sábado, mayo 04, 2019

HIPERREALISMO VENEZOLANO EN ACCIÓN


 Las artes venezolanas se muestran fieles a un acentuado realismo.

 Sí. Es un aserto general, lo sé. Hay casos de casos. Pero curiosamente lo que se tiene por notable en las artes venezolanas exhibe la impronta del realismo documental. Y no es nuevo. Hace una semana Doña Bárbara, la novela de Rómulo Gallegos, cumplió 90 años y todavía se le celebra por analizar la realidad del país de aquellos años.

 Volvamos al punto: las artes venezolanas se muestran fieles al diario acontecer.

 No me refiero a la música, por supuesto, arte en el que en Venezuela priva un raro bellismo y una extraña frivolidad ajena a la necesaria catarsis y al debido exorcismo.

 Hemos leído novelas, celebradísimas novelas, que de puro realistas muestran en el papel retazos de aquello que vivimos. Es tan directo el traslado de la vida a la página que uno se pregunta por el arte. ¿Dónde está el arte? ¿Dónde están la transformación y la distancia, el rigor, la dureza y el grito? No hay grito. O lo hay, pero algo que no sabemos qué es, lo mitiga. Es como si la realidad venezolana, vórtice grotesco y fatal, se tragara toda luz capaz de iluminar aquello que hay que iluminar en este desconsuelo. Esos libros terminan iluminándose a sí mismos y los lectores de otros países terminan leyéndolos como quien lee una guía turística del horror ajeno. Yo europeo, estadounidense o súbdito británico, depilado y sin problemas, leo esos libros para medio saber sobre aquello que padecen unos latinoamericanos tercos que forjaron su propia tragedia.

 En materia de realismo político los epigramas de Rafael Cadenas son la demostración de que el horror venezolano es capaz de corroer todo lo que se le acerque, incluso para criticarlo.

 En las artes visuales hay artistas embebidos en la imaginería del caos nacional. De los dos que siguen, uno maneja un criterio documentalista y el otro una idea anti-propagandística. 

 Juan Toro Diez tiene una serie de fotografías de objetos recopilados durante las manifestaciones de 2014 y 2017: escudos, capuchas, bombas molotov, piedras, perdigones, balas... Ver esos objetos fuera de su contexto produce un extraño nudo del que cuesta zafarse.

 Francisco Bassim ha cultivado el fotomontaje, ese arte que, por lo visto, prospera en tiempos de guerra, y ha concebido imágenes poderosas que dan cuenta de la compleja sordidez en que vivimos.

 (Los humoristas, quizás por la propia naturaleza de su oficio, asumen una distancia conceptual entre los hechos reales y las imágenes. Roberto Weil, Rayma Suprani y Eduardo Sanabria han continuado produciendo agudas viñetas que retratan la mezcla de absurdo y perversión que gobierna nuestros días).

 ¿Y el cine venezolano? Ahí, dedicado a la realidad y a la historia; no a la imaginación. Dormido o despierto, nadie sueña nada nuevo después de ver una película venezolana. Tal vez algo de nuestra precaria imaginación tenía un estímulo en las telenovelas, pero esa industria se acabó. La acabaron los mandarines del purismo sentimental.

 ¿Y el teatro? Es variado y hay más o menos de todo: obras buenas y malas, frívolas y reflexivas, realistas, imaginativas, clásicas... Sin embargo, pienso en Sangre en el diván o en los años en que la gente veía con fervor aquella obra humorística dedicada a parodiar los primeros días del chabismo: La reconstituyente. Entre nosotros, la ficción no es muy popular. Preferimos versiones de la historia que ya sabemos a una historia distinta que nos exija un mínimo esfuerzo intelectual.

 ¿A qué se debe esa vocación realista, ese alejamiento de las alegorías, de las abstracciones y de las metáforas? Nuestra vocación realista perpetúa lo que hay. Creemos que retratar la realidad supone comprometernos con su refacción y no necesariamente es así. En el fondo del problema venezolano hay una crisis de la imaginación. Así como no somos capaces de imaginar otra vida ni otro futuro, no somos capaces de imaginar otras acciones que solucionen el increíble desastre en el que estamos sumidos. Nos enfrascamos en hablar de la realidad desde la propia realidad y creamos un extraño bucle en el que el retrato de lo real comienza a formar parte del paisaje. Por eso pierde densidad conceptual y capacidad de denuncia. Así el realismo se vuelve vehículo de lo mismo, perpetuación de lo que ya existe. La obra realista no nos ayuda a conocer otros ángulos y otras capas de lo que ya conocemos; nos hace ver lo mismo ampliado, y el efecto es el aplastamiento, la creencia de que aquello que nos oprime es insalvable, y, ante aquello que es inevitable, nos resignamos, creemos que todo esfuerzo en su contra es inútil. Tal es el efecto hiperrealista.

