miércoles, marzo 07, 2018

ÉSTE ES EL FINAL

 El extraño silencio que flota en el aire es tan denso como preocupante. Deberíamos rebelarnos contra esa forma de la desesperanza, pero es difícil (muy difícil) salirnos del estado preocupado y meditabundo en que nos encontramos. Es como si nos tuvieran encerrados dentro de nosotros mismos, repasando guarismos inconcebibles o trazando planes delirantes para adquirir tales o cuales bienes perentorios o para concretar la huida, dejando todo lo valioso de este mundo: gente mayor, amigos y mascotas u objetos enormes como casas y locales que serán pasto para invasores de los reinos vegetal y animal, incluidos los humanos sinvergüenzas.

 Tengo para mí que éste es el verdadero momento de resistir, que en este instante resistimos los embates simultáneos de la basura conceptual que lanzan con persistente perversidad el madurato y el solipsismo gafo de la oposición formal representada por la Mesa de la Unidad Democrática. Pero ése soy yo, que dice que hay que resistir. A mi alrededor la gente claudica; se va; abandona; se rinde. No la culpo. La entiendo. Las cosas están muy jodidas en este infierno que no tiene pies ni cabeza y uno no es quién para decirle a otro nada de nada. Yo sólo sé que no me gusta y que detesto este silencio neutro en el aire, que es (lo digo una vez más) el momento de resistir y de unirse y de inventar acciones que emplacen a los jirones de esta sociedad siempre aletargada a moverse y, en este caso más, porque es por su propia supervivencia. 

 Mucha, muchísima, de la gente que se va no sabe que se va buscando en otro país la libertad que perdió (o contribuyó a borrar) en el suyo. Disfrazan, queriendo o sin querer, esa premisa, con discursos sobre ganar plata o sobre poder comprar alimentos y medicinas, como si eso que es tan concreto y tangible, no tuviera nada que ver con un bien tan abstracto como la libertad.

 Es cierto: en las encuestas, la gente no entiende de abstracciones como democracia y libertad; entiende de carne y antibióticos, pero a la hora de emigrar, la gente se va a donde hay todo eso y más, que es precisamente donde hay libertad. De manera que esta situación le está ofreciendo lecciones a las personas; lecciones gratuitas y dolorosas, pero lecciones serias al fin que pueden resumirse en la fórmula sencilla de que hay abundancia y trabajo donde hay libertad. Espero que las asimilen, a ver si superamos de una vez por todas y, a punta de sufrimiento, las consecuencias de todas las estupideces que muchos han cometido y apoyado en estos dieciocho (rumbo a los diecinueve) años. Sí. Leyeron bien. Otros prefieren obviar ese detalle, pero yo no. Muchos de los que hoy huyen del hambre y de la miseria y de la enfermedad, apoyaron a los creadores y azuzadores de este enorme naufragio devenido en dictadura, convirtiéndose a sí mismos en forjadores anónimos de sus propias y respectivas desgracias. Hoy se van, pero bastante que contribuyeron al hundimiento de este barco, haciéndose los sordos ante todo lo que uno les dijo y les escribió de mil maneras.

 Vuelvo al oprobioso silencio.

 Alguna vez escribí que los amigos que se fueron dejaron huecos en el aire. Hoy, que el vacío se ha apoderado de casi todo, lo que queda es el silencio, el viento que arrastra hojas, la corrosión que se aloja en todo aquello que no tiene el mantenimiento debido porque no hay quien mantenga nada o porque cuesta cifras inabarcables.

 La ruina. El reino de la ruina. La consecuencia de la idiotez ilimitada. Lo peor es que quienes se suponen llamados a proponer ideas que combatan este pobre estado de cosas andan mareando la perdiz, dedicados con ahínco a la indecisión feroz o a la decisión igual de feroz, pero por acciones inútiles contra el mal y el horror.

 Es hora de preguntarnos seriamente si este desastre que vivimos es el final de nuestro país; el destino que nos aguardaba luego de años de ignominiosa guachafita.