miércoles, febrero 24, 2016

CONTRA LAS APLANADORAS MORALES

 El mundo es un enjambre de altivos ignorantes para quienes no está bien utilizar categorías morales al analizar los hechos porque no son objetivas, porque les suenan a mundo antiguo y superado, a maniqueísmo, a simplificación incapaz de retratar la complejidad de la vida.

 Quizás esas apreciaciones sean respetables en contextos más ordenados que el de este presente venezolano tan obtuso. En sociedades más abiertas, por ejemplo, quizás sea pertinente renegar de la división entre bien y mal porque la vida transcurre en las infinitas gradaciones entre uno y otro, pero aquí, en esta nada con buen clima, en este matadero constante, no hay esfumado posible. Un narcotraficante es un narcotraficante sin importar cuántas canchas construya ni cuántas ministras ni cuántas vedetes lo visiten. Un secuestrador es un secuestrador no importa si guarda su chapa de policía en la gaveta de su mesa de noche y la foto de sus hijos en su cartera. Sujeto que roba, viola, maltrata y mata es malo sin ambages; no sirven para nombrarlo sino sustantivos que derivan del mal. ¿Y cómo nos caracterizamos las víctimas de tales perversos? ¿Somos iguales, aunque no hundamos ni despachemos a nadie? Ya saben la respuesta. Así que la denostada división entre «ellos y nosotros» tiene sentido. No nos parecemos. Nos separan abismos puntuales hechos de las decisiones que tomamos cada día.

 Ah, pero entre los seres humanos han esparcido virus que atacan y adocenan nuestras conciencias para enseñarles a quedar bien con todo el mundo. Y es así como importa más lo políticamente correcto que lo correcto a secas. No incordiar es la regla. Sé tú mismo. Piensa lo que quieras, pero no fastidies. Únete a la aplanadora conceptual donde malevos y decentes son lo mismo porque todos tienen los mismos derechos ante la ley. «Pero ¿cuál ley, señor juez, si este cafre se metió en mi casa, me amenazó con un revólver y ahora usted quiere que yo acepte que es igual a mí, que no amenazo a nadie ni tengo revólver?». Es ahí donde entra la baba prudente a tejer su red interminable de palabras cuyo único fin es hacerte creer que estás loco.

 (Una vez un gobernante venezolano, hoy ahogado en el recuerdo, habló en el ágora y dijo que estaba bien que quien tuviese hambre, robara).

 Esa medianía es el telón de tinieblas que protege las más variadas estructuras malevas. De modo que los sabios promotores de tales ideas trabajan —sabiéndolo o no— para las fuerzas corruptoras, aplastándolo todo, acabando con la legitimidad que tiene el cotejo entre los hechos y la formación ética de cada persona. Su propósito es imponer una moral a la que presentan como «mejor» y más «evolucionada», para convertirla en la de los destinados a gobernar. Esa moral se basa en que todos somos luces y sombras a la vez y todos somos responsables y culpables de todo y todos debemos aceptar a todos, aunque algunos cometan desmanes cuyas consecuencias pagamos todos.

 Pues no. Hay buenos y malos. Hay gente que trabaja para mantener y organizar la vida y hay sujetos que se levantan cada día para disolverla.

 Ninguna aplanadora quiere nada distinto a su propio beneficio. Por eso rebelarse contra ellas, con todas nuestras fuerzas, es un deber de cuyo cumplimiento depende nuestra propia supervivencia.