miércoles, febrero 13, 2019

CHICAGO

 Resulta difícil tener recuerdos de Chicago. La dificultad radica en que cuando los evocas, no puedes creer que aquello que recuerdas sea posible. Por ejemplo: en el viaje de regreso de Pittsburgh, me tocó ir en la ventana del avión. Por lo general, las vistas desde los aviones son bellas y desabridas. Mucha nube y horizonte y terreno que se repite y se repite. Pero, en esta oportunidad tuve la visión de Chicago completa, densa, mínima, desde el aire. Durante un par de minutos toda ella cupo en mis ojos. Vi los detalles de los edificios entre cuyas paredes me maravillé hace un mes. Vi el One Museum Park, la torre Trump, el Crain Communications Building, la Willis Tower, el Two Prudential Plaza, el Aon Center... Todos los edificios juntos, apretados, entremezclados, surgiendo de la tierra y elevándose hacia el cielo como gritos de vidrio.

 Al evocar los recuerdos de Chicago, también cuesta asumir que uno estuvo ahí, que las imágenes que te rondan no las inventaste ni son el producto de un sueño. En el acto de recordar es inevitable verse a sí mismo viviendo y, en este caso, uno vuelve a sentir la fascinación de la ciudad, el extraño vértigo que producen las dimensiones de las calles, de los edificios, de los objetos en ese sitio, y uno termina sorprendido y agobiado de haber estado ahí.

 No sé si me explico.

 Cuando uno va a una ciudad que no conoce, participa sin querer en un reto.

 ¿Qué es una ciudad sino la materialización de los sueños que hicieron posible su construcción a través de los siglos? De manera que ante una ciudad desconocida no te mides con los muros. Te mides con los sueños de sus habitantes, sueños que, al igual que el concreto armado, se mantienen en el tiempo.

 En Chicago te mides con los sueños de quienes erigieron y mantienen este prodigio urbano. Cuando estás ahí no lo ves. Lo ves después, cuando evocas la ciudad y adquieres la conciencia de que estuviste ahí y caminaste entre sus gentes y fuiste tú, mínimo y grande a la vez, y de que trataste con todas tus fuerzas de ser digno de todo aquello que la ciudad te ofreció.

 Caminé para arriba y para abajo la Michigan Avenue. Vi los clásicos edificios de la ciudad con sus números elegantes, sus relieves y sus lámparas de otras épocas. Vi el Carbide & Carbon Building y le dije a todo el que me acompañaba que ése era (y es) mi edificio favorito entre todos los que se conjuntan en ese punto del inestable universo. Me gusta porque no sé si su oscuridad es negra o verde o gris, pero combina muy bien con el dorado de sus ornamentos y con el sol de la tarde. Más que un edificio parece una piedra opaca y milenaria, tal fue el concepto de su diseño original y así sigue erguido ante la calle implacable, a pesar de que hoy, en lugar de oficinas, alberga un hotel.

 Michigan Avenue es un largo río de formas que se superponen: gente, carros, autobuses, tiendas de todos los tamaños, edificios y más edificios. Es difícil establecer jerarquías. Todo rincón destila una historia, una vibración especial que cambia con la luz y la oscuridad.

 Durante una de mis tardes en Chicago, fui con mis amigos al Guaranteed Rate Field, a ver un juego entre los Tigres de Detroit y los Chicago White Sox. El estadio me pareció un edificio indigno de la ciudad, una caja enorme de concreto a la que asistí con ilusión entre otras razones porque todo lo que tiene que ver con el beisbol me recuerda a mi papá. Sin embargo, la experiencia no fue todo lo grata que pudo ser porque llovió y suspendieron el juego durante más de una hora, y porque el partido como tal fue bastante aburrido. Los Medias Blancas perdieron ocho carreras a dos y en un sólo inning hubo tres home runes. Eso sí: vi por primera vez la vida dentro del estadio, los infinitos puestos de comida, los perros calientes de un dólar, la cerveza hasta el séptimo inning y algo que hizo que nunca más vuelva a ver un juego de beisbol de la misma manera: sepan que en los estadios de las Grandes Ligas hay un cronómetro que marca los tres minutos de la publicidad en televisión, de manera que todo está coordinado, no hay azar ni detalle que no haya sido previsto, salvo el propio juego, en el que cualquier cosa puede ocurrir.