viernes, abril 19, 2019

EL TESTIGO

 Juan Villoro es un maestro del detalle; tanto narrando como comentando es un maestro del detalle. Quizás por eso sus crónicas sean tan agudas y sus ensayos tan interesantes. En la ficción es distinto. Específicamente en El testigo, que es la novela que acabo de terminar, la estructura general, la historia completa, no me apasionó; me perdí porque la agudeza que tiene en el detalle, se nubla en la totalidad. El testigo no tiene lagunas, pero hay mucha indeterminación, mucho relato que no llega a nada o llega pero no es importante. El testigo está llena de diálogos, divertidos sí, pero que no comprendemos qué función cumplen ni qué hacen más allá de distraernos y de dilatar las acciones que, por otra parte, no terminan de ser importantes porque, de verdad, uno no sabe qué es importante en esta novela en la que ocurren muchas cosas triviales o que se diluyen en el aire. 

 La novela que leemos narra en esencia el regreso de Julio Valdivieso a México, su reencuentro con la tierra y con sus recuerdos, pero en algún momento ese retorno se mezcla con la escritura de una teleserie y con las muertes de unos cuantos personajes a quienes uno, al final del libro, no sabe quién los mató ni por qué ni qué sentido tuvieron dentro de la trama. En lugar de ayudarnos a asentar la historia y de poner cada cosa en su sitio, el narrador se dedica a hablar y a hablar sobre asuntos que, al menos yo, vi como piruetas para evitar la claridad, como guiños a lo que es normal en la literatura mexicana y al mundo latinoamericano en general: el desierto, la Revolución de los Cristeros, los narcos, los magnates de la televisión, las empleadas domésticas (tipo Cleo, la de Roma de Alfonso Cuarrón), las historias religiosas, el poeta modernista... En fin... Una vez más, uno se topa con una novela llena de «lo mismo latinoamericano», incluidos el milagro y la ambigüedad que uno cifra en lo real maravilloso.  

 Lo mejor de la novela es el estilo de Villoro, su manera de mostrarnos las minucias de un mundo vasto, complejo y repetitivo. También es muy retador enfrentarse a la idea que se encuentra a lo largo y ancho de todo el libro, y que tal vez justifique tanto diálogo inocuo y tanta voltereta. Se trata de la idea del testigo, de cómo toda acción existe porque hay alguien que la registra, la ordena, le da forma de relato y la recuerda. Nuestra existencia y todo lo que hacemos necesita testigos; si no, todo se lo traga el desierto o el olvido.

domingo, marzo 03, 2019

APUNTES EN EL CUADERNO INVISIBLE

 Christian Bök creó un proyecto poético llamado Xenotext. Nótese que se trata de un proyecto poético y no de un poemario o de un poema. Por lo general, uno lee la palabra «poesía» y de inmediato la asocia con «poema» o con «palabra», como si la poesía se limitara a las variantes de la comunicación verbal, como si no existieran otras posibilidades. 

 En Xenotext, Bök propone la idea de convertir el código genético de una bacteria en un poema, de manera que la bacteria resultante sea un poema viviente.

 Más allá de las posibilidades, de la belleza, del ingenio, de la ambición y de la locura de este proyecto, me llama la atención la idea de ese ser vivo que es un poema por el sólo hecho de tener su código genético ordenado de una manera determinada, como si los genes constituyeran un lenguaje y pudiésemos alterarlo para generar eso que producimos cuando creamos (o encontramos) poesía. 

 También me queda la inquietud acerca del poema viviente: ¿qué es exactamente un poema viviente? ¿Es lo que dice el poeta canadiense Christian Bök o es o puede ser algo más? ¿Acaso no podríamos asumir que un poema es un código que adquiere vida cuando, por ejemplo, lo memorizamos y meditamos sobre él? ¿No nos convertimos en «poemas vivientes» cuando evocamos un poema o cuando descubrimos poesía en los rincones más extraños de la vida?


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 La poesía no se limita a las palabras.


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 Leo Las edades perdidas, de Vicente Gerbasi. Me agrada el poemario completo; no cada poema porque, a pesar de que muchos contienen imágenes poderosas, sus remates son torpes y, como Uds. saben, la poesía es, entre muchas cosas, ritmo, energía que se expande y se contrae en un mismo instante. Si el ritmo no fluye o se interrumpe o se termina antes o después de cuando debe terminar, el poema se desintegra ante nosotros.

 La idea que le da unidad al libro es la historia cósmica de un planeta desde sus albores hasta su extinción visto a través de ciertos hitos de la civilización, de ciertos nombres (aparece un poema titulado «Armando Reverón»), de ciertos gestos enraizados en lo más hondo de una tierra mítica.

 Lo dicho: los poemas no están a la altura de la idea que produce el libro, pero igual vale la pena visitar sus páginas.  


