICAGO

 Resulta difícil tener recuerdos de Chicago. La dificultad radica en que cuando los evocas, no puedes creer que aquello que recuerdas sea posible. Por ejemplo: en el viaje de regreso de Pittsburgh, me tocó ir en la ventana del avión. Por lo general, las vistas desde los aviones son bellas y desabridas. Mucha nube y horizonte y terreno que se repite y se repite. Pero, en esta oportunidad tuve la visión de Chicago completa, densa, mínima, desde el aire. Durante un par de minutos toda ella cupo en mis ojos. Vi los detalles de los edificios entre cuyas paredes me maravillé hace un mes. Vi el One Museum Park, la torre Trump, el Crain Communications Building, la Willis Tower, el Two Prudential Plaza, el Aon Center... Todos los edificios juntos, apretados, entremezclados, surgiendo de la tierra y elevándose hacia el cielo como gritos de vidrio.

 Al evocar los recuerdos de Chicago, también cuesta asumir que uno estuvo ahí, que las imágenes que te rondan no las inventaste ni son el producto de un sueño. En el acto de recordar es inevitable verse a sí mismo viviendo y, en este caso, uno vuelve a sentir la fascinación de la ciudad, el extraño vértigo que producen las dimensiones de las calles, de los edificios, de los objetos en ese sitio, y uno termina sorprendido y agobiado de haber estado ahí.

 No sé si me explico.

 Cuando uno va a una ciudad que no conoce, participa sin querer en un reto.

 ¿Qué es una ciudad sino la materialización de los sueños que hicieron posible su construcción a través de los siglos? De manera que ante una ciudad desconocida no te mides con los muros. Te mides con los sueños de sus habitantes, sueños que, al igual que el concreto armado, se mantienen en el tiempo.

 En Chicago te mides con los sueños de quienes erigieron y mantienen este prodigio urbano. Cuando estás ahí no lo ves. Lo ves después, cuando evocas la ciudad y adquieres la conciencia de que estuviste ahí y caminaste entre sus gentes y fuiste tú, mínimo y grande a la vez, y de que trataste con todas tus fuerzas de ser digno de todo aquello que la ciudad te ofreció.

 Caminé para arriba y para abajo la Michigan Avenue. Vi los clásicos edificios de la ciudad con sus números elegantes, sus relieves y sus lámparas de otras épocas. Vi el Carbide & Carbon Building y le dije a todo el que me acompañaba que ése era (y es) mi edificio favorito entre todos los que se conjuntan en ese punto del inestable universo. Me gusta porque no sé si su oscuridad es negra o verde o gris, pero combina muy bien con el dorado de sus ornamentos y con el sol de la tarde. Más que un edificio parece una piedra opaca y milenaria, tal fue el concepto de su diseño original y así sigue erguido ante la calle implacable, a pesar de que hoy, en lugar de oficinas, alberga un hotel.

 Michigan Avenue es un largo río de formas que se superponen: gente, carros, autobuses, tiendas de todos los tamaños, edificios y más edificios. Es difícil establecer jerarquías. Todo rincón destila una historia, una vibración especial que cambia con la luz y la oscuridad.

 Durante una de mis tardes en Chicago, fui con mis amigos al Guaranteed Rate Field, a ver un juego entre los Tigres de Detroit y los Chicago White Sox. El estadio me pareció un edificio indigno de la ciudad, una caja enorme de concreto a la que asistí con ilusión entre otras razones porque todo lo que tiene que ver con el beisbol me recuerda a mi papá. Sin embargo, la experiencia no fue todo lo grata que pudo ser porque llovió y suspendieron el juego durante más de una hora, y porque el partido como tal fue bastante aburrido. Los Medias Blancas perdieron ocho carreras a dos y en un sólo inning hubo tres home runes. Eso sí: vi por primera vez la vida dentro del estadio, los infinitos puestos de comida, los perros calientes de un dólar, la cerveza hasta el séptimo inning y algo que hizo que nunca más vuelva a ver un juego de beisbol de la misma manera: sepan que en los estadios de las Grandes Ligas hay un cronómetro que marca los tres minutos de la publicidad en televisión, de manera que todo está coordinado, no hay azar ni detalle que no haya sido previsto, salvo el propio juego, en el que cualquier cosa puede ocurrir.