 En otro momento fui al 11 East Hubbard Street, donde queda el Andy’s Jazz Club. Pagué diez dólares y tuve que mostrar mi pasaporte para demostrar que tengo los cuarenta y ocho años que tengo y que puedo pedir una cerveza sin problemas. Vi la actuación de un grupo que se llama After Dark, cuyo repertorio está basado en la música de Von Freeman. Disfruté la velada. La formación era de tres saxofones, guitarra, contrabajo y batería. Sonaba potente. Andy’s Jazz Club es un local extraño porque es amplio, con una barra pequeña y un menú demasiado extenso para mi gusto. A pesar de que me sentí muy bien entre sus paredes, extrañé la oscuridad tradicional de otros clubs de jazz. No superé la presencia de unas ventanas desde la que entraba la luz de la calle, lo que le daba al local un aire de apasionada e innecesaria franqueza, como si los dueños vivieran empecinados en declarar que ese club es honesto, que ahí no ocurre ni ocurrirá nada raro. No sé si ese exceso de sanidad, de luz y de moral le hacen bien o no al arte. Supongo que, por un lado, sí, que está bien que todo sea legal, serio y ordenado, pero por otro, creo que hay artes que necesitan lidiar con cierta niebla, con cierto deseo de romperlo todo.

 Más allá de las particularidades de cada una, estas experiencias me mostraron cómo son las noches en Chicago. Dos o tres párrafos más arriba hablaba de la vibración de una calle determinada y cómo cambia en la noche con respecto al día. Pues bien, sepan que, a partir de cierta hora, Chicago es dura, muy dura. Ciudad áspera y bella, repleta de gente que no se ve durante el día y que puebla las calles y el metro: indigentes, tipos que gritan en plena vía, transeúntes, sujetos que van y vienen perdidos, como hormigas sin antenas... Cuando recorres Chicago, te encuentras indigentes apostados en las esquinas, todos con cartones donde cuentan sus historias, pero de noche hay más, muchos más, y este caraqueño que escribe, no puede evitar el mal que lo aqueja, mezcla de paranoia y melancolía, agobio, admiración y ansiedad. Nadie se metió conmigo y supongo que, en general, nadie se mete con nadie entre las aceradas espinas, pero la energía está ahí, hace temblar la ciudad, mueve los objetos y los vidrios, hace que todo el mundo camine y se mueva muy rápido, y que quienes venimos de la franca oscuridad llenemos de ojos nuestras espaldas, como siempre.

 Pero Chicago es amable. Nunca (ni siquiera ante la afilada luna) pierde su fasto. Calles iluminadas, tipografía infinita, letras, números, faros, colores que se mezclan en el aire y forman una rara acuarela que se eleva con las agujas.

 La ciudad te lleva, te arrastra; es un río lleno de brazos que se abren en distintas direcciones. Unas te llevan al estadio de fútbol, otras al puente DuSable o a Union Station o a Ditka’s (y comes costillas) o al hogar de las belugas en el Shedd Aquarium... Chicago es múltiple e infinita, densa, fría, sólida prolongación del lago Michigan, heredera de todos los vientos.

 Si caminas, si te dejas llevar, tus pasos te llevarán al Millennium Park, hito de hitos en una ciudad llena de hitos. Es el parque rodeado de témpanos ilustres, de ventanas que miran los árboles y las caminerías, del auditorio desmesurado de Frank Gehry (el Jay Pritzker Pavillion), de la plaza AT&T, donde se encuentra Cloud Gate, la escultura plateada de Anish Kapoor a la que todo el mundo llama Bean (o Caraota) y en la que todo el que la visita se refleja porque al final esa escultura extraordinaria es más un espejo y un símbolo del amor que genera esta ciudad que una obra de arte. Más allá, muy cerca, dos leones verdes anuncian un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo. Tal es el Art Institute of Chicago. Fui dos veces e iría N veces más porque ningún museo que se precie puede abarcarse en un sólo día. Es un despropósito y un gesto de profunda y mala educación tratar de ver en tres o cuatro horas lo que la humanidad ha producido durante milenios. En mi primera visita vi de todo: Caravaggios, Grecos, pero guardo para mí la serena conmoción que me produjeron las nubes de Georgia O’Keeffe, y Nighthawks, de Edward Hopper. Ni hablar de las salas dedicadas a Gauguin, Cézanne, Monet, Seurat, Degas, Lautrec y Van Gogh. En mi segunda visita conocí la biblioteca del instituto, un sitio delicado y perfecto para perderse en uno mismo. Vi Duchamps, Dalís, Magrittes, Brancusis y un vitral portentoso de Chagall ante el que pasé un larguísimo rato en silencio.