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 Leí una entrevista a Thomas Demand, un artista cuyo trabajo consiste en tomarle fotografías a sus esculturas de cartulina.

 Las esculturas pueden verse como maquetas de objetos y lugares inocuos: tres trampolines, uno al lado del otro, una escalera, un edificio, el estante de una ferretería... 

 Demand habla de la fotografía como de una experiencia que le permite crear una representación hiperrealista de algo que es completamente frágil; es decir: es como una representación sofisticada de otra representación barata. Si ves, por ejemplo, su foto en gran formato de la Oficina Oval de la Casa Blanca de los EEUU, todo te parece normal, hasta que empiezas a detallar la textura de los objetos, la forma del teléfono, de los libros, de las carpetas que están sobre el escritorio... Todo tiene un inevitable dejo a papel plisado o cortado, a escenario de juguetería.

 Lo inocuo, lo frágil, lo que se desdeña porque no resulta importante ni llamativo ni bello, encuentra su espacio en el trabajo inclasificable de este artista alemán cuyo cuestionamientos no se perciben con facilidad, pero muy pronto nos encontramos tratando de responder a preguntas aparentemente simples sobre si aceptamos sus maquetas como esculturas o sobre si hablamos de él como de un escultor o de un fotógrafo.

 La obra de Thomas Demand se encuentra atravesada en nuestro camino hacia otras obras y hacia otras preguntas a las que suponemos mayores. Por eso, para refrescar nuestra perspectiva de las cosas, vale la pena detenerse ante ella y observarla con detenimiento.  


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 La poesía se apodera de las formas y crea su propio lenguaje.


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 En la National Gallery of Art, de Washington, vi por primera vez en mi vida un Botticelli. Podría anotar aquí una lista de adjetivos sobre esa Adoración de los magos, pero no lo haré. Sólo diré que cuando la vi, descubrí que mi alegría no radicaba sólo en poder verla frente a frente, sino en que me percaté de que una parte de mí, de mi memoria visual, de mi sentido de la belleza, está configurada a partir de sus formas complejas y delicadas, de su color, de sus líneas que son rigurosas y voluptuosas a la vez. 

 Vi el Botticelli, me reconocí a mí mismo. 

 Seguí. 

 Sigo. 

 Voy.


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 La poesía se apodera de la fuente del lenguaje y produce una ampliación del campo semántico de cada forma en el conjunto de las formas.

miércoles, febrero 13, 2019

CHICAGO

 Resulta difícil tener recuerdos de Chicago. La dificultad radica en que cuando los evocas, no puedes creer que aquello que recuerdas sea posible. Por ejemplo: en el viaje de regreso de Pittsburgh, me tocó ir en la ventana del avión. Por lo general, las vistas desde los aviones son bellas y desabridas. Mucha nube y horizonte y terreno que se repite y se repite. Pero, en esta oportunidad tuve la visión de Chicago completa, densa, mínima, desde el aire. Durante un par de minutos toda ella cupo en mis ojos. Vi los detalles de los edificios entre cuyas paredes me maravillé hace un mes. Vi el One Museum Park, la torre Trump, el Crain Communications Building, la Willis Tower, el Two Prudential Plaza, el Aon Center... Todos los edificios juntos, apretados, entremezclados, surgiendo de la tierra y elevándose hacia el cielo como gritos de vidrio.

 Al evocar los recuerdos de Chicago, también cuesta asumir que uno estuvo ahí, que las imágenes que te rondan no las inventaste ni son el producto de un sueño. En el acto de recordar es inevitable verse a sí mismo viviendo y, en este caso, uno vuelve a sentir la fascinación de la ciudad, el extraño vértigo que producen las dimensiones de las calles, de los edificios, de los objetos en ese sitio, y uno termina sorprendido y agobiado de haber estado ahí.

 No sé si me explico.

 Cuando uno va a una ciudad que no conoce, participa sin querer en un reto.

 ¿Qué es una ciudad sino la materialización de los sueños que hicieron posible su construcción a través de los siglos? De manera que ante una ciudad desconocida no te mides con los muros. Te mides con los sueños de sus habitantes, sueños que, al igual que el concreto armado, se mantienen en el tiempo.

 En Chicago te mides con los sueños de quienes erigieron y mantienen este prodigio urbano. Cuando estás ahí no lo ves. Lo ves después, cuando evocas la ciudad y adquieres la conciencia de que estuviste ahí y caminaste entre sus gentes y fuiste tú, mínimo y grande a la vez, y de que trataste con todas tus fuerzas de ser digno de todo aquello que la ciudad te ofreció.

