jueves, noviembre 30, 2017

SILOGISMOS DESORBITADOS

 En 2011 Hernán Figueroa escribió una crónica en la que hablaba de dos caballeros indios que vinieron a Venezuela a dictar un curso sobre seguridad digital en Banesco. Entre las divertidas e interesantes peripecias que contaba, Hernán refirió unas palabras que le dijo uno de los visitantes al ver a un mendigo caraqueño: «Ese señor no es pobre. En la India se dice que alguien es pobre de verdad cuando no tiene zapatos».

 Está de más decirles que en estos días vuelvo a cada rato a ese recuerdo. Basta con salir a la calle para ver gente descalza. Chacao, que es donde vivo, está minado de jóvenes que deambulan por ahí sucios, feos, con mirada y rictus de cactus, viviendo como en otra dimensión, la dimensión de los pies sucios, las manos y los gestos demasiado rápidos, la falta de amor, belleza y alimento, la dimensión hostil que devuelve a las personas a una existencia primitiva.

 Por todas partes encontramos las señales de una lógica desorbitada, las conclusiones de un silogismo hecho de premisas estrafalarias. Locura tras locura no puede resultar en nada que no sea más locura. En el país que se supone gobernado por un grupo henchido de preocupación por los pobres, abundan los olvidados de pies negros, y uno no puede menos que recordar a los indios de la crónica de Hernán Figueroa porque los pies de los jóvenes callejeros de aquí estuvieron calzados hasta hace no mucho y, supongo que si hurgáramos en sus vidas, sabríamos que, con limitaciones, también tenían el abrigo protector tanto de sus cuerpos como de esa fracción de humanidad que la rudeza callejera nubla y envilece.

 Hoy, como nunca, las calles de mi país son lugares de tránsito roto, de apuro triste y oscuro, espacios marcados por una erosión que no es sólo física, sino reflejo de una fealdad interior siempre corruptora y madre de los más grotescos planteamientos.

 El absurdo trágico se cuela por todas las rendijas de la vida. En estos días no hay servilletas en los supermercados. La duplicación semanal de los precios muele todo plan. Los carniceros mueven cuchillos en el aire; cortan carne invisible; venden pollo y chuletas. Sobran los coloquios y las conferencias en las que los economistas se hinchan de prestigio repitiendo lo que ya sabemos: que entramos en una gigantesca nube de hiperinflación. Cuando les preguntan qué debemos hacer, dibujan lemniscatas con las manos, se enredan, hablan el idioma de los laberintos, pero jamás dicen que lo único que podemos oponer al poder corrosivo que nos embarga la felicidad es el amor, el amor más puro y rotundo hacia el prójimo.

 Vivimos tiempos en los que cada individuo parece retraído sobre sí mismo, tratando de salvarse y de salvar a los pocos (muy pocos) a quienes considera «los suyos». Los demás (los pies negros, los huérfanos de amigos y familia) que se las arreglen como puedan, que inventen y medren, que soporten la lluvia de infatuaciones que cae sin tregua desde hace dieciocho largos años sobre todos nosotros. Con personas que no ven por las personas, sino por sus propios ombligos no hay nada que hacer; no hay país ni política ni proyecto que prospere.

 En el desfiladero de la pobreza, nos hemos deslizado hasta tocar cotas de las que nos habíamos alejado hace mucho tiempo y que en otras culturas se miden en pies descalzos. ¿Con qué se medirán las cotas que nos esperan, si no detenemos este viaje veloz y pertinaz a las profundidades? Nadie lo sabe, pero es fácil imaginar variantes llenas de más y más dolor, más y más locura, más y más devastación.