 (Sí. Los museos también son espacios de meditación).

 Otro mundo dentro del mundo es el aeropuerto O’Hare con su áspera densidad igual a la de cualquier otro terminal aéreo. La única diferencia es que éste es abrumador por su tamaño y por el volumen de gente que circula por sus pasillos y porque, a pesar de todo, trata de ser amable. ¿De dónde salen, hacia dónde van tantas personas? ¿Qué quieren con tanto afán? ¿Pueden imaginarse la vibración que producen? Creo que no. Ellos simplemente son; van y vienen; recorren este país y el mundo, y el O’Hare es sólo una puerta gigantesca.

 En Chicago hay espacio, pero todo luce apretado. El terreno es amplio, muy amplio, tan vasto que todo puede ser, y es, enorme: las calles, los edificios, las aceras. Algo en ese lugar nos repite, sin decirlo, que la tierra sobre la que nos encontramos es infinita. Tal vez sea la cercanía del lago, la vastedad de un territorio esencialmente plano o el deseo de tocar el cielo en un lugar en el que coinciden la tierra y el agua, la vastedad del horizonte.

 Desde el cielo veo el brote arduo de vidrio y acero que quiere ser hielo. Desde el terreno el sueño de quienes erigieron Chicago parece inabarcable, pero aquí arriba, en esa zona indeterminada del aire, algo me dice que el vértigo invertido de ese sueño me incluye, que algo o alguien en la ciudad me espera y con esa ilusión siempre iré a su encuentro.

miércoles, febrero 06, 2019

SEATTLE

 Es fácil perderse en Seattle, pero no en las calles ni en la geografía. Es fácil perderse en las historias, en lo que creemos de la ciudad por lo que nos han dicho que hicieron algunos de sus habitantes. Sí. Ésta es la tierra de Jimi Hendrix y el lugar desde el que Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam produjeron el último gran movimiento que sacudió al rock. Uno camina por las calles y busca, sin decirlo, los trazos salvajes de, por ejemplo, el grunge. Sí, aquí hay una pincelada, allá hay otra, pero la vida pasa, el tiempo es una avalancha y los hechos se convierten en historias que terminan cubriendo los muros. Aquél que conoce las historias, trata de ver en las paredes aquello que es invisible, y viaja a través de las historias como si caminara por las aceras.

 Hay en Seattle una atmósfera difícil de definir. Es una ciudad abierta al mundo, mira al Pacífico y está cerca, muy cerca, de Canadá. Nadie te lo dice, pero por la manera de hablar de la gente, por sus rostros, por lo que ofrecen en el mercado, por cómo se visten y por todo, te das cuenta de que nada de lo humano les parece extraño. Quizás esa apreciación sea mía y provenga de la misma sensibilidad que nos hace buscar las huellas de nuestros héroes musicales en esta ciudad que fue y es un hervidero de ideas, porque Seattle es eso: un raro territorio propicio para todas las ideas. Y conste que aquí, en Estados Unidos, las ideas no viajan solas ni se limitan a los salones de las universidades; las ideas viajan, mueven y se apoderan de las ciudades, las abrazan, se aferran a ellas hasta que las ciudades mismas se vuelven ideas. Piensen que aquí surgieron Amazon y Starbucks.