 Caminé para arriba y para abajo la Michigan Avenue. Vi los clásicos edificios de la ciudad con sus números elegantes, sus relieves y sus lámparas de otras épocas. Vi el Carbide & Carbon Building y le dije a todo el que me acompañaba que ése era (y es) mi edificio favorito entre todos los que se conjuntan en ese punto del inestable universo. Me gusta porque no sé si su oscuridad es negra o verde o gris, pero combina muy bien con el dorado de sus ornamentos y con el sol de la tarde. Más que un edificio parece una piedra opaca y milenaria, tal fue el concepto de su diseño original y así sigue erguido ante la calle implacable, a pesar de que hoy, en lugar de oficinas, alberga un hotel.

 Michigan Avenue es un largo río de formas que se superponen: gente, carros, autobuses, tiendas de todos los tamaños, edificios y más edificios. Es difícil establecer jerarquías. Todo rincón destila una historia, una vibración especial que cambia con la luz y la oscuridad.

 Durante una de mis tardes en Chicago, fui con mis amigos al Guaranteed Rate Field, a ver un juego entre los Tigres de Detroit y los Chicago White Sox. El estadio me pareció un edificio indigno de la ciudad, una caja enorme de concreto a la que asistí con ilusión entre otras razones porque todo lo que tiene que ver con el beisbol me recuerda a mi papá. Sin embargo, la experiencia no fue todo lo grata que pudo ser porque llovió y suspendieron el juego durante más de una hora, y porque el partido como tal fue bastante aburrido. Los Medias Blancas perdieron ocho carreras a dos y en un sólo inning hubo tres home runes. Eso sí: vi por primera vez la vida dentro del estadio, los infinitos puestos de comida, los perros calientes de un dólar, la cerveza hasta el séptimo inning y algo que hizo que nunca más vuelva a ver un juego de beisbol de la misma manera: sepan que en los estadios de las Grandes Ligas hay un cronómetro que marca los tres minutos de la publicidad en televisión, de manera que todo está coordinado, no hay azar ni detalle que no haya sido previsto, salvo el propio juego, en el que cualquier cosa puede ocurrir.

 En otro momento fui al 11 East Hubbard Street, donde queda el Andy’s Jazz Club. Pagué diez dólares y tuve que mostrar mi pasaporte para demostrar que tengo los cuarenta y ocho años que tengo y que puedo pedir una cerveza sin problemas. Vi la actuación de un grupo que se llama After Dark, cuyo repertorio está basado en la música de Von Freeman. Disfruté la velada. La formación era de tres saxofones, guitarra, contrabajo y batería. Sonaba potente. Andy’s Jazz Club es un local extraño porque es amplio, con una barra pequeña y un menú demasiado extenso para mi gusto. A pesar de que me sentí muy bien entre sus paredes, extrañé la oscuridad tradicional de otros clubs de jazz. No superé la presencia de unas ventanas desde la que entraba la luz de la calle, lo que le daba al local un aire de apasionada e innecesaria franqueza, como si los dueños vivieran empecinados en declarar que ese club es honesto, que ahí no ocurre ni ocurrirá nada raro. No sé si ese exceso de sanidad, de luz y de moral le hacen bien o no al arte. Supongo que, por un lado, sí, que está bien que todo sea legal, serio y ordenado, pero por otro, creo que hay artes que necesitan lidiar con cierta niebla, con cierto deseo de romperlo todo.

 Más allá de las particularidades de cada una, estas experiencias me mostraron cómo son las noches en Chicago. Dos o tres párrafos más arriba hablaba de la vibración de una calle determinada y cómo cambia en la noche con respecto al día. Pues bien, sepan que, a partir de cierta hora, Chicago es dura, muy dura. Ciudad áspera y bella, repleta de gente que no se ve durante el día y que puebla las calles y el metro: indigentes, tipos que gritan en plena vía, transeúntes, sujetos que van y vienen perdidos, como hormigas sin antenas... Cuando recorres Chicago, te encuentras indigentes apostados en las esquinas, todos con cartones donde cuentan sus historias, pero de noche hay más, muchos más, y este caraqueño que escribe, no puede evitar el mal que lo aqueja, mezcla de paranoia y melancolía, agobio, admiración y ansiedad. Nadie se metió conmigo y supongo que, en general, nadie se mete con nadie entre las aceradas espinas, pero la energía está ahí, hace temblar la ciudad, mueve los objetos y los vidrios, hace que todo el mundo camine y se mueva muy rápido, y que quienes venimos de la franca oscuridad llenemos de ojos nuestras espaldas, como siempre.

 Pero Chicago es amable. Nunca (ni siquiera ante la afilada luna) pierde su fasto. Calles iluminadas, tipografía infinita, letras, números, faros, colores que se mezclan en el aire y forman una rara acuarela que se eleva con las agujas.

 La ciudad te lleva, te arrastra; es un río lleno de brazos que se abren en distintas direcciones. Unas te llevan al estadio de fútbol, otras al puente DuSable o a Union Station o a Ditka’s (y comes costillas) o al hogar de las belugas en el Shedd Aquarium... Chicago es múltiple e infinita, densa, fría, sólida prolongación del lago Michigan, heredera de todos los vientos.

