sábado, febrero 06, 2016

TIEMPO, ESPACIO Y ESCRITURA

Máquina Célibe; La Floresta, Caracas; 4 de febrero de 2016
La literatura condensa tiempo y espacio. Las palabras funcionan simultáneamente en ambos: en el tiempo y en el espacio de la página; en el espacio donde pronunciamos las palabras o en el plano donde las escribimos; en varios tiempos o en distintos niveles del mismo tiempo: en el tiempo real de la lectura; en el tiempo de la página; en el tiempo propio de lo que se escribe; es decir: en el tiempo al que se refieren los hechos que se cuentan o en el lapso que dura el desarrollo de un fenómeno.

 Los libros son máquinas múltiples: espejos y relojes a la vez; espejos que reflejan el universo; cronómetros variados de una maquinaria capaz de sembrar bombas semióticas en nuestras mientes o de hacernos viajar por pasados, presentes y posibles futuros, o por tiempos imaginarios.

 La relación de las palabras con el tiempo define la naturaleza de lo que escribimos; por ejemplo: si las palabras se refieren a hechos reales, hay una relación directa de las palabras con las fechas, las horas, los meses... Si las palabras se refieren a hechos ficticios, las historias suceden en los tiempos diseñados para cada ficción. La exactitud de una historia depende de la precisión con que se cuentan los hechos, esto es con la precisión que se hace encajar todos los hechos en una línea temporal determinada, creando así coherencia y verosimilitud.

 Las palabras, el tiempo y el espacio siempre se relacionan (¿cómo condensas o expandes el tiempo real en el tiempo de la escritura? ¿Cómo cuentas un año de historia o dos o sesenta en diez páginas o en tres mil caracteres o en trescientas páginas?). Las palabras hacen que nuestras percepciones del tiempo y del espacio se contraigan o se expandan, dependiendo de la capacidad de las propias palabras de comprimir o extender sus propios significados. 

 La relación de las palabras con el tiempo también define el género literario que cultivamos. El realismo de cierta literatura y del periodismo podría verse como una reproducción más o menos detallada de la vida en un lugar y una época reales. Por su parte, la poesía funciona fuera del tiempo cronológico o, al menos, en una esfera temporal alterna; vale decir: la de las emociones o la de las propias palabras en relación con ellas mismas y el ritmo que producen, o con el fogonazo que encienden cuando están juntas.

 Los comediantes manejan el concepto del timing. Cada chiste debe contener un remate, una torción del sentido que llama a la risa. Cada remate debe estar distribuido en el tiempo y debe ser desarrollado en el momento preciso; de lo contrario, el chiste no funciona. A lo largo de una rutina de comedia hay muchos remates, unos más intensos que otros, pero todos están colocados en el momento y en el lugar exacto.

 Las palabras también funcionan en el espacio. En el plano de la página, de la pantalla o del muro, crean la ilusión de un viaje a través de una mancha de signos que representan mundos. Las palabras acostadas forman líneas y oraciones, párrafos que pueden ocuparnos y transformarnos, darnos aliento, hacernos vivir situaciones que no sabemos que existen ni cómo se llaman. Las palabras intervienen el espacio cuando las pronunciamos, cuando leemos en voz alta o cuando formamos con ellas una corriente que llena el vacío y se apodera de él. Las palabras reverberan abrazadas a las voces que les dan vida, acometen a las personas, se expanden en el espacio invisible de la mente que imagina, que sabe, que recuerda. Cuando ocupan el espacio tridimensional (organizadas, libres de su natural tendencia a la futilidad y al ruido), las palabras tienen reverso, se abren como flores sonoras cuyo eco mella los límites del espacio.

 Las palabras intervienen en la inmediatez de la vida a través del sonido. La voz esparce las palabras; es fenómeno efímero que transporta estructuras sintácticas que, a su vez, contienen nuestro pensamiento. Quien habla, introduce ideas en el espacio tridimensional, pensamiento capaz de modificar vidas. Por eso las diferencias entre el charlatán y el orador honorable son tan importantes.

 El torrente de voces atraviesa el espacio; dependiendo de las formas que asuma, de los medios que amplifiquen su poder, puede extenderse a los rincones más recónditos e incluso trascender su propio tiempo. Pero vivimos en un mundo en que las voces de políticos y mercaderes entran con mayor facilidad en el espacio público que las de los poetas. Y así le va a la humanidad.

 La masa de voces agrupadas en un coro hace que la materia sonora alcance un estado capaz de horadar la oscuridad. Los muros de templos y teatros cargan consigo las huellas imperceptibles de lo sagrado, de lo que está más allá del espacio y del tiempo.