 (Un breve paréntesis: detesto el olor de los Starbucks).
 En Seattle hay edificios enormes, pero no piensas en ellos. No te interesan como te interesan los de otras ciudades de este país. Uno que otro pide que lo atiendas, que mires sus formas. A mí me llamó la Rainier Tower; clamó porque viera que está asentado sobre una enorme columna de concreto armado, una sola columna sobre la que se asienta un rascacielos de treintiún pisos entre rascacielos aún más grandes. Benditas las mentes de quienes calcularon ese sofisticado prodigio brutalista, reflejo del monte Rainier, homenaje a la mole de piedra y nieve, al coloso austero y solitario que se encuentra muy cerca de la ciudad, vigilándola y recordándole su naturaleza siempre mudable y efímera.
 En Seattle tuve sorpresas impagables. Quería llegar a un punto de la ciudad y, para recortar sus caminos escarpados, entré en el Washington State Convention Center. En el recorrido, entre dos escaleras, me topé con un Jacob Lawrence; es decir: con la obra de un artista del que supe por primera vez en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Como no tenía ninguna cita, me quedé viendo con atención los diferentes paneles metálicos en los que Lawrence representó una escena de la lucha libre. Sentí como si me hubiera encontrado a un viejo amigo en el sitio menos esperado de un planeta muy lejano. Otro día entré en el Seattle Art Museum, subí las escaleras y luego de recibir las indicaciones de una amable dama que me entregó un mapa del museo, sentí la demoledora presencia de un Rothko. ¿Cómo explicarles lo que las vibraciones que emanan de ese cuadro produjeron en mí? ¿Cómo decirles a quienes no han sufrido la obtusa oscuridad lo que un cuadro como ése me produjo? Creo que no puedo hacerlo. No tengo las palabras y si las tuviera, no vendrían secas.
 La ciudad se mueve. Se mueve el terreno que sube y baja, sinuoso, lleno de ángulos cortantes. Todo el que camina en Seattle, descubre mundos que no son secretos, pero que la misma topografía organiza, oculta y revela. Eso ocurre en el Public Market, verdadero ir y venir de gente que pasea y se sorprende y compra cangrejo y pescado y queso y flores y cuanto haga falta porque hay de todo en tarantines y locales establecidos desde hace décadas: panaderías, restaurantes, ventas de tabaco y franelas... Todo, todo encuentra su lugar en el denso mercado por el que caminas y siempre se abre un nuevo pasillo, una entrada que no habías visto, una dulcería, una venta de jugos, un espacio que no habías visitado. Sí. Lo sé. Así son todos los mercados del mundo. Éste no es la excepción. Lo apretado y lo sucio están ahí, con nosotros los humanos, como siempre. Aquí no hay nada raro. Ni siquiera los músicos que tocan el banjo y un trombón son muy distintos de otros músicos callejeros. Lo que distingue a este mercado de otros no es tangible; es la energía de la ciudad, energía que proviene de un raro optimismo, quizás del movimiento que es físico y a la vez figurado, prolongación conceptual del movimiento geológico de una ciudad erigida entre la bahía de Puget Sound, el Pacífico, el lago Washington, las montañas Olímpicas y las mismas colinas sobre las que se asientan las calles y los edificios.

 Como todo puerto, el de Seattle tiene la triste fealdad de los dinosaurios de salitre. Lo curioso es que está ahí mismo. Lo ves desde el mercado y la autopista. Colinda con la parte vieja de la ciudad, ésa que rodea Pioneer Square y que está en pleno (y extraño) proceso de gentrificación; es decir: de arreglo y ornato para convertir el barrio en un lugar de encuentro, en un sitio grato para pasear y tomarse un café. Es la primera que veo un sitio gentrificado al lado de un sitio horrendo, lo que dice mucho (y bien) de quienes dirigen la política de la ciudad. Creo que es un riesgo poner a combatir la inevitable fealdad del puerto con la —casi siempre— afectada belleza de los municipios en los que se invierte dinero y esfuerzo para convertirlos en atractores de gente. En el futuro se verán los resultados de este experimento.

 La diversidad total es la seña. Seattle, lugar abierto al mundo. El Pacífico resuena hacia dentro y hacia fuera. Entran y salen ideas, como una playa con sus olas.

domingo, febrero 03, 2019

PITTSBURGH

1
 Gastada, sometida a la silenciosa erosión, llena de ladrillos rotos y de paredes crudas como espaldas, honesta y dura como es, me recibió Pittsburgh.

