lunes, mayo 14, 2018

VENEZUELA, PAÍS EXÁNIME

 Las noticias sobre Venezuela son tan alarmantes como extrañas. Cada una contiene una desmesurada mezcla de tragedia y absurdo.

 Todo venezolano (o toda persona que haya pasado una larga temporada en Venezuela) sabe que cualquier cosa, por muy rara, delirante o ilegal que parezca, puede ocurrir.

 Venezuela ya no es un país; es una superposición de desgracias y problemas para los que no existen soluciones fotogénicas.

 Los supermercados muestran estantes vacíos, pasillos enteros en los que se exhibe aire o productos a precios increíbles.

 En las farmacias no hay todos los medicamentos que se necesitan; hay gente, mucha gente, preguntando por un antibiótico o por un antihipertensivo o por un antihistamínico que no encuentra y que tiene que seguir buscando con urgencia.

 La economía venezolana está destruida. No hay dinero en efectivo. Es difícil de creer, pero hay muy pocos billetes en circulación. El gobierno ha intervenido de todas las maneras posibles el sistema financiero nacional: hay un severo control de cambios desde 2003 y una política de intervención de toda la actividad productiva basada en expropiaciones, fiscalizaciones y controles de precios. Además, a lo largo de los años, el gobierno central se ha dedicado a concretar operaciones financieras extrañas y arriesgadas cuyas consecuencias estallaron en octubre de 2017 bajo la forma malhadada de la hiperinflación.

 El día termina a las seis de la tarde. A esa hora las calles se vacían y quedan huérfanas de gente y de luz. Hay poco alumbrado público, pocas vallas publicitarias iluminadas, poca, muy poca, vida nocturna. Hay un silencio espeso en el aire. Todo el mundo está encerrado en su casa; duerme, cocina, cavila frente a una pantalla, rumia su tristeza y su desazón entre cuatro paredes. Mejor así que en la calle devenida en coto de gente extraña, de vagabundos semejantes a zombis, de niños olvidados y descalzos como los que ahora andan en grupo, molestándose unos a otros, gritándose o pidiendo algo de comer en las puertas de las panaderías.

 Ya no es conveniente sacar la basura antes de que pase el camión a recogerla. Sobra quien hurgue las bolsas de desperdicios en busca de alimentos y deje la acera llena de todo lo que contenían: fragmentos, pedazos, desechos que no tardan en corromperse y en convertirse en un llamado a las moscas del universo.

 En el paisaje, el hambre permanece junto al sol y las estrellas. Desgracia avasallante, desbordada, imperdonable.

 Venezuela es el país de los desmayos, de la gente huesuda que viaja apretujada en camiones de carga y no en autobuses porque no hay cómo sustituir un caucho o comprar una batería; también es un país lleno de suicidas, de personas que no pueden con el peso de la desazón y se abandonan a sí mismos en un último acto doloroso. Venezuela es un espacio extraño y afligido, enfrentado al horror que su población se otorgó a sí misma una y mil veces.

 A lo largo de estos años nada ha sido más fértil que la corrupción.

 Gobernada por el chavismo, Venezuela se transformó en un vórtice de negocios oscuros, en un botín infinito del que cientos de hienas (nacionales e internacionales) se han nutrido sin saciarse.

 La insondable oscuridad del alma. La falta de controles. La adicción que produce alimentarse de algo que parece no acabarse, de algo que aún en el hueso emana riqueza.

 Venezuela entera está llena de mostrencos edificios. El gobierno ha ejecutado un ambicioso y desordenado plan de viviendas que no sólo ha llenado el país de postales de Pyongyang, sino que ha subrayado el hecho de que a las viejas instalaciones de agua y luz no se les ha hecho el mantenimiento debido ni se les ha sustituido por otras nuevas y mejores. El resultado es que en toda Venezuela hay largos y vergonzosos apagones, y sólo circula agua corriente dos días a la semana.

 (Simular progreso. Simular eficiencia. Ésa es la divisa).