 En otro momento fui al 11 East Hubbard Street, donde queda el Andy’s Jazz Club. Pagué diez dólares y tuve que mostrar mi pasaporte para demostrar que tengo los cuarenta y ocho años que tengo y que puedo pedir una cerveza sin problemas. Vi la actuación de un grupo que se llama After Dark, cuyo repertorio está basado en la música de Von Freeman. Disfruté la velada. La formación era de tres saxofones, guitarra, contrabajo y batería. Sonaba potente. Andy’s Jazz Club es un local extraño porque es amplio, con una barra pequeña y un menú demasiado extenso para mi gusto. A pesar de que me sentí muy bien entre sus paredes, extrañé la oscuridad tradicional de otros clubs de jazz. No superé la presencia de unas ventanas desde la que entraba la luz de la calle, lo que le daba al local un aire de apasionada e innecesaria franqueza, como si los dueños vivieran empecinados en declarar que ese club es honesto, que ahí no ocurre ni ocurrirá nada raro. No sé si ese exceso de sanidad, de luz y de moral le hacen bien o no al arte. Supongo que, por un lado, sí, que está bien que todo sea legal, serio y ordenado, pero por otro, creo que hay artes que necesitan lidiar con cierta niebla, con cierto deseo de romperlo todo.

 Más allá de las particularidades de cada una, estas experiencias me mostraron cómo son las noches en Chicago. Dos o tres párrafos más arriba hablaba de la vibración de una calle determinada y cómo cambia en la noche con respecto al día. Pues bien, sepan que, a partir de cierta hora, Chicago es dura, muy dura. Ciudad áspera y bella, repleta de gente que no se ve durante el día y que puebla las calles y el metro: indigentes, tipos que gritan en plena vía, transeúntes, sujetos que van y vienen perdidos, como hormigas sin antenas... Cuando recorres Chicago, te encuentras indigentes apostados en las esquinas, todos con cartones donde cuentan sus historias, pero de noche hay más, muchos más, y este caraqueño que escribe, no puede evitar el mal que lo aqueja, mezcla de paranoia y melancolía, agobio, admiración y ansiedad. Nadie se metió conmigo y supongo que, en general, nadie se mete con nadie entre las aceradas espinas, pero la energía está ahí, hace temblar la ciudad, mueve los objetos y los vidrios, hace que todo el mundo camine y se mueva muy rápido, y que quienes venimos de la franca oscuridad llenemos de ojos nuestras espaldas, como siempre.

 Pero Chicago es amable. Nunca (ni siquiera ante la afilada luna) pierde su fasto. Calles iluminadas, tipografía infinita, letras, números, faros, colores que se mezclan en el aire y forman una rara acuarela que se eleva con las agujas.

 La ciudad te lleva, te arrastra; es un río lleno de brazos que se abren en distintas direcciones. Unas te llevan al estadio de fútbol, otras al puente DuSable o a Union Station o a Ditka’s (y comes costillas) o al hogar de las belugas en el Shedd Aquarium... Chicago es múltiple e infinita, densa, fría, sólida prolongación del lago Michigan, heredera de todos los vientos.

 Si caminas, si te dejas llevar, tus pasos te llevarán al Millennium Park, hito de hitos en una ciudad llena de hitos. Es el parque rodeado de témpanos ilustres, de ventanas que miran los árboles y las caminerías, del auditorio desmesurado de Frank Gehry (el Jay Pritzker Pavillion), de la plaza AT&T, donde se encuentra Cloud Gate, la escultura plateada de Anish Kapoor a la que todo el mundo llama Bean (o Caraota) y en la que todo el que la visita se refleja porque al final esa escultura extraordinaria es más un espejo y un símbolo del amor que genera esta ciudad que una obra de arte. Más allá, muy cerca, dos leones verdes anuncian un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo. Tal es el Art Institute of Chicago. Fui dos veces e iría N veces más porque ningún museo que se precie puede abarcarse en un sólo día. Es un despropósito y un gesto de profunda y mala educación tratar de ver en tres o cuatro horas lo que la humanidad ha producido durante milenios. En mi primera visita vi de todo: Caravaggios, Grecos, pero guardo para mí la serena conmoción que me produjeron las nubes de Georgia O’Keeffe, y Nighthawks, de Edward Hopper. Ni hablar de las salas dedicadas a Gauguin, Cézanne, Monet, Seurat, Degas, Lautrec y Van Gogh. En mi segunda visita conocí la biblioteca del instituto, un sitio delicado y perfecto para perderse en uno mismo. Vi Duchamps, Dalís, Magrittes, Brancusis y un vitral portentoso de Chagall ante el que pasé un larguísimo rato en silencio.

