sábado, noviembre 25, 2017

FRAGMENTOS PERVERSOS

 ¿Nos merecemos la ultrajante situación que vivimos?

 Muchos dirán que no y tendrán razón, puesto que nunca votaron por los mandarines ni convalidaron sus truculencias bañadas en almíbar. Sin embargo, hay miríadas de venezolanos que apoyaron las acciones que enhebraron la larga lista de desgracias que padecemos en estos momentos, gente que, feliz e inconsciente, apoyó insensateces y charlatanerías innumerables y hoy, junto a sus hijos, pasa hambre y clama por medicamentos.

 También hay un sinfín de paisanos que, justificada o injustificadamente (cada quien sabe su historia), se fue sin presentar resistencia alguna a la hidra; o compatriotas leves que nunca creyeron en el peligro que se cernía sobre Venezuela y trabajaron sin cansancio para minimizar las voces de quienes advirtieron la amenaza y trataron de transmitirla con el debido apremio; o gente incapaz de adelantarse al mal, de prever lo que podía ocurrir, si no se actuaba como correspondía; o tránsfugas siempre listos a blandir la bandera que haga falta para seguir medrando sin que importen las circunstancias; o gente sin imaginación, reluctante a todo aquello que no sea concreto; o traidores (como Judas, como Petain, como Bruto) siempre agazapados detrás de aceradas promesas; u oportunistas de todas las profesiones y de todos los saberes que viven de hablar de Venezuela, convirtiendo la lástima en una industria cada vez más auspiciosa.

 Capítulos aparte merecen los pacifistas (eternos corredores de la enorme arruga), los fieles devotos del voto, los duros abstencionistas y los rebeldes enmascarados, todos incapaces de concertarse e inventar jugadas eficaces que demuestren algo más que aéreas soflamas.

 En el vórtice de esta corrosión indetenible está una multitud insaciable y adicta a las dádivas. Aparte de la manipulación de los perversos mandarines, siempre afanados en dotar de regalos a quienes siempre quieren más y más regalos, ahora tenemos ingentes grupos de buenistas dedicados a alimentar con regularidad la adicción a las dádivas de estos acentuados buscavidas, como si así, cebando vagos, mitigaran la mala conciencia que el comunismo y sus variantes les sembraron con implacable eficiencia. Se les olvida el adagio que reza «cría zombis y te sacarán los ojos».

 Vuelvo a preguntar: ¿nos merecemos la ultrajante situación que vivimos?

 Pareciera que sí.

 Venezuela, al comportarse con increíble irresponsabilidad, labró su propia destrucción.

 Ahora sólo queda llorar y sufrir.

 Llorar, sufrir, huir o tratar de enmendar los inmensos errores que han devenido en esta increíble tragedia. Sin eso, como terreno mínimo, creo que no podremos convencernos de que es posible salvarnos y mucho menos pedir ayuda con la seriedad debida.

 Comenzar a enmendar los inmensos errores significa abandonar toda levedad, toda mentira, toda autoindulgencia, toda autojustificación. Nos hemos vuelto pedazos perversos de un país roto y deshilachado al que, por decencia, debemos recuperar.


 Ésa es apenas una minúscula y dolorosa fracción de la enorme tarea que tenemos por delante. Ya veremos si decidimos asumirla o si, como tantas veces en estos últimos veinte años, le dejamos la puerta abierta a nuevas abominaciones.