viernes, noviembre 11, 2016

OBJETO INVISIBLE

 De las febriles invenciones humanas acaso la más compleja sea el tiempo.

 Hombres dados a la transformación de palos y piedras en objetos útiles crearon un extraño artificio inmaterial que tiene atributos metafísicos.

 La observación de los ciclos de la tierra y del cielo que se produjo a lo largo de innumerables generaciones derivó en un conjunto de disciplinas que afinó el establecimiento de las relaciones entre todos los fenómenos que rodean y moldean nuestras vidas.

 La invención del tiempo quizás sea una consecuencia inesperada de ese largo proceso de observación y creación de relaciones. Tal vez alguno de nuestros mayores se percató de que en la comparación de dos fenómenos surgía una variable intangible cuya presencia permitía comprender mejor el mundo, si se le tomaba en cuenta con rigor.

 El tiempo fue un descubrimiento a la vez que un invento; fue una presencia difusa que surgió al relacionar un evento con otro (¿cuántas veces salió el sol desde que nació el hijo de mi vecino? ¿Cuántas lunas hemos visto desde que no cae agua del cielo?) y se convirtió en un invento en el que confluyen las matemáticas, la cosmología y la poesía. 

 El tiempo no es ni está ni tiene forma. Hablamos de lo que creemos que es, utilizando imágenes que dependen de nuestra propia experiencia, más que de nuestro talento con las palabras. Tal vez porque un día descubrimos que moriremos, comenzamos a dibujar el tiempo como una línea recta, como si la vida no estuviera llena de imprevistos y sorpresas que nos hacen concebir nuestro tiempo como una corriente sinuosa e implacable que nunca se devuelve.  

 El tiempo es un objeto evanescente del que se habla con imágenes: un río que nos arrastra y un puñado de arena que se agota, son las más habituales. La imagen más inquietante es aquélla que sugiere que viajamos en el tiempo; es decir: aquélla que tácitamente declara que las torrenciales generaciones humanas descubrieron y codificaron un objeto inmaterial, se encerraron en él y se desplazan hacia un adelante en el que se encuentra la inexorable disolución. Esa imagen llega a un punto de delirio tal que nos definimos como criaturas temporales, como relojes de carbono.

 El desplazamiento de las imágenes con las que tratamos de explicar el tiempo mudaron la poesía en metafísica. La razón es que detrás de todo pensamiento sobre la más extraña de las invenciones humanas se encuentra la inquietud que nos produce la certeza de que todo el universo está hecho de materia perecedera y que lo mejor que puede hacer un alma sensible es cultivar la costumbre de comparar aquello que se erosiona más rápido con aquello que se erosiona más lento.

 Si todo es mudable, ¿por qué sentimos que una parte de nosotros permanece intacta, mientras cruzamos el tiempo? ¿Es ficticia esa intuición o es una de las tantas sensaciones que trae consigo nuestro propio desgaste? Quizás debamos aceptar que las presencias o sensaciones inenarrables que trae consigo nuestra conciencia del tiempo no están fuera de nosotros. No hay presencias que no seamos nosotros mismos, que medimos una parte de lo que somos según las vueltas que le da el planeta donde vivimos a una estrella brillante y calurosa.

 Cruzar el tiempo no es otra cosa que estar vivos. Nuestro recorrido es breve, si lo comparamos con el de un astro celeste, y la rapidez de nuestra erosión física es más ostensible que los cambios que se producen en nuestra conciencia. Por eso nos parece que una parte de nosotros permanece intacta a pesar de la corriente que nos arrastra hacia la noche.

 Suponemos que nuestra conciencia permanece más o menos intacta y, en cierta forma, inmune al programa de la erosión. Sentimos (o creemos sentir) que fuimos los mismos que somos y seremos, que nuestra identidad se encuentra en un recodo fuera del tiempo, protegida, refractaria al rumor del óxido. Ese lugar inconcebible, pero amueblado de nubes, tiene nombres asaz grandilocuentes que han sido acaparados por teólogos de diferentes barbas. En ese rincón al que, con ingenuidad, consideramos inexpugnable, guardamos nuestro recóndito y verdadero ser.

 Lo que somos lo limita el tiempo, aunque no queramos aceptarlo, aunque nos empeñemos en ocupar el mínimo espacio interior al que concebimos como réplica (o reflejo) del que creemos que ocupa la entidad que, según las teologías, proyectó el universo.

 Desentrañar el funcionamiento del objeto inmaterial que nos arrastra y que se convirtió en una convención ya no tiene sentido. Quizás lo tenga cultivar la extrañeza, la imaginación, la memoria, la fe, el talento verbal que comporta todo intento de definirlo, mientras el viaje continúa.