jueves, julio 21, 2016

APUNTES SOBRE EL BUENISMO

 El buenismo se basa en la creencia (no sé si cristiana o new age) de que si soy bueno, todo es bueno y el futuro será mejor.

 En todas partes unos señores insatisfechos se dedican al narcotráfico, al terrorismo, a la delincuencia común y matan gente, mientras nosotros disertamos sobre lo bueno que es ser bueno, y evadimos discutir con seriedad, a cielo despejado, qué hacer con ese malevaje universal que aterra al mundo.

 En mi país se cree que si seguimos el camino de la mesura y «no caemos en provocaciones», habrá elecciones y desplazaremos al gobierno «pacífica, democrática y constitucionalmente». Pasan los años y seguimos viendo degradación y más degradación a nuestro alrededor porque el gobierno sigue ahí, terco, violento e inútil como siempre.

 Un loco atropella a ochentitantas personas con un camión, otro demente hiere a cinco personas con un hacha en un tren, unos depravados se vuelan a sí mismos en un aeropuerto o dejan un carro bomba frente a una heladería, un orate mata a cincuenta o sesenta personas dentro de una discoteca... ¿Y de qué habla la multitud? De Pokemón Go, de que en Barcelona hay una playa para perros, de que Melania plagió a Michelle, de que cinco o seis idiotas se bajaron de un avión porque la tripulación estaba constituida sólo por mujeres.

 La multitud también saca a relucir los discursos de la corrección. «No somos como ellos». «Hay que promover el diálogo». «No caigamos en su juego». «La historia está de nuestro lado».

 ¿Cómo se combate esa actitud que disfraza de bonhomía las flaccideces del alma?

 ¿Cómo se combate el uso del discurso sobre la bondad y el bien para no abordar lo grave y lo urgente?

 ¿Cómo se le dice al prójimo que no hable del bien para ocultar que no tiene ganas de resolver los graves problemas que hay que resolver?

 ¿Cómo se convence a los buenistas de que lo único que logran con sus diatribas medianas es la parálisis general?

 Los discursos bondadosos transforman nuestras vidas en una interminable postergación. Renunciamos a enfrentar situaciones cuya solución no es limpia ni bella ni fotogénica ni bondadosa. Renunciamos porque creemos que lo malo se disuelve en el aire o que se resuelve solo. Nos decimos a nosotros mismos que hicimos bien en no pensar ni opinar ni actuar sobre eso que es feo y terrible, que son mejores (más sanas, más seguras, más cómodas), la inacción, las banalidades que distraen o los actos simbólicos que nos hacen creer que hacemos lo correcto.

 De la constante procrastinación sólo los malevos y los pandoros se benefician. Unos porque no encuentran resistencia que detenga sus fechorías. Otros porque viven de predicar el bien, de normalizar lo anormal, de analizar el análisis, de redundar en lo redundante.

 Toda persona debería saber que hay momentos en la historia en que la humanidad se reta a sí misma. Por lo general las dudas que semejantes desafíos plantean, se reducen a una misma fórmula: ¿cuán civilizados podemos ser ante el horror? ¿Cuánto de civilización podemos conservar cuando las circunstancias amenazan nuestra propia supervivencia?

 Sepan que ese dilema es falso, que sobrevivir es parte del proyecto de la civilización, que hacer lo que esté a nuestro alcance para hundir los planes de quienes intentan borrarnos, no es falta de humanidad ni salvajismo; es un deber, el verdadero deber de quienes quieren vivir en paz.
Walter Castillo; Esq. Pelota; Av. Urdaneta; Caracas, 9 de junio de 2016