 Si caminas, si te dejas llevar, tus pasos te llevarán al Millennium Park, hito de hitos en una ciudad llena de hitos. Es el parque rodeado de témpanos ilustres, de ventanas que miran los árboles y las caminerías, del auditorio desmesurado de Frank Gehry (el Jay Pritzker Pavillion), de la plaza AT&T, donde se encuentra Cloud Gate, la escultura plateada de Anish Kapoor a la que todo el mundo llama Bean (o Caraota) y en la que todo el que la visita se refleja porque al final esa escultura extraordinaria es más un espejo y un símbolo del amor que genera esta ciudad que una obra de arte. Más allá, muy cerca, dos leones verdes anuncian un mundo dentro del mundo, un universo dentro del universo. Tal es el Art Institute of Chicago. Fui dos veces e iría N veces más porque ningún museo que se precie puede abarcarse en un sólo día. Es un despropósito y un gesto de profunda y mala educación tratar de ver en tres o cuatro horas lo que la humanidad ha producido durante milenios. En mi primera visita vi de todo: Caravaggios, Grecos, pero guardo para mí la serena conmoción que me produjeron las nubes de Georgia O’Keeffe, y Nighthawks, de Edward Hopper. Ni hablar de las salas dedicadas a Gauguin, Cézanne, Monet, Seurat, Degas, Lautrec y Van Gogh. En mi segunda visita conocí la biblioteca del instituto, un sitio delicado y perfecto para perderse en uno mismo. Vi Duchamps, Dalís, Magrittes, Brancusis y un vitral portentoso de Chagall ante el que pasé un larguísimo rato en silencio.

 (Sí. Los museos también son espacios de meditación).

 Otro mundo dentro del mundo es el aeropuerto O’Hare con su áspera densidad igual a la de cualquier otro terminal aéreo. La única diferencia es que éste es abrumador por su tamaño y por el volumen de gente que circula por sus pasillos y porque, a pesar de todo, trata de ser amable. ¿De dónde salen, hacia dónde van tantas personas? ¿Qué quieren con tanto afán? ¿Pueden imaginarse la vibración que producen? Creo que no. Ellos simplemente son; van y vienen; recorren este país y el mundo, y el O’Hare es sólo una puerta gigantesca.

 En Chicago hay espacio, pero todo luce apretado. El terreno es amplio, muy amplio, tan vasto que todo puede ser, y es, enorme: las calles, los edificios, las aceras. Algo en ese lugar nos repite, sin decirlo, que la tierra sobre la que nos encontramos es infinita. Tal vez sea la cercanía del lago, la vastedad de un territorio esencialmente plano o el deseo de tocar el cielo en un lugar en el que coinciden la tierra y el agua, la vastedad del horizonte.

 Desde el cielo veo el brote arduo de vidrio y acero que quiere ser hielo. Desde el terreno el sueño de quienes erigieron Chicago parece inabarcable, pero aquí arriba, en esa zona indeterminada del aire, algo me dice que el vértigo invertido de ese sueño me incluye, que algo o alguien en la ciudad me espera y con esa ilusión siempre iré a su encuentro.

miércoles, febrero 06, 2019

SEATTLE

 Es fácil perderse en Seattle, pero no en las calles ni en la geografía. Es fácil perderse en las historias, en lo que creemos de la ciudad por lo que nos han dicho que hicieron algunos de sus habitantes. Sí. Ésta es la tierra de Jimi Hendrix y el lugar desde el que Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam produjeron el último gran movimiento que sacudió al rock. Uno camina por las calles y busca, sin decirlo, los trazos salvajes de, por ejemplo, el grunge. Sí, aquí hay una pincelada, allá hay otra, pero la vida pasa, el tiempo es una avalancha y los hechos se convierten en historias que terminan cubriendo los muros. Aquél que conoce las historias, trata de ver en las paredes aquello que es invisible, y viaja a través de las historias como si caminara por las aceras.

 Hay en Seattle una atmósfera difícil de definir. Es una ciudad abierta al mundo, mira al Pacífico y está cerca, muy cerca, de Canadá. Nadie te lo dice, pero por la manera de hablar de la gente, por sus rostros, por lo que ofrecen en el mercado, por cómo se visten y por todo, te das cuenta de que nada de lo humano les parece extraño. Quizás esa apreciación sea mía y provenga de la misma sensibilidad que nos hace buscar las huellas de nuestros héroes musicales en esta ciudad que fue y es un hervidero de ideas, porque Seattle es eso: un raro territorio propicio para todas las ideas. Y conste que aquí, en Estados Unidos, las ideas no viajan solas ni se limitan a los salones de las universidades; las ideas viajan, mueven y se apoderan de las ciudades, las abrazan, se aferran a ellas hasta que las ciudades mismas se vuelven ideas. Piensen que aquí surgieron Amazon y Starbucks.

