jueves, abril 05, 2018

PLAN DE MEDITACIÓN

 Las discusiones de mi tiempo me producen una enorme incomodidad. Todas son tan elementales como urgentes: la destrucción de mi país, el éxodo venezolano, el feminismo radical, la erosión de las democracias... Yo quisiera hablar de otras cosas, pero, por lo visto, no se puede.


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 El gran tema venezolano es que existe la percepción de que no hay nada que hacer, que cuanto se ha intentado ha sido inútil, que ya el chabismo domina todas las instituciones que debía para perpetuarse en el poder sin mayores dificultades y por tiempo indefinido. No faltan quienes claman por repetir fórmulas ya gastadas y devenidas en chatarra, por usarlas como si fueran nuevas, como si no hubieran sido neutralizadas a través de la violencia y del fraude. 


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 ¿Qué es lo que no entiende la gente fuera de Venezuela que dice que no entiende lo que ocurre en Venezuela? 

 Cuando dicen que no entienden, ¿quieren decir que no entienden por qué la sociedad venezolana quiere salir de un gobierno que presume de darle ayuda y bienestar a los pobres? O ¿más bien preguntan que por qué nos quejamos si los propios venezolanos elegimos una y mil veces a los gobernantes que acabaron con nuestro país? 

 Cuando dicen que no entienden, deberían definir mejor qué es lo que no entienden, decirnos si de verdad quieren comprender (para no hacernos perder el tiempo), abrir sus mentes, arrellanarse en sus asientos y oír una historia de corrupción infinita e idiotez colectiva.


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 Estamos aquí, en las redes, expuestos, desnudos de mente y alma. La privacidad es, a la vez, un mito y una convención que regalamos a cambio de sentirnos acompañados, así sea a través de este raro vecindario de presencias fantasmales que nos hablan directo a la mente, como en una operación de alambicada telepatía.


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 Vuelvo a la incomodidad que me producen las discusiones de mi época. Suponíamos que había temas superados (o en pleno proceso de superación) y que podríamos abordar otros temas más complejos e interesantes mirando hacia el futuro, pero resulta que no. Estamos atascados en lo mismo de siempre, valga decir: los derechos humanos, lo público y lo privado, la identidad sexual, liberalismo Vs. autoritarismo, derecha Vs. izquierda...

 Nuestras vidas iban hacia delante y, de pronto, unos cuantos decidieron dar media vuelta y trazar rumbo hacia una versión triste y grotesca del pasado.


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 Hace unos días releí Los dominios del lobo, de Javier Marías.

 El material de esa novela es fascinante porque apela a nuestra memoria audiovisual, ésa que contiene horas de historias contadas a través de fotogramas. Tanto el material de escritura de la novela como aquello que vive dormido en nosotros, sus lectores, contiene la huella que ha dejado en nosotros un Hollywood ya remoto y en blanco y negro.