miércoles, febrero 06, 2019

SEATTLE

 Es fácil perderse en Seattle, pero no en las calles ni en la geografía. Es fácil perderse en las historias, en lo que creemos de la ciudad por lo que nos han dicho que hicieron algunos de sus habitantes. Sí. Ésta es la tierra de Jimi Hendrix y el lugar desde el que Nirvana, Soundgarden y Pearl Jam produjeron el último gran movimiento que sacudió al rock. Uno camina por las calles y busca, sin decirlo, los trazos salvajes de, por ejemplo, el grunge. Sí, aquí hay una pincelada, allá hay otra, pero la vida pasa, el tiempo es una avalancha y los hechos se convierten en historias que terminan cubriendo los muros. Aquél que conoce las historias, trata de ver en las paredes aquello que es invisible, y viaja a través de las historias como si caminara por las aceras.

 Hay en Seattle una atmósfera difícil de definir. Es una ciudad abierta al mundo, mira al Pacífico y está cerca, muy cerca, de Canadá. Nadie te lo dice, pero por la manera de hablar de la gente, por sus rostros, por lo que ofrecen en el mercado, por cómo se visten y por todo, te das cuenta de que nada de lo humano les parece extraño. Quizás esa apreciación sea mía y provenga de la misma sensibilidad que nos hace buscar las huellas de nuestros héroes musicales en esta ciudad que fue y es un hervidero de ideas, porque Seattle es eso: un raro territorio propicio para todas las ideas. Y conste que aquí, en Estados Unidos, las ideas no viajan solas ni se limitan a los salones de las universidades; las ideas viajan, mueven y se apoderan de las ciudades, las abrazan, se aferran a ellas hasta que las ciudades mismas se vuelven ideas. Piensen que aquí surgieron Amazon y Starbucks.

 (Un breve paréntesis: detesto el olor de los Starbucks).
 En Seattle hay edificios enormes, pero no piensas en ellos. No te interesan como te interesan los de otras ciudades de este país. Uno que otro pide que lo atiendas, que mires sus formas. A mí me llamó la Rainier Tower; clamó porque viera que está asentado sobre una enorme columna de concreto armado, una sola columna sobre la que se asienta un rascacielos de treintiún pisos entre rascacielos aún más grandes. Benditas las mentes de quienes calcularon ese sofisticado prodigio brutalista, reflejo del monte Rainier, homenaje a la mole de piedra y nieve, al coloso austero y solitario que se encuentra muy cerca de la ciudad, vigilándola y recordándole su naturaleza siempre mudable y efímera.
 En Seattle tuve sorpresas impagables. Quería llegar a un punto de la ciudad y, para recortar sus caminos escarpados, entré en el Washington State Convention Center. En el recorrido, entre dos escaleras, me topé con un Jacob Lawrence; es decir: con la obra de un artista del que supe por primera vez en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Ímber. Como no tenía ninguna cita, me quedé viendo con atención los diferentes paneles metálicos en los que Lawrence representó una escena de la lucha libre. Sentí como si me hubiera encontrado a un viejo amigo en el sitio menos esperado de un planeta muy lejano. Otro día entré en el Seattle Art Museum, subí las escaleras y luego de recibir las indicaciones de una amable dama que me entregó un mapa del museo, sentí la demoledora presencia de un Rothko. ¿Cómo explicarles lo que las vibraciones que emanan de ese cuadro produjeron en mí? ¿Cómo decirles a quienes no han sufrido la obtusa oscuridad lo que un cuadro como ése me produjo? Creo que no puedo hacerlo. No tengo las palabras y si las tuviera, no vendrían secas.
 La ciudad se mueve. Se mueve el terreno que sube y baja, sinuoso, lleno de ángulos cortantes. Todo el que camina en Seattle, descubre mundos que no son secretos, pero que la misma topografía organiza, oculta y revela. Eso ocurre en el Public Market, verdadero ir y venir de gente que pasea y se sorprende y compra cangrejo y pescado y queso y flores y cuanto haga falta porque hay de todo en tarantines y locales establecidos desde hace décadas: panaderías, restaurantes, ventas de tabaco y franelas... Todo, todo encuentra su lugar en el denso mercado por el que caminas y siempre se abre un nuevo pasillo, una entrada que no habías visto, una dulcería, una venta de jugos, un espacio que no habías visitado. Sí. Lo sé. Así son todos los mercados del mundo. Éste no es la excepción. Lo apretado y lo sucio están ahí, con nosotros los humanos, como siempre. Aquí no hay nada raro. Ni siquiera los músicos que tocan el banjo y un trombón son muy distintos de otros músicos callejeros. Lo que distingue a este mercado de otros no es tangible; es la energía de la ciudad, energía que proviene de un raro optimismo, quizás del movimiento que es físico y a la vez figurado, prolongación conceptual del movimiento geológico de una ciudad erigida entre la bahía de Puget Sound, el Pacífico, el lago Washington, las montañas Olímpicas y las mismas colinas sobre las que se asientan las calles y los edificios.

 Como todo puerto, el de Seattle tiene la triste fealdad de los dinosaurios de salitre. Lo curioso es que está ahí mismo. Lo ves desde el mercado y la autopista. Colinda con la parte vieja de la ciudad, ésa que rodea Pioneer Square y que está en pleno (y extraño) proceso de gentrificación; es decir: de arreglo y ornato para convertir el barrio en un lugar de encuentro, en un sitio grato para pasear y tomarse un café. Es la primera que veo un sitio gentrificado al lado de un sitio horrendo, lo que dice mucho (y bien) de quienes dirigen la política de la ciudad. Creo que es un riesgo poner a combatir la inevitable fealdad del puerto con la —casi siempre— afectada belleza de los municipios en los que se invierte dinero y esfuerzo para convertirlos en atractores de gente. En el futuro se verán los resultados de este experimento.

 La diversidad total es la seña. Seattle, lugar abierto al mundo. El Pacífico resuena hacia dentro y hacia fuera. Entran y salen ideas, como una playa con sus olas.