 ¿Qué gran ciudad no es implacable? Ninguna, por más que lo intentemos y cedamos a la ficción urbanística que gentrifica y convierte los espacios en vastas escenografías.

2
 Pittsburgh está rodeada de colinas llenas de casas. Yo las miraba y no podía dejar de pensar en Caurimare, Cumbres de Curumo, Vista Alegre y Macaracuay, sitios lejanos, muy lejanos de esta enorme ciudad norteamericana, pero que siempre están conmigo, a pesar de todo.

 Pittsburgh es real y no trata de ocultarlo; es cruda y tal vez peligrosa, como una novia loca y armada.

3
 Un día caminaba con Salah y un sujeto en una moto nos pasó por un lado. Cuando vi que hacía el ademán de devolverse, agarré un palo y caminé como si nada. El motorizado pasó y siguió su camino. No sé si era un malandro o no, pero yo vengo de Caracas y no puedo evitar ver maldad en todas las acciones, y más si quien las realiza, anda en moto.

 Los ríos Allegheny y Monongahela se unen y forman el Ohio. La ciudad queda dividida por las aguas y las colinas. De un lado están la densidad de las calles y de los edificios y, del otro, las urbanizaciones llenas de casas. Mi paseo largo y moderado me hizo ver fragmentos de Bello Monte y de La Pastora en Pittsburgh, pura estampa evocadora de Caracas, mi pobre ciudad devorada por las bestias más inextricables que podamos conocer.

4
 Le escribí esto a Enrique: «... El Andy Warhol Museum me gustó. Fui bastante escéptico, pero la verdad verdadera es que salí contento, sobre todo porque todo está pensado para que comprendas la evolución de la obra que, si te pones a ver, no es mucha: cabe en un edificio de 6 pisos. Están exhibidas algunas time capsules y el león disecado que Warhol tenía en la entrada de su oficina.

 Hay partes de su trabajo que se han puesto realmente viejas, como las películas, por ejemplo, o su vocación farandulera. Esas fotos de discotecas y de gente famosa haciendo cosas de gente famosa se pusieron viejas. Igual fue interesante verlas...».

5
 Leí en Alphabet City.

 Ingrid Laubrock me firmó uno de sus discos.

 Los dos conciertos de Claudio Cojaniz fueron poderosos y muy diferentes el uno del otro.

 Conocí gente amable, muy amable, en esa ciudad oxidada tan cercana y tan lejana a la mía.


6
Mensaje de Roberto a Teresa Mulet:

 Hola Tere Tere.

 Mira, hace dos días entré a un Starbucks en Pittsburgh y te vi sentada, leyendo. Me alegré muchísimo, caminé hacia ti y no eras tú. Así que me fui a hacer mi cola para comprar mi café.

 Lo que rescato de ese cuento mínimo y absurdo es que me contenté mucho de verte y de recordarte. Por eso ahorita te escribo.

Un beso grande dondequiera que estés.

 Respuesta de Tere:

 Roberto Roberto, ¡qué alegría me das!

 Sigo lo que escribes, no tan continuamente como quisiera…

 Hace poco pensé en escribirte, saludarte, decirte que te recuerdo con muchísimo cariño… No lo hice.

 Puede ser que el mensaje te llego en la forma de este mini-cuento-absurdo.

 Parece que hay conexiones que continúan siempre. Estoy viviendo desde enero en Barcelona

 Aquí mis contactos…

 De verdad me encantaría tener ese encuentro inesperadamente-esperado.

 Abrazo ENORME.

miércoles, enero 23, 2019

SI NO VAN A AYUDAR, NO ESTORBEN

 En el orbe mundo trivializan la tragedia venezolana porque no comprenden su profundidad. Creo que el grado de perversión de quienes la perpetran está fuera del registro de la perversidad conocida. La historia está llena de atrocidades que un pueblo invasor lleva a cabo contra otro mientras lo somete, lo conquista y lo coloniza. También está llena de tiranos arrasadores capaces de borrar sin el menor recato a sus adversarios y opositores, amén de a todo aquél que funcione como chivo expiatorio. El catálogo del odio y de las atrocidades es enorme y es fácil creer que está completo. Pero no. Faltaba la contribución venezolana.

