jueves, marzo 03, 2016

EL ÁRBOL DEL MIEDO

 Hacia el final de Dos años, ocho meses, y veintiocho noches, de Salman Rushdie, el narrador dice que se puede controlar a los seres humanos por posesión, encantamiento, soborno, miedo y fe. Todo eso lo sabemos. Lo hemos vivido, tal cual, durante años, y no han sido yinnis los que se han dedicado al tal control, sino auténticos tiranos remotos apoyados por baladrones nacionales y hornadas de otarios hambrientos de cualquier cosa que brille.  

 Ahora nos encontramos en una etapa extraña. Cuatro de los cinco métodos de control de que habla la novela dejaron de funcionar en mi país, sea por la despedida del hombre recuerdo, por la perversa tozudez de sus sucesores o porque se acabó el fuego pecuniario que encendía la fragua de las ilusiones. El único método de control que sigue funcionando es el miedo, una entidad que las circunstancias independizaron de sus inoculadores y ahora todos —incluidos ellos mismos— lo sentimos donde estemos.

 (El miedo es un árbol seco que crece y se retuerce dentro de cada persona).

 Los tontos les tenemos pavor a la ruina, a los asesinos, al hambre, a las convulsiones colectivas que nos impiden vivir con decencia elemental. En cambio, los primarios inoculadores temen situaciones menos evanescentes; temen, por ejemplo, que los anulen, que los persigan, que los expolien, que los encierren, que se los coman…

 Un dolor lento y milenario se ha apoderado de las esquinas junto con una incertidumbre cada vez más hinchada. En el aire flota la impresión de que no gobiernan humanos, de que es una inescrutable forma de oscuridad la que domina todos los resquicios e impide que llamemos las cosas por sus nombres inveterados, so pena de soportar alguna forma de anulación. El miedo llama al miedo. No son los lobos; son los aullidos de brazos largos que abren la noche y siembran las pesadillas que vivimos en días inagotables. ¿Cómo soportamos tanta maleza? ¿Cómo llamamos vida a esta deriva negra que anuncia algo parecido a una guerra?

 Nadie habla del peso del miedo. Lo llevamos por dentro (sus ramas nos rasgan) y nos hacemos los estoicos. Jugamos a la normalidad. Creemos que nos vemos dignos disimulando lo pequeños que nos sentimos y lo indefensos que estamos. Tratamos de sonreír, pero no logramos que la risa disuelva aquello que tanto nos asusta. Cuando posan frente a un espejo, los mandarines tratan de verse valientes, pero no lo logran. La traca de absurdos que dejan a su paso es tan densa que se extravían en ella. Algo parecido ocurre con los severos que leen los fueros y se ilusionan e ilusionan a los demás con soluciones asépticas en las que no existe espacio para la desdicha.

 Debemos aceptar que no hay cura para el horror, salvo enfrentarlo. Pero eso, se sabe, alimenta nuestra filosa angustia porque las consecuencias son impredecibles, sobre todo si se actúa a la ligera, sin estudiar ni acordar con nadie ni pedir ayuda ni convencer a quienes no están convencidos.

 El miedo destruye los puentes entre las personas. Quizás, antes de acometer el destino esforzado que nos espera, debamos comenzar a restaurarlos, a ver si, por lo menos, dejamos de sentirnos tan solos en este valle umbroso.