 Venezuela está llena de obras inconclusas. Quien recorra la Autopista Regional del Centro, entre Maracay y Valencia, verá kilómetros de enormes columnas que sostienen el aire o que sostienen inmensas estructuras de metal oxidado. Quien recorra la salida oriental de Caracas, notará los mismos pilares de vigoroso concreto, la misma corrosión en el metal de las formas abandonadas. Las dos ruinas precoces forman parte de un mismo proyecto ferroviario inconcluso y pospuesto, prometido decenas de veces para fechas que se olvidan. Sólo cuando se acercan unas elecciones presidenciales, se desempolvan los planos del tren, se contratan obreros y maquinaria pesada que producen el ensueño del movimiento y la inauguración de una lánguida estación de trenes que se suma a otras pocas ya existentes.

 (Simular que hay un tren. Simular que el país avanza. Simular y simular como en un enorme y prodigioso teatro).

 No sería correcto afirmar que Venezuela descubrió su vocación violenta gracias al chavismo.

 Digamos que la amabilidad del clima y la eterna sonrisa de la gente esconden una verdad que no puede ocultarse mucho tiempo: Venezuela es un país violento con un historial de sangre que se pierde en el tiempo.

 Basta ver las cifras de asesinatos y robos para darse cuenta de que más allá de la proliferación de armas ilegales, del narcotráfico y de los crímenes por venganza o por robos, hay un gusto casi morboso por tener una pistola al cinto o entre las manos. No hay nada que seduzca más a mucha (muchísima) gente en este país que atemorizar a otras personas porque se posee un arma. ¿Qué otra explicación hay para la eterna vocación militarista venezolana? ¿O para la proliferación de malandros?

 Es como si todos los complejos, todas las carencias, todos los resentimientos adquirieran la forma de un fusil o de un revólver.

 Ciertamente, cuando el chavismo llegó al poder, el problema de la delincuencia ya estaba fuera de control. Sin embargo, el gobierno central se comprometió a acabar con la pobreza y la impunidad, dos de las condiciones que estimulan el crecimiento del hampa. Pasó el tiempo y, en lugar de combatir el problema, se mostró laxo con los delincuentes y terminó fomentando la creación de grupos armados que sirvieran para acosar a los opositores o para defender al gobierno cuando la ocasión lo ameritara. En otras palabras: la delincuencia terminó siendo un arma de intimidación política.

 En general, la oposición venezolana no ha estado a la altura del desafío que para el país representa el chavismo.

 Su actuación a lo largo de estos veinte años ha sido errática, contradictoria y, en muchos casos, tibia.

 Ha sido incapaz de generar un mensaje alternativo a la retórica mesiánica propia del chavismo.

 Nunca pudo caracterizar con certeza al adversario. Sólo la consumación de la ruina le ha hecho comprender que el proyecto chavista consistía en arruinar al país para dominarlo con comodidad y perpetuarse en el poder. 

 Tal vez el miedo a la confrontación abierta o su procedencia escorada siempre hacia la izquierda le haya hecho actuar con tanta cautela y lenidad.

 Vacío. Se siente vacío. En todas partes vacío. Gente que se fue: amigos, conocidos, vecinos, compañeros, familiares. No se sabe con exactitud cuántos venezolanos se han ido. Unos dicen que tres, otros dicen que cuatro millones. Quién sabe. Lo único que queda es el vacío, el recuerdo, el hueco en el aire, la palabra lejana por Whatsapp. Los que se fueron hablan de la épica del emigrante. Los que se quedan no dicen mucho. Unos cuidan viejos propios y ajenos, otros cuidan casas y apartamentos, perros, gatos, jardines, negocios cada vez más ajustados. Nadie habla mucho de ellos. Tal vez crean que sus vidas no han cambiado, que son los mismos, que no tienen nada que contar, salvo su martirio para comprar queso o toallas sanitarias.

 Los niños con sus tapabocas que claman por la continuación de sus quimioterapias. Los hombres y mujeres flacos, doblados, secos, que gritan en plena calle por los instrumentos que les permitan continuar sus diálisis. Los viejos que reclaman el pago de sus pensiones. Las personas que piden sus antirretrovirales o los medicamentos que permiten el funcionamiento de un órgano trasplantado de otro cuerpo. Los más débiles se hacen fuertes, luchando más que por sus vidas, por sus respectivas dignidades.