 En Venezuela hay un tipo de horror inédito que mezcla elementos propios del caudillismo y de las dictaduras militares latinoamericanas con la ética y la estética narco, así como con los modales sanguinarios de gobernantes de países como Sierra Leona, Haití y Uganda, aparte, claro, de Cuba, el gran modelo de la tiranía venezolana.

 Observen estos ejemplos:

 En la cárcel de Tocorón, en el estado Aragua, hay una discoteca a la que asisten estrellas de la música internacional. Los anuncios de esas presentaciones se hacen con total normalidad a través de las redes sociales.

 Los tiranos inventaron unos operativos de seguridad pública llamados OLP (Operativos para la Liberación del Pueblo) en los que los efectivos armados portan máscaras de carnaval con la forma de una calavera. Repito: máscaras de carnaval, no máscaras antigases o pasamontañas de uso profesional. 

 Durante la segunda semana de 2019 fallecieron cuatro pacientes en el Hospital Universitario de Caracas porque se fue la luz en todo el edificio. A la semana siguiente, los periódicos reseñaban la presencia de una bailarina exótica en la oficina del director de la institución, quien celebraba su cumpleaños.

 En Venezuela, los servicios públicos no funcionan. Hay agua corriente tres días a la semana. Hay ciudades enteras sin luz durante horas varios días a la semana. Hay apagones constantes siempre adjudicados a maniobras de sabotaje o a accidentes producidos por animales. Hay problemas de suministro de gas doméstico. Hay zonas de Venezuela donde la red telefónica dejó de funcionar y no hay quién la repare.

 No hay material para tramitar pasaportes. Si eres venezolano, se te venció o se te perdió, no hay manera de tramitar otro porque no hay material. Si se te pierde o se te vence estando en otro país, no hay nada que hacer porque en las oficinas consulares tampoco hay cómo reponerlo. 

 La Universidad Simón Bolívar, una de las más importantes del país y me atrevo a decir que de Latinoamérica, tuvo que suspender sus actividades porque no hay agua corriente desde hace casi un mes.

 La política económica de los tiranos ha desencadenado un proceso de hiperinflación que erosiona todos los rincones de la vida venezolana. Los precios de cada producto aumentan de una semana para otra y, en algunos casos, de un día para otro. Hoy hay cientos de miles de personas pasando hambre porque no hallan cómo adquirir sus alimentos. 

 Podría continuar hablando de la escasez de medicamentos, del cierre de miles de empresas, del desempleo y del éxodo de miríadas de venezolanos, pero mejor dejémoslo hasta aquí.

 Creo que la ruina es ostensible y no hace falta explicar por qué Venezuela tiene que quitarse de encima esta tiranía. 

lunes, enero 21, 2019

EL IDIOMA VIEJO

 Los idiomas cargan consigo las preocupaciones del presente.

 En castellano las preocupaciones vienen del pasado. En España, por ejemplo, se discute la exhumación de Francisco Franco y en Hispanoamérica se habla de la «esperanza de los pueblos» y del socialismo; es decir: puros fantasmas de otras épocas.

 Los idiomas se usan y están vivos hoy, pero cuando se habla tanto del pasado, se contagian de palabras e ideas viejas. También se contaminan de gustos viejos. Véase Roma, la película de Alfonso Cuarón. Nótese que vemos en pantalla una cinta que cuenta una historia mil veces contada en telenovelas y películas no sólo de México, sino de toda Latinoamérica.

 Y ya que hablamos de Roma en relación con el castellano, ¿cómo obviar ese ridículo episodio en el que los usuarios españoles de Netflix se quejaron porque los subtítulos en castellano de la película venían en dialecto mexicano y no en castizo? Claro, lo primero que haría falta meditar es por qué una película en castellano necesita subtítulos en castellano en un país en el que se habla castellano. Digamos que, a pesar del absurdo, el público de España y de todo el orbe que habla castellano, tiene algo de razón porque, la verdad sea dicha, los diálogos de esa película no se entienden quién sabe si porque el sonido es francamente malo, aunque los expertos digan lo contrario, o porque los actores no saben vocalizar. Demás está decir que el castellano extendido por toda América es diverso y que es común encontrar modismos y términos que hace falta explicar.

