lunes, junio 19, 2017

EL SUEÑO BRUTO

 ¿Qué tiene por alma aquél que lleva consigo una bomba y se vuela a sí mismo en un aeropuerto o en una sala de conciertos? ¿Qué pensamientos pasan por su mente? ¿Qué clase de horrores vio o vivió para hacerse daño a sí mismo y hacérselo a tanta gente? ¿Cómo se combate esa enfermedad? ¿Cómo se le dice: «Ven, hermano. Intégrate a esto que es mejor y más humano que aquello en lo que crees»? ¿En verdad, dónde está eso que es mejor?

 Si ponemos el problema fuera de la luz socio-religiosa, que es el enfoque tradicional de estos asuntos, lo que queda es discutir sobre teología, porque lo que está detrás de cada ataque yihadista es la versión de Dios que tiene un grupo fanatizado hasta los huesos. Veamos: el Dios de los grupos terroristas actuales es el Dios iracundo y vengador que se cierne sobre los que ellos creen los injustos de la tierra; es decir: sobre los que tienen otros dioses, otras versiones de Dios o no creen en ningún dios.
  
 ¿Qué se le opone al Dios iracundo de las escrituras sagradas? ¿Cómo combatimos a quienes se consideran los instrumentos de un Dios implacable? ¿Qué se les ofrece? ¿Qué se les dice?

 Tal vez la ira divina de la que estos terroristas suicidas son los brazos materiales sea una respuesta a las políticas que otras sociedades han propiciado en los países donde cunden estos fanáticos. Quizás la irracionalidad de su proyecto tenga su excusa o su explicación en el comodín teológico de un Dios furioso.

 Sea como sea, debemos preguntarnos por qué tanta gente se mata matando y por qué a tanta gente le importa un bledo matar.  

 ¿Qué tiene por alma aquél que lleva consigo una bomba y la deja en uno de los baños para damas de un centro comercial? ¿No se supone que las conversaciones de paz entre el gobierno y las fuerzas irregulares desembocaron en un documento que fue celebrado con fuegos de artificio y hasta premiado con el Nóbel? ¿El tratado trae consigo una cláusula en la que se les permite a los irregulares poner una bomba por aquí y otra por allá de vez en cuando? Paz era paz, ¿no? Claro, a lo mejor quien puso esa bomba no pertenecía al grupo que firmó el tratado de paz, sino otro, porque para cometer actos terroristas, por lo visto, sobran grupos y sobra gente dispuesta a matar gente.

 En este caso, el motivo de la bomba no lleva la máscara de Dios. Hasta el momento no se ha dicho por qué la instalaron y la hicieron estallar, pero suponemos que dirán que fue para reivindicar al pueblo, para avisarle a la sociedad que las fuerzas X están preparadas para entrar en acción y desestabilizar el orden corrupto y blablablá, blá y blá. Quienes ponen bombas, siempre lo hacen invocando algo a lo que consideran superior: Dios, el pueblo, la lucha anticorrupción... Nadie les dice que no hay nada superior a la vida.

 ¿Qué tiene por alma el funcionario que dispara bombas lacrimógenas a la cara o al pecho de la gente en medio de una manifestación, a la cabeza de un perro durante un allanamiento, a las personas que se encuentran dentro de un espacio cerrado? ¿Qué defienden esos agentes del terror? ¿Qué justifica el que maten y ahoguen a quienes, se supone, deberían defender?  

 No hay respuestas.

 Lo único que podemos hacer, por el momento, es mantener la hostilidad contra los cultores de la muerte; condenar sus acciones, decirles con hechos y con palabras, una y mil veces, que el reino bruto (la utopía con armas y permiso ilimitado para matar) con que sueñan, no nos interesa.