 (Un breve paréntesis: detesto el olor de los Starbucks).
 En Seattle hay edificios enormes, pero no piensas en ellos. No te interesan como te interesan los de otras ciudades de este país. Uno que otro pide que lo atiendas, que mires sus formas. A mí me llamó la Rainier Tower; clamó porque viera que está asentado sobre una enorme columna de concreto armado, una sola columna sobre la que se asienta un rascacielos de treintiún pisos entre rascacielos aún más grandes. Benditas las mentes de quienes calcularon ese sofisticado prodigio brutalista, reflejo del monte Rainier, homenaje a la mole de piedra y nieve, al coloso austero y solitario que se encuentra muy cerca de la ciudad, vigilándola y recordándole su naturaleza siempre mudable y efímera.
 En Seattle tuve sorpresas impagables. Quería llegar a un punto de la ciudad y, para recortar sus caminos escarpados, entré en el Washington State Convention Center. En el recorrido, entre dos escaleras, me topé con un Jacob Lawrence; es decir: con la obra de un artista del que supe por primera vez en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Como no tenía ninguna cita, me quedé viendo con atención los diferentes paneles metálicos en los que Lawrence representó una escena de la lucha libre. Sentí como si me hubiera encontrado a un viejo amigo en el sitio menos esperado de un planeta muy lejano. Otro día entré en el Seattle Art Museum, subí las escaleras y luego de recibir las indicaciones de una amable dama que me entregó un mapa del museo, sentí la demoledora presencia de un Rothko. ¿Cómo explicarles lo que las vibraciones que emanan de ese cuadro produjeron en mí? ¿Cómo decirles a quienes no han sufrido la obtusa oscuridad lo que un cuadro como ése me produjo? Creo que no puedo hacerlo. No tengo las palabras y si las tuviera, no vendrían secas.
 La ciudad se mueve. Se mueve el terreno que sube y baja, sinuoso, lleno de ángulos cortantes. Todo el que camina en Seattle, descubre mundos que no son secretos, pero que la misma topografía organiza, oculta y revela. Eso ocurre en el Public Market, verdadero ir y venir de gente que pasea y se sorprende y compra cangrejo y pescado y queso y flores y cuanto haga falta porque hay de todo en tarantines y locales establecidos desde hace décadas: panaderías, restaurantes, ventas de tabaco y franelas... Todo, todo encuentra su lugar en el denso mercado por el que caminas y siempre se abre un nuevo pasillo, una entrada que no habías visto, una dulcería, una venta de jugos, un espacio que no habías visitado. Sí. Lo sé. Así son todos los mercados del mundo. Éste no es la excepción. Lo apretado y lo sucio están ahí, con nosotros los humanos, como siempre. Aquí no hay nada raro. Ni siquiera los músicos que tocan el banjo y un trombón son muy distintos de otros músicos callejeros. Lo que distingue a este mercado de otros no es tangible; es la energía de la ciudad, energía que proviene de un raro optimismo, quizás del movimiento que es físico y a la vez figurado, prolongación conceptual del movimiento geológico de una ciudad erigida entre la bahía de Puget Sound, el Pacífico, el lago Washington, las montañas Olímpicas y las mismas colinas sobre las que se asientan las calles y los edificios.

 Como todo puerto, el de Seattle tiene la triste fealdad de los dinosaurios de salitre. Lo curioso es que está ahí mismo. Lo ves desde el mercado y la autopista. Colinda con la parte vieja de la ciudad, ésa que rodea Pioneer Square y que está en pleno (y extraño) proceso de gentrificación; es decir: de arreglo y ornato para convertir el barrio en un lugar de encuentro, en un sitio grato para pasear y tomarse un café. Es la primera que veo un sitio gentrificado al lado de un sitio horrendo, lo que dice mucho (y bien) de quienes dirigen la política de la ciudad. Creo que es un riesgo poner a combatir la inevitable fealdad del puerto con la —casi siempre— afectada belleza de los municipios en los que se invierte dinero y esfuerzo para convertirlos en atractores de gente. En el futuro se verán los resultados de este experimento.

 La diversidad total es la seña. Seattle, lugar abierto al mundo. El Pacífico resuena hacia dentro y hacia fuera. Entran y salen ideas, como una playa con sus olas.

domingo, febrero 03, 2019

PITTSBURGH

1
 Gastada, sometida a la silenciosa erosión, llena de ladrillos rotos y de paredes crudas como espaldas, honesta y dura como es, me recibió Pittsburgh.

 ¿Qué gran ciudad no es implacable? Ninguna, por más que lo intentemos y cedamos a la ficción urbanística que gentrifica y convierte los espacios en vastas escenografías.