 Volvamos al castellano y su fijación por el pasado.

 Observemos que nuestro idioma es una especie de reservorio de palabras de los años sesenta, época marcada por la Guerra Fría y el afán guerrillero. En Latinoamérica se usan todos los días palabras como imperialismo e imperialista, sabotaje, golpe, comandante, desposeídos y pueblo, entre muchas otras, puras palabras que denotan un pensamiento político que no se compagina con la complejidad del presente y del futuro. En España hablan de igualdad, machismo, secesión, república, derechos, autonomía, progreso... Términos que parecen sacados del mayo francés de 1968.

 El español es un idioma cargado de pasado.

 A diferencia de lo que otra gente opina, creo que las circunstancias en las que se habla un idioma lo influyen y lo marcan.

 La adicción hispana por el pasado marca al castellano que usamos hoy. En muchos casos, creo que lo hace de manera vergonzosa y triste porque lo limita.

 Esa adicción parece venir de una incapacidad para terminar de aceptar, resolver y superar los problemas, problemas que terminan retomando algunos políticos para seguir mareando y haciendo política barata de manipulación emocional primitiva.

 Sepan que el castellano no es un idioma ligado al conocimiento ni a la tecnología. Es un idioma con una larga y prodigiosa tradición literaria hoy desconocida por millones y millones de personas en el mundo entero. El castellano es hoy un idioma de obreros y cocineros, lo cual no tiene nada de malo, pero saber y decir esa verdad nos baja de la nube de creer que el prodigio que hablamos es más importante de lo que es.

domingo, diciembre 16, 2018

martes, diciembre 11, 2018

THE MONKEY OF LIGHTS

Translated by Mariana Antúnez

 Today was one of those days when I didn’t know what to write, when suddenly, like a cat running from one sidewalk to the other, an image crossed my mind that was hard to miss.

 Some years ago, while standing in front of a display window at the National Art Gallery, I saw a small traje de luces, or suit of lights, tailored with fabric remnants and aluminum foil. It was the bullfighter costume made by Armando Reverón to dress his pet monkey, Pancho.

 Ladies and Gentlemen, forget about Cosmo and Wanda, Philip Roth, or the paintings by Picasso, Modigliani or Rothko! Forget about it! Dressing a monkey up as a matador, taking its measurements, tailoring this little suit of lights with a bullfighter’s hat and everything, pretending to confront an invisible bull, getting away with a pass resembling Procuna’s, the sword over the red cape, imagining how the monkey elegantly eludes the charging bull and finally plunging the sword deep into the beast’s neck is simply genius beyond limits. A disproportionate act of creation, of enormous, gigantic, monumental beauty before which any Dadaist or even the Marx Brothers themselves would look like a bunch of phonies.

 Reverón was a genius; a character with the stature of Mr. Andrés Bello, Rómulo Gallegos or José Antonio Ramos Sucre. But one thing is for sure: he was a bearded man, who paraded in his underwear, living in the fishing village of Macuto, within four walls he designed himself, which isolated him from the stupidity of his time.

 I don’t know why, but these days I had the idea of making up a story where two well-dressed gentlemen, members of the National Security’s secret police, arrive at the entrance of Armando Reverón’s Castillete, his Tiny Castle, aboard a black Packard. Standing in front of the door, they look at each other and wonder, without saying it out loud, what the hell they are doing there. Suddenly, someone opens the door. It is a fat woman, with a mustache drawn in charcoal and a feathered headpiece.

