lunes, julio 02, 2018

RESTAURACIÓN

 No. No estamos locos. Tenemos razones suficientes para haber perdido los papeles. El equilibrio entre deseos y oportunidades que define una vida normal quedó deshecho en nuestro país. Quien no lo entienda, que vaya a un supermercado en Venezuela y tome nota.

 Sí. Vivimos con una frustración continua que genera un estado de agresividad contra todo y contra todos; contra el gobierno y sus políticas barbarizantes; contra la ambigua y vacilante oposición; contra los sabios que tratan de convencernos de que lo que vemos no lo vemos; contra los adictos al voto; contra los que no quieren votar ni hacer nada; contra los emigrantes; contra los que nos quedamos; contra los que llaman a ponerse otra vez frente a la exuberancia de los gases y de las balas… Todos contra todos en una erosión interminable.    

 El clima adusto es absoluto porque no hay guía alguna que nos permita saber con exactitud quién, aparte de los militantes convencidos y de los asalariados a pleno sol, contribuye con sus acciones o sus omisiones a mantener al chabismo gobernando. Esa ceguera es el centro agónico de esta descomunal rabia que no halla cauce y que nos corroe a todos.

 El enemigo es el gobierno, pero el gobierno tiene tentáculos infinitos y muchas veces invisibles. Por eso se ha entronizado entre nosotros una demacrada y unánime desconfianza. No queremos oír nada que suene a más mareo ni a más procrastinación, porque si me dices algo que me suene a aquello que ya se probó y no funcionó o a que hay que hacer esta o aquella insensatez o que hay que mantener esta espera ruinosa, te riposto grosero, agresivo, sin freno alguno o me callo, no digo nada, me encierro en mí mismo y ya.

 La incomunicación impide la política y la ausencia de política le abre la puerta a horrores aún más profundos, aún más sórdidos, que los que hemos vivido hasta este instante.

 Ése es el drama sobre el drama que nos envuelve.

 Ése y que Venezuela parece haberse quedado sin ideas.

 No hay ideas aglutinantes mínimas. Hay fetiches verbales barnizados de legalidad que sólo sirven para distraer perdices. También hay discursos tremendistas que no incluyen ningún plan de acción viable, pero insultos y oraciones atolondradas sí, a borbotones.

 Tenemos que restaurar los puentes que unen a las personas, aquéllos que han sido pulverizados a lo largo de estos años enfermos. Confieso que no sé cómo se hace eso, y menos en este trance continuado y erosivo que se parece más a una derrota que a un juego abierto y en plena evolución. Sin embargo, no se vislumbra otra posibilidad. Hay que mantener el contacto con el prójimo, hablar, pensar, inventar… Restaurar lo elemental de la política que no es ni siquiera el diálogo (palabra crucificada en esta vida de jauría que llevamos), sino el reconocimiento de que no vivimos solos, de que a nuestro lado viven y desean y sufren otras personas.

 Restituir lo mínimo de lo mínimo: las formas de cortesía y la amabilidad en medio del terremoto.

 He ahí algo de algo en medio de tanta nada abrumadora.