jueves, marzo 09, 2017

ESCENAS AZULES

1.

Siempre que hablamos de música, terminamos desafiándonos a nosotros mismos.

 La música es un lenguaje que no se habla con palabras.

 Cuando hablamos con palabras sobre la música, hablamos sobre un lenguaje con otro lenguaje que no le corresponde.

 Deberíamos hablar de la música con música, pero eso sólo lo hacen (acaso sin darse cuenta del milagro) los músicos.

 He ahí el desafío: utilizar la sintaxis con la que contamos ristras de anécdotas más o menos silvestres para hablar de una masa intangible que tiene su propia sintaxis y que ocupa todo el espacio con su presencia.


2.

 La tradición popular española (agua diversa y vigorosa) arrastra consigo los símbolos, los motivos, los temas y las imágenes que han alimentado el arte español de todos los tiempos. A veces los artistas abrevan de sus aguas anónimas y producen obras cuya cercanía formal con las creaciones populares originales las torna continuación estilizada y homenaje, modelo que se carga de un extraño prestigio cuando se le usa para la exaltación política y social, o como abono para la farándula eterna. También hay artistas que se dedican a procesar las formas populares, a cribarlas hasta devolverlas al mundo depuradas, transformadas, cargadas de una nueva belleza pura y abstracta.


3.   

 Enrique Granados, el protagonista de nuestra reunión, pertenece a la Generación del 98. Cuando lean el ensayo de Jaime Bello León comprenderán por qué la Generación del 98 se llamó así.

 No tengo el tiempo ni el aire que quisiera para hablarles de un tema tan vasto y apasionante. Sólo les diré que a los miembros de ese grupo de intelectuales y escritores les interesó definir qué significaba ser español a comienzos del siglo XX. Sus representantes más destacados viajaron por toda España, investigaron, recopilaron datos, recogieron testimonios, estudiaron las manifestaciones populares, reconstruyeron la posible evolución de los idiomas y dialectos de las distintas regiones; estudiaron la relación entre la adustez de ciertos paisajes y la severidad del estilo español, miraron el pasado literario, se dejaron influir por otras literaturas, por otras ideas filosóficas, políticas y artísticas; se abrieron al mundo, aunque paradójicamente su objetivo no siempre declarado fue reafirmar lo hispánico perdurable, lo indeleble a pesar de las muchas guerras que enmarcaron sus vidas.

 Entre la obra de Granados y los representantes más destacados de la Generación del 98 (Menéndez Pidal, Unamuno, Azorín, los hermanos Machado, Valle Inclán, Albéniz, Baroja…) hay un bosque de conexiones invisibles pero forjadoras de una visión integradora del mundo.

 Cuando Granados buscó inspiración en Goya, hizo lo mismo que Valle Inclán: se concentró en el trabajo de uno de los grandes intérpretes del imaginario español de todos los tiempos. Cuando Granados escribió las Escenas románticas, hizo lo mismo que Baroja o Unamuno: diseñó un cuerpo de meditaciones que registraban un viaje interior, un necesario forcejeo con la propia conciencia para examinar su relación con el lenguaje, con el oficio, con las creencias, con el entorno.

 Podríamos pasar horas estableciendo estas relaciones, armando este rompecabezas amable, pero debemos continuar.


4.

 La música tiene una relación única con el tiempo.

 Cuando oímos música, nos enfrentamos a un continuo que llena el tiempo y el espacio, un continuo hecho de momentos tan fugaces como la propia vida.

 Sabemos que estamos ante una música seria cuando cada momento del continuo busca y construye el instante que le sigue.

 La música vale la pena cuando está hecha de momentos densos, de tramas sonoras que nos estimulan y nos preparan para una revelación que se nos presenta en el siguiente instante musical.

 El tiempo que se mide en años o en segundos ya no importa. Importa el presente que carga consigo aquello que clama porque nos abandonemos a la abstracción absoluta, disfrutemos la experiencia y seamos capaces de contársela a nuestros semejantes.

  
5.

 El objeto que hoy nos convoca cumple a cabalidad las dos posibilidades de las que hablamos hace unos siglos minúsculos: en un mismo artefacto se reúnen la grabación de un pianista enorme interpretando una pieza del repertorio de un gran compositor (es decir: un músico habla de música con música) y el comentario afilado de un auditor atento que comparte con nosotros sus impresiones y experiencias.


6.

 El tiempo sin música es sólo tiempo fugaz.

 Enrique Granados murió en 1916, a los 49 años, en medio del hundimiento del barco en el que viajaba.

 La música, con su desbordado presente, nos salva de las palabras y de la memoria.

 El pianista y compositor venezolano Carlos Duarte falleció en 2003, a los 46 años. Un infarto (que es un naufragio en el pecho) detuvo su carrera luminosa.

 La música no es un lenguaje universal como reza uno de los tantos lugares comunes que nos rodean; es vibración feroz en el aire presente.


 Poseído por la música, el tiempo es reversible como lo ejemplifica este encuentro en el que evocamos a dos grandes artistas.