 (Sí. Los museos también son espacios de meditación).

 Otro mundo dentro del mundo es el aeropuerto O’Hare con su áspera densidad igual a la de cualquier otro terminal aéreo. La única diferencia es que éste es abrumador por su tamaño y por el volumen de gente que circula por sus pasillos y porque, a pesar de todo, trata de ser amable. ¿De dónde salen, hacia dónde van tantas personas? ¿Qué quieren con tanto afán? ¿Pueden imaginarse la vibración que producen? Creo que no. Ellos simplemente son; van y vienen; recorren este país y el mundo, y el O’Hare es sólo una puerta gigantesca.

 En Chicago hay espacio, pero todo luce apretado. El terreno es amplio, muy amplio, tan vasto que todo puede ser, y es, enorme: las calles, los edificios, las aceras. Algo en ese lugar nos repite, sin decirlo, que la tierra sobre la que nos encontramos es infinita. Tal vez sea la cercanía del lago, la vastedad de un territorio esencialmente plano o el deseo de tocar el cielo en un lugar en el que coinciden la tierra y el agua, la vastedad del horizonte.

 Desde el cielo veo el brote arduo de vidrio y acero que quiere ser hielo. Desde el terreno el sueño de quienes erigieron Chicago parece inabarcable, pero aquí arriba, en esa zona indeterminada del aire, algo me dice que el vértigo invertido de ese sueño me incluye, que algo o alguien en la ciudad me espera y con esa ilusión siempre iré a su encuentro.

miércoles, febrero 06, 2019

SEATTLE

 Es fácil perderse en Seattle, pero no en las calles ni en la geografía. Es fácil perderse en las historias, en lo que creemos de la ciudad por lo que nos han dicho que hicieron algunos de sus habitantes. Sí. Ésta es la tierra de Jimi Hendrix y el lugar desde el que Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam produjeron el último gran movimiento que sacudió al rock. Uno camina por las calles y busca, sin decirlo, los trazos salvajes de, por ejemplo, el grunge. Sí, aquí hay una pincelada, allá hay otra, pero la vida pasa, el tiempo es una avalancha y los hechos se convierten en historias que terminan cubriendo los muros. Aquél que conoce las historias, trata de ver en las paredes aquello que es invisible, y viaja a través de las historias como si caminara por las aceras.

 Hay en Seattle una atmósfera difícil de definir. Es una ciudad abierta al mundo, mira al Pacífico y está cerca, muy cerca, de Canadá. Nadie te lo dice, pero por la manera de hablar de la gente, por sus rostros, por lo que ofrecen en el mercado, por cómo se visten y por todo, te das cuenta de que nada de lo humano les parece extraño. Quizás esa apreciación sea mía y provenga de la misma sensibilidad que nos hace buscar las huellas de nuestros héroes musicales en esta ciudad que fue y es un hervidero de ideas, porque Seattle es eso: un raro territorio propicio para todas las ideas. Y conste que aquí, en Estados Unidos, las ideas no viajan solas ni se limitan a los salones de las universidades; las ideas viajan, mueven y se apoderan de las ciudades, las abrazan, se aferran a ellas hasta que las ciudades mismas se vuelven ideas. Piensen que aquí surgieron Amazon y Starbucks.