2
 Pittsburgh está rodeada de colinas llenas de casas. Yo las miraba y no podía dejar de pensar en Caurimare, Cumbres de Curumo, Vista Alegre y Macaracuay, sitios lejanos, muy lejanos de esta enorme ciudad norteamericana, pero que siempre están conmigo, a pesar de todo.

 Pittsburgh es real y no trata de ocultarlo; es cruda y tal vez peligrosa, como una novia loca y armada.

3
 Un día caminaba con Salah y un sujeto en una moto nos pasó por un lado. Cuando vi que hacía el ademán de devolverse, agarré un palo y caminé como si nada. El motorizado pasó y siguió su camino. No sé si era un malandro o no, pero yo vengo de Caracas y no puedo evitar ver maldad en todas las acciones, y más si quien las realiza, anda en moto.

 Los ríos Allegheny y Monongahela se unen y forman el Ohio. La ciudad queda dividida por las aguas y las colinas. De un lado están la densidad de las calles y de los edificios y, del otro, las urbanizaciones llenas de casas. Mi paseo largo y moderado me hizo ver fragmentos de Bello Monte y de La Pastora en Pittsburgh, pura estampa evocadora de Caracas, mi pobre ciudad devorada por las bestias más inextricables que podamos conocer.

4
 Le escribí esto a Enrique: «... El Andy Warhol Museum me gustó. Fui bastante escéptico, pero la verdad verdadera es que salí contento, sobre todo porque todo está pensado para que comprendas la evolución de la obra que, si te pones a ver, no es mucha: cabe en un edificio de 6 pisos. Están exhibidas algunas time capsules y el león disecado que Warhol tenía en la entrada de su oficina.

 Hay partes de su trabajo que se han puesto realmente viejas, como las películas, por ejemplo, o su vocación farandulera. Esas fotos de discotecas y de gente famosa haciendo cosas de gente famosa se pusieron viejas. Igual fue interesante verlas...».

5
 Leí en Alphabet City.

 Ingrid Laubrock me firmó uno de sus discos.

 Los dos conciertos de Claudio Cojaniz fueron poderosos y muy diferentes el uno del otro.

 Conocí gente amable, muy amable, en esa ciudad oxidada tan cercana y tan lejana a la mía.


6
Mensaje de Roberto a Teresa Mulet:

 Hola Tere Tere.

 Mira, hace dos días entré a un Starbucks en Pittsburgh y te vi sentada, leyendo. Me alegré muchísimo, caminé hacia ti y no eras tú. Así que me fui a hacer mi cola para comprar mi café.

 Lo que rescato de ese cuento mínimo y absurdo es que me contenté mucho de verte y de recordarte. Por eso ahorita te escribo.

Un beso grande dondequiera que estés.

 Respuesta de Tere:

 Roberto Roberto, ¡qué alegría me das!

 Sigo lo que escribes, no tan continuamente como quisiera…

 Hace poco pensé en escribirte, saludarte, decirte que te recuerdo con muchísimo cariño… No lo hice.

 Puede ser que el mensaje te llegó en la forma de este mini-cuento-absurdo.

 Parece que hay conexiones que continúan siempre. Estoy viviendo desde enero en Barcelona

 Aquí mis contactos…

 De verdad me encantaría tener ese encuentro inesperadamente-esperado.

 Abrazo ENORME.

miércoles, enero 23, 2019

SI NO VAN A AYUDAR, NO ESTORBEN

 En el orbe mundo trivializan la tragedia venezolana porque no comprenden su profundidad. Creo que el grado de perversión de quienes la perpetran está fuera del registro de la perversidad conocida. La historia está llena de atrocidades que un pueblo invasor lleva a cabo contra otro mientras lo somete, lo conquista y lo coloniza. También está llena de tiranos arrasadores capaces de borrar sin el menor recato a sus adversarios y opositores, amén de a todo aquél que funcione como chivo expiatorio. El catálogo del odio y de las atrocidades es enorme y es fácil creer que está completo. Pero no. Faltaba la contribución venezolana.

 En Venezuela hay un tipo de horror inédito que mezcla elementos propios del caudillismo y de las dictaduras militares latinoamericanas con la ética y la estética narco, así como con los modales sanguinarios de gobernantes de países como Sierra Leona, Haití y Uganda, aparte, claro, de Cuba, el gran modelo de la tiranía venezolana.

 Observen estos ejemplos:

 En la cárcel de Tocorón, en el estado Aragua, hay una discoteca a la que asisten estrellas de la música internacional. Los anuncios de esas presentaciones se hacen con total normalidad a través de las redes sociales.

 Los tiranos inventaron unos operativos de seguridad pública llamados OLP (Operativos para la Liberación del Pueblo) en los que los efectivos armados portan máscaras de carnaval con la forma de una calavera. Repito: máscaras de carnaval, no máscaras antigases o pasamontañas de uso profesional. 

