viernes, marzo 16, 2018

MÁS Y MÁS


 Voté decenas de veces durante estos años. Voté sin confiar en la imparcialidad del árbitro electoral venezolano. Tampoco me hice ilusiones ni tuve expectativas ni creí en las bondades de los candidatos a quienes les di mi voto. No participé porque fuera «un deber cívico», como reza uno de los tantos lugares comunes que salen a flote los días de las elecciones, sino porque era una manera de mantener vivo el sistema de equilibrios institucionales que, se supone, forjan la democracia.

 El chabismo aplicó sus trucos extraños en todas las elecciones. Mi idea era que todo lo que emanara del sufragio, se ganara o se perdiera, terminaba conteniendo al chabismo dentro del radio de la legalidad, hubiera o no sospechas de «magia».

 Y así fue durante años hasta que los cerebros de este experimento se dieron cuenta, en diciembre de 2015, de que su avance hacia la dominación total no sólo era lento, sino que corría el peligro de esfumarse. Con eso en mientes se aplicaron a perfeccionar su tecnología del fraude hasta que llegamos a un momento de máxima impudicia: el 30 de julio de 2017, el día de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente.

 En la madrugada del lunes siguiente se anunció sin adornos y sin mayores explicaciones un número de votos que no se compaginaba con la notable ausencia de votantes.

 Luego se celebraron otros dos comicios: el de gobernadores y el de alcaldes, en los que también hubo toda suerte de irregularidades como el cierre arbitrario e injustificado de muchos centros electorales, traslado de votantes, cambio del horario, resultados alterados a favor de los candidatos del gobierno...

 Esa enorme y desvergonzada operación no tuvo mayor resistencia. Entre los partidos políticos paralizados y las miríadas de venezolanos que decidieron irse a otros países quedamos indefensos.

 Voté mientras fue útil. Haberlo hecho me da la tranquilidad que necesito para decir que votar hoy no tiene sentido. La perversión radica en que los mandarines lograron voltear la red. Hoy, quienes quedaríamos confinados en los límites fijados por la dictadura seríamos nosotros, si votamos en estas elecciones contaminadas por todo tipo de ardides.

 El reto de la oposición venezolana consiste en inventar un mecanismo político que tenga la fuerza de una elección legítima; es decir: que represente la voluntad de la mayoría de los venezolanos.

 Como ven, el juego está trancado. Sobra la gente que cree que no hay manera de determinar la legitimidad de esa mayoría sin que un organismo minado de chabismo, como el propio Consejo Nacional Electoral, lo refrende.

 Ése es la gran trampa de la que se benefician los perpetuadores de la indecisión, los sabios que medran en medio de nuestra desgracia.

 Y los mandarines, por supuesto.

 Hasta hoy, de parte de los representantes de la oposición oficial (tanto los moderados como los radicales) no hemos oído nada interesante, ni una sola idea distinta a cuanto es normal y tradicional.

 Tal vez no lo sepan o no lo crean, pero nunca está de más repetirles (y repetirnos) que de lo mismo sólo sale lo mismo.

 Y todos sabemos lo que eso significa en nuestro caso.

 Más erosión.

 Más y más abismo.

 Más y más horror.