viernes, diciembre 04, 2015

UN MUNDO INDIRECTO

 En estos días he estado tratando de fijar la fecha en que la gente dejó de entender los asuntos artísticos. Pienso que alargándola un poco, esa fecha es 1960. Desde ahí corren dos fenómenos paralelos: 1) el arte dejó de producir experiencias directas; es decir: obras para el deleite sensorial y 2) no todo el mundo tiene herramientas para lidiar con el rodeo que plantea el arte contemporáneo. Ese rodeo consiste en que la obra te plantea un reto que resuelves con una mezcla de conocimiento e imaginación, y luego, si resuelves el reto, alcanzas el deleite que ya no es solo sensorial, sino sensorial e intelectual.

 Esa conjunción siempre ha estado presente en el arte, pero quién sabe por qué meandros de la comodidad humana se ha perdido en el desván del olvido. Quien ve el David de Miguel Ángel puede «ver más» si conoce la historia bíblica. Conste que esa escultura plantea algo interesante para cualquier hijo de vecino que la vea. Por ejemplo: si el David es de ese tamaño, ¿qué dimensiones tendría un Goliat hecho por Miguel Ángel? En este caso, lo intelectual, entendido como una mezcla entre imaginación, conocimientos y creatividad, complementa nuestra admiración por lo sensorial; es decir por el extraordinario tratamiento del mármol representando la figura humana que estimula nuestros sentidos de la visión y del tacto, y nuestra percepción de un objeto extraordinario en relación con el espacio que ocupa.

 Lo sensorial en el arte plantea la inmediatez en la recepción. Es fácil creer que no hace falta saber nada de nada para sentirse abrumado por la belleza de un Rubens o aterrado por un Goya o erotizado por un Egon Schiele. En cambio, para «entender» una obra de Alighiero Boetti, hay que esforzarse, y no todo el mundo está dispuesto a hacer ese esfuerzo. Esa exigencia le plantea a mucha gente la nostalgia por un arte que cree directo, por una experiencia artística inmediata, que no amerita esfuerzos ni operaciones mentales de ninguna especie.

 1960 es, más o menos, el final de las artes directas. A partir de esa fecha, todo arte directo es viejo y todo arte mental es sospechoso.


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 El arte actual incluye sus propios comentarios. La obras incluyen sus propias explicaciones; su propio diálogo. Hay una enorme conversación alrededor de las obras; una plática muda que surca el tiempo y el espacio. Dependiendo de la calidad de las palabras, ese rumor puede ser tan o más sugestivo, tan o más interesante, tan o más enriquecedor que los propios objetos artísticos.



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 Hace rato leí una entrevista a Lee Konitz. Me impresiona ver cómo un artista de 88 años que ha visto y revisto la música moverse a través de los años, no se tome demasiado en serio los conceptos de la música (o del arte) actual. Conste que «lo que se hace ahora» no se limita a Lady Gaga ni a Miley Cyrus ni a Daft Punk. Esos ya son viejos. Todo lo mainstream es viejo. Por eso mismo es mainstream. Lo nuevo tiene un componente de experimento o de cosa rara que nadie, ni siquiera los maestros tipo Konitz, se toma en serio. A Lee Konitz lo vi en NY hace seis años. Me impresionó que estuviera tan cerca del free jazz sin habérselo propuesto ni querer llegar a esa solución. Simplemente haber tocado y tocado su saxofón a lo largo de los años lo ha hecho arribar a ese sonido tan particular que tiene. La incomprensión y la indiferencia hacia lo que se hace en el presente me llaman mucho la atención.


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 En el aire hay una rara nostalgia por un tiempo en que los medios para producir objetos artísticos eran limitados. Esa limitación sacralizaba todo cuanto se relacionase con la producción de obras de arte: los materiales, las técnicas, los propios artistas... Hay un público que denuesta de todo aquello que exceda esos límites, que se indigna si se le habla de la posibilidad de crear obras con otros y diversos medios distintos a los sagrados y tradicionales.


 ¿Qué se les dice a los creyentes de esa extraña y concreta fe? Que el arte no está en los materiales ni en las formas, que los materiales y las formas son medios para expresar el río oscuro que nos recorre.

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  En Instagram todo el mundo es artista conceptual y no lo sabe (o no lo asume). Todo el mundo toma fotos y las acompaña con pequeños mensajes escritos.

 Lo que me interesa de ese descubrimiento es el peso que tiene la voluntad de ser artista, cosa que hoy en día parece ser la única diferencia entre ser artista o no.

 La plataforma ofrece las herramientas para que cada quien intervenga y exponga sus fotografías, lo que hace que podamos expresarnos con nuestras imágenes sin tener que detenernos demasiado en consideraciones formales. A partir de este punto el tema da un giro: si no quieres decir nada o no tienes nada que decir, se notará. Si quieres decir algo con la imagen así sea de un gato, se notará también. Tener cosas propias que decir (y decirlas) es el meollo de todo.

 Esa es la gran contradicción de todo este mundo de redes en el que los individuos que pueden expresar su entera individualidad, terminan hablando de lo mismo: de las hermanas Kardashian, de Donald Trump, del iphone 8 u 11, o de cualquier otra trivialidad que alborote los ánimos y los haga sentir como parte de una comunidad global.


 Creo que hay que reivindicar la individualidad, la soledad y la autonomía.