 Durante la segunda semana de 2019 fallecieron cuatro pacientes en el Hospital Universitario de Caracas porque se fue la luz en todo el edificio. A la semana siguiente, los periódicos reseñaban la presencia de una bailarina exótica en la oficina del director de la institución, quien celebraba su cumpleaños.

 En Venezuela, los servicios públicos no funcionan. Hay agua corriente tres días a la semana. Hay ciudades enteras sin luz durante horas varios días a la semana. Hay apagones constantes siempre adjudicados a maniobras de sabotaje o a accidentes producidos por animales. Hay problemas de suministro de gas doméstico. Hay zonas de Venezuela donde la red telefónica dejó de funcionar y no hay quién la repare.

 No hay material para tramitar pasaportes. Si eres venezolano, se te venció o se te perdió, no hay manera de tramitar otro porque no hay material. Si se te pierde o se te vence estando en otro país, no hay nada que hacer porque en las oficinas consulares tampoco hay cómo reponerlo. 

 La Universidad Simón Bolívar, una de las más importantes del país y me atrevo a decir que de Latinoamérica, tuvo que suspender sus actividades porque no hay agua corriente desde hace casi un mes.

 La política económica de los tiranos ha desencadenado un proceso de hiperinflación que erosiona todos los rincones de la vida venezolana. Los precios de cada producto aumentan de una semana para otra y, en algunos casos, de un día para otro. Hoy hay cientos de miles de personas pasando hambre porque no hallan cómo adquirir sus alimentos. 

 Podría continuar hablando de la escasez de medicamentos, del cierre de miles de empresas, del desempleo y del éxodo de miríadas de venezolanos, pero mejor dejémoslo hasta aquí.

 Creo que la ruina es ostensible y no hace falta explicar por qué Venezuela tiene que quitarse de encima esta tiranía. 

lunes, enero 21, 2019

EL IDIOMA VIEJO

 Los idiomas cargan consigo las preocupaciones del presente.

 En castellano las preocupaciones vienen del pasado. En España, por ejemplo, se discute la exhumación de Francisco Franco y en Hispanoamérica se habla de la «esperanza de los pueblos» y del socialismo; es decir: puros fantasmas de otras épocas.

 Los idiomas se usan y están vivos hoy, pero cuando se habla tanto del pasado, se contagian de palabras e ideas viejas. También se contaminan de gustos viejos. Véase Roma, la película de Alfonso Cuarón. Nótese que vemos en pantalla una cinta que cuenta una historia mil veces contada en telenovelas y películas no sólo de México, sino de toda Latinoamérica.

 Y ya que hablamos de Roma en relación con el castellano, ¿cómo obviar ese ridículo episodio en el que los usuarios españoles de Netflix se quejaron porque los subtítulos en castellano de la película venían en dialecto mexicano y no en castizo? Claro, lo primero que haría falta meditar es por qué una película en castellano necesita subtítulos en castellano en un país en el que se habla castellano. Digamos que, a pesar del absurdo, el público de España y de todo el orbe que habla castellano, tiene algo de razón porque, la verdad sea dicha, los diálogos de esa película no se entienden quién sabe si porque el sonido es francamente malo, aunque los expertos digan lo contrario, o porque los actores no saben vocalizar. Demás está decir que el castellano extendido por toda América es diverso y que es común encontrar modismos y términos que hace falta explicar.

 Volvamos al castellano y su fijación por el pasado.

 Observemos que nuestro idioma es una especie de reservorio de palabras de los años sesenta, época marcada por la Guerra Fría y el afán guerrillero. En Latinoamérica se usan todos los días palabras como imperialismo e imperialista, sabotaje, golpe, comandante, desposeídos y pueblo, entre muchas otras, puras palabras que denotan un pensamiento político que no se compagina con la complejidad del presente y del futuro. En España hablan de igualdad, machismo, secesión, república, derechos, autonomía, progreso... Términos que parecen sacados del mayo francés de 1968.

 El español es un idioma cargado de pasado.

 A diferencia de lo que otra gente opina, creo que las circunstancias en las que se habla un idioma lo influyen y lo marcan.

 La adicción hispana por el pasado marca al castellano que usamos hoy. En muchos casos, creo que lo hace de manera vergonzosa y triste porque lo limita.

 Esa adicción parece venir de una incapacidad para terminar de aceptar, resolver y superar los problemas, problemas que terminan retomando algunos políticos para seguir mareando y haciendo política barata de manipulación emocional primitiva.

 Sepan que el castellano no es un idioma ligado al conocimiento ni a la tecnología. Es un idioma con una larga y prodigiosa tradición literaria hoy desconocida por millones y millones de personas en el mundo entero. El castellano es hoy un idioma de obreros y cocineros, lo cual no tiene nada de malo, pero saber y decir esa verdad nos baja de la nube de creer que el prodigio que hablamos es más importante de lo que es.