 (Un breve paréntesis: detesto el olor de los Starbucks).
 En Seattle hay edificios enormes, pero no piensas en ellos. No te interesan como te interesan los de otras ciudades de este país. Uno que otro pide que lo atiendas, que mires sus formas. A mí me llamó la Rainier Tower; clamó porque viera que está asentado sobre una enorme columna de concreto armado, una sola columna sobre la que se asienta un rascacielos de treintiún pisos entre rascacielos aún más grandes. Benditas las mentes de quienes calcularon ese sofisticado prodigio brutalista, reflejo del monte Rainier, homenaje a la mole de piedra y nieve, al coloso austero y solitario que se encuentra muy cerca de la ciudad, vigilándola y recordándole su naturaleza siempre mudable y efímera.
 En Seattle tuve sorpresas impagables. Quería llegar a un punto de la ciudad y, para recortar sus caminos escarpados, entré en el Washington State Convention Center. En el recorrido, entre dos escaleras, me topé con un Jacob Lawrence; es decir: con la obra de un artista del que supe por primera vez en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Como no tenía ninguna cita, me quedé viendo con atención los diferentes paneles metálicos en los que Lawrence representó una escena de la lucha libre. Sentí como si me hubiera encontrado a un viejo amigo en el sitio menos esperado de un planeta muy lejano. Otro día entré en el Seattle Art Museum, subí las escaleras y luego de recibir las indicaciones de una amable dama que me entregó un mapa del museo, sentí la demoledora presencia de un Rothko. ¿Cómo explicarles lo que las vibraciones que emanan de ese cuadro produjeron en mí? ¿Cómo decirles a quienes no han sufrido la obtusa oscuridad lo que un cuadro como ése me produjo? Creo que no puedo hacerlo. No tengo las palabras y si las tuviera, no vendrían secas.
 La ciudad se mueve. Se mueve el terreno que sube y baja, sinuoso, lleno de ángulos cortantes. Todo el que camina en Seattle, descubre mundos que no son secretos, pero que la misma topografía organiza, oculta y revela. Eso ocurre en el Public Market, verdadero ir y venir de gente que pasea y se sorprende y compra cangrejo y pescado y queso y flores y cuanto haga falta porque hay de todo en tarantines y locales establecidos desde hace décadas: panaderías, restaurantes, ventas de tabaco y franelas... Todo, todo encuentra su lugar en el denso mercado por el que caminas y siempre se abre un nuevo pasillo, una entrada que no habías visto, una dulcería, una venta de jugos, un espacio que no habías visitado. Sí. Lo sé. Así son todos los mercados del mundo. Éste no es la excepción. Lo apretado y lo sucio están ahí, con nosotros los humanos, como siempre. Aquí no hay nada raro. Ni siquiera los músicos que tocan el banjo y un trombón son muy distintos de otros músicos callejeros. Lo que distingue a este mercado de otros no es tangible; es la energía de la ciudad, energía que proviene de un raro optimismo, quizás del movimiento que es físico y a la vez figurado, prolongación conceptual del movimiento geológico de una ciudad erigida entre la bahía de Puget Sound, el Pacífico, el lago Washington, las montañas Olímpicas y las mismas colinas sobre las que se asientan las calles y los edificios.

 Como todo puerto, el de Seattle tiene la triste fealdad de los dinosaurios de salitre. Lo curioso es que está ahí mismo. Lo ves desde el mercado y la autopista. Colinda con la parte vieja de la ciudad, ésa que rodea Pioneer Square y que está en pleno (y extraño) proceso de gentrificación; es decir: de arreglo y ornato para convertir el barrio en un lugar de encuentro, en un sitio grato para pasear y tomarse un café. Es la primera que veo un sitio gentrificado al lado de un sitio horrendo, lo que dice mucho (y bien) de quienes dirigen la política de la ciudad. Creo que es un riesgo poner a combatir la inevitable fealdad del puerto con la —casi siempre— afectada belleza de los municipios en los que se invierte dinero y esfuerzo para convertirlos en atractores de gente. En el futuro se verán los resultados de este experimento.

 La diversidad total es la seña. Seattle, lugar abierto al mundo. El Pacífico resuena hacia dentro y hacia fuera. Entran y salen ideas, como una playa con sus olas.