 The lady lets them in and announces the impending arrival of Armando. Meanwhile, they observe the place. They see the veil, the birdcage complete with paper birds, the cardboard phone, the rag dolls; in their grotesque and suggestive silence, the paintings…
Do you really think someone is hiding in here?
—No, but we still ought to take a look.
 Take a look at those rags with palm trees painted on or at... Look. There it is, the owner of this shack…
—Hi there, gentlemen —Reverón made his appearance, full-grown beard and shirtless, walking hand in hand with his pet monkey—. Hahaha, this is Pancho… Well, say hello Pancho. Say hello to these gentlemen. He already learned how to play the piano, so ow I am teaching him to use the cape. How can I help you?
—Are you Armando Reverón, the painter?
—Yes, that’s me.
—You see: some prisoners escaped and we were ordered to search for them here. Would you mind if we take a look around?
—No, not at all. Look around as much as you want and don’t forget about Baby Jesus.
Baby Jesus?
—Yes, that’s right. I saw him around here the other day. He was wearing a hat just like yours. Aren’t you Baby Jesus?
—Look, Mr. Painter, we’ve seen enough already. Please, let us know if you see anything weird, would you?
—Pancho and I always see weird things. Just the other day, we saw a flying bull jump from the bullring to the grandstands… But that was the bullfighter’s fault, because he didn’t have the balls.
— See you later, maestro. Have a good evening.
—Pancho does have the balls. He wouldn’t have let that bull go … See you later. Come by whenever you want.

 After closing the door and listening for the Packard’s engine fading into the distance, Armando whistled and, from behind a pile of frames, two men emerged silently.
—Hey buddies, come here. Come see Pancho fight the bull.

 As I said: there are days when you think you don’t know what to write about, but remembering those who were great will always save us.

lunes, julio 02, 2018

RESTAURACIÓN

 No. No estamos locos. Tenemos razones suficientes para haber perdido los papeles. El equilibrio entre deseos y oportunidades que define una vida normal quedó deshecho en nuestro país. Quien no lo entienda, que vaya a un supermercado en Venezuela y tome nota.

 Sí. Vivimos con una frustración continua que genera un estado de agresividad contra todo y contra todos; contra el gobierno y sus políticas barbarizantes; contra la ambigua y vacilante oposición; contra los sabios que tratan de convencernos de que lo que vemos no lo vemos; contra los adictos al voto; contra los que no quieren votar ni hacer nada; contra los emigrantes; contra los que nos quedamos; contra los que llaman a ponerse otra vez frente a la exuberancia de los gases y de las balas… Todos contra todos en una erosión interminable.    

 El clima adusto es absoluto porque no hay guía alguna que nos permita saber con exactitud quién, aparte de los militantes convencidos y de los asalariados a pleno sol, contribuye con sus acciones o sus omisiones a mantener al chabismo gobernando. Esa ceguera es el centro agónico de esta descomunal rabia que no halla cauce y que nos corroe a todos.

 El enemigo es el gobierno, pero el gobierno tiene tentáculos infinitos y muchas veces invisibles. Por eso se ha entronizado entre nosotros una demacrada y unánime desconfianza. No queremos oír nada que suene a más mareo ni a más procrastinación, porque si me dices algo que me suene a aquello que ya se probó y no funcionó o a que hay que hacer esta o aquella insensatez o que hay que mantener esta espera ruinosa, te riposto grosero, agresivo, sin freno alguno o me callo, no digo nada, me encierro en mí mismo y ya.

 La incomunicación impide la política y la ausencia de política le abre la puerta a horrores aún más profundos, aún más sórdidos, que los que hemos vivido hasta este instante.

 Ése es el drama sobre el drama que nos envuelve.

 Ése y que Venezuela parece haberse quedado sin ideas.

 No hay ideas aglutinantes mínimas. Hay fetiches verbales barnizados de legalidad que sólo sirven para distraer perdices. También hay discursos tremendistas que no incluyen ningún plan de acción viable, pero insultos y oraciones atolondradas sí, a borbotones.

 Tenemos que restaurar los puentes que unen a las personas, aquéllos que han sido pulverizados a lo largo de estos años enfermos. Confieso que no sé cómo se hace eso, y menos en este trance continuado y erosivo que se parece más a una derrota que a un juego abierto y en plena evolución. Sin embargo, no se vislumbra otra posibilidad. Hay que mantener el contacto con el prójimo, hablar, pensar, inventar… Restaurar lo elemental de la política que no es ni siquiera el diálogo (palabra crucificada en esta vida de jauría que llevamos), sino el reconocimiento de que no vivimos solos, de que a nuestro lado viven y desean y sufren otras personas.

 Restituir lo mínimo de lo mínimo: las formas de cortesía y la amabilidad en medio del terremoto.

 He ahí algo de algo en medio de tanta nada abrumadora.