sábado, junio 10, 2017

LA GRIETA

 No podemos confirmar la locura de Don Quijote. No sabemos si su conducta se debe a un trastorno mental o si se trata de un hombre que finge demencia para vivir de acuerdo a sus propias reglas. No podemos decir a ciencia cierta cuánto de loco hay en este hombre ni cuánto de asunción de una manera de vivir conforme a sus propias lecturas de las novelas de caballería, que es como decir el código de comportamiento que escogió porque era algo de lo que sabía bastante, como lo delata la parte de su biblioteca que conocemos gracias al propio libro.

 El famoso hidalgo es un hombre que incomoda a sus contemporáneos con su rareza autodiseñada, con un repertorio de formalidades ajenas al mundo. Nadie sabe cómo comportarse en su presencia. Todos lo miran con extrañeza. Unos pocos, curiosos y condescendientes, le siguen la corriente y lo tratan bien. Otros, los más, se burlan, sea de manera abierta, a puños y maltratos de toda índole, o de manera oculta, escondiendo sus burlas detrás de los más raros y alambicados escenarios en los que abundan disfraces y fingimientos de todo tipo. Ante Don Quijote todo el mundo cambia. ¿Por qué?

 En el prólogo de la edición del IV centenario de la novela más famosa de Miguel de Cervantes, Mario Vargas Llosa propone la idea de que Don Quijote no pretende actualizar en su mundo el supuesto pasado glorioso de la humanidad reflejado en las novelas de caballería, sino introducir en su entorno el imaginario que le ha proporcionado la lectura de tales libros. De manera que lo que desea Alonso Quijano es introducir la ficción en la vida, y la determinación con que lo hace es tal que todo el que se le acerca termina participando en su proyecto. Eso hacen Sancho, el cura, el barbero, el bachiller Sansón Carrasco, los duques ociosos, las dueñas de barbas postizas y todos cuantos le siguieron la corriente, se terciaron disfraces, actuaron o activaron mecanismos para divertirse a costillas suyas. En ese sentido, la novela no trata sobre la locura de un hombre ni sobre cómo el matonismo universal se cierne sobre él y sobre todos los que son como él en todo tiempo y lugar. La novela trata sobre la ficción, sobre cómo cambia nuestras existencias porque postula un orden alterno y distinto de las relaciones entre los objetos, los hechos y las personas.

 En «Magias parciales del Quijote», Jorge Luis Borges (acaso el más adelantado de los discípulos de Cervantes) medita sobre uno de los recursos que utiliza su maestro para subrayar «la ruptura» por la que se cuela la ficción en la vida de Alonso Quijano y de quienes lo circundan. Ese evento es la múltiple presencia del libro en el libro; es decir: los personajes de la novela han leído la novela y han tenido noticia sobre un escritor llamado Miguel de Cervantes. El barbero, en el capítulo VI de la primera parte, comenta la Galatea del mismo Cervantes, en el capítulo IX de la primera parte, el narrador nos cuenta que el libro que tenemos en las manos es una traducción del árabe hecha por un tal Cide Hamete Benengeli, en el capítulo III de la segunda parte el bachiller Sansón Carrasco le dice a Don Quijote que leyó el libro donde se cuentan sus aventuras; en el capítulo LXII de la segunda parte Don Quijote y Sancho visitan una imprenta donde se encuaderna un falso Quijote… Borges compara estos ejemplos de la obra que hace referencia a sí misma con Hamlet, de Shakespeare, con el Ramayana, de Valmiki, y con Las Mil y Una Noches. Su objetivo es decirnos que su maestro no fue el creador de semejante artificio y que, a pesar de no haberlo utilizado para resaltar ningún prodigio, el efecto que produce tiene implicaciones metafísicas. En otras palabras: si los personajes de la obra leen la misma obra que leemos, quiere decir que no existe una división exacta entre ficción y realidad, que los personajes son tan reales como nosotros o que nosotros somos tan ficticios como ellos. Ambos, al menos en hipotética y divertida teoría, compartimos el espacio en algún recodo de alguna realidad. Tales observaciones remarcan los términos de uno de esos juegos borgianos en los que lo literario se desborda y se transforma, gracias a la propia literatura, en un cuestionamiento ontológico. En el caso de Cervantes, lo que apunta Borges inquieta porque sabemos que la eferencia del Quijote no se limita a lo literario. Cuando Borges explica el efecto que produce el que en una obra se hable de sí misma, propone ejemplos de la literatura fantástica de los que su lectura afilada extrae una solución metafísica y también fantástica, que es como decir literaria, imaginada y diseñada para ser transmitida a través de los canales de la literatura. En el caso del Quijote, no hay tales búsquedas de lo fantástico ni de lo metafísico. Como sabemos, se trata de una novela realista en la que, si acaso, hay parodias de prodigios, simulaciones cómicas y burlescas de lo sobrenatural.

 La cota de ambigüedad que contiene la prosa de Cervantes a lo largo del libro no nace de lo fantástico ni se desborda hacia la metafísica; se expande, a través del humor y de la más amarga ironía, hacia fuera del libro. La grieta que Alonso Quijano abrió en su realidad, cuando decidió vivir de acuerdo a lo que había leído en sus novelas queridas, se ensancha con los años porque, al igual que les ocurre a quienes se topan con él en el libro, todo el que se encuentra con la prosa de Cervantes en el Quijote (y en casi toda su obra) no sabe a ciencia cierta qué hacer: si llorar o reír, si tomarse en serio lo que le dicen o relajarse, si leer al pie de la letra o buscar entre líneas. La ambigüedad cervantina abruma tanto por su ferocidad como por su discreción; no se nota y, sin embargo, está ahí, atacando a los idiotas y vivianes que pueblan el mundo en todo tiempo y lugar, como ocurrió en la celebración del aniversario 400 de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra en el Congreso de los Diputados, el 23 de abril de 2016. Ahí, en pleno hemiciclo, Josep María Pou leyó con voz de azúcar el capítulo XLII de la segunda parte. ¿Sabrían sus señorías españolas que los consejos para el buen gobierno que leyó el actor en el foro más importante del reino se los adjudicó Cervantes a un hombre al que no sabemos si estaba loco o cuerdo? ¿No hay algo extraño y fascinante en que los diputados de un país escuchen extasiados las recomendaciones de alguien que si no parece perdido de mientes al menos luce como un tenue agitador? Debajo de la música meliflua y de la voz convenientemente dulcificada del actor retumba una carcajada que recorre y recorrerá los siglos.

 La cualidad eferente del Quijote no proviene de ningún mecanismo literario macerado a lo largo de distintas tradiciones literarias; proviene de la complejidad de su protagonista, quien inventa un personaje para sí mismo, abandona la plácida cárcel hogareña y se transforma en una entidad parecida a un espejo en el que todos nos reflejamos desnudos. Ante Don Quijote, tanto fuera como dentro del libro, en el pasado y en el presente, se refleja y se reflejará el mismo tipo de gente que convertía la vida de Alonso Quijano en un inmenso fastidio: malevos, truhanes, maltratadores, abusadores, pelmazos con poder, ignorantes encumbrados, sembradores de cizaña, apaciguadores del fuego interior, mentecatos, burócratas, envidiosos, nobles idiotas… Y también la gente seria, los creadores, los amables, los raros que andan silvestres por el mundo buscando tan sólo con quién conversar.