lunes, noviembre 02, 2015

LA NECESARIA DIGNIDAD DE LA RECEPCIÓN

 Desde hace tiempo creo que el grueso del público no es digno de disfrutar de ciertas obras. Lo demuestra una actitud que rebaja la valía de las cosas y las transforma en abono para chistes o en materia dispuesta para la indiferencia, esa temible forma de olvido anterior al recuerdo. A veces el proceso abrasivo se produce por simple ojeriza o por la ingenuidad inútil que hace el mal queriendo hacer el bien, o por la audacia que acoraza los gestos de los ignorantes, como cuando un periodista inmune a la pena o al pudor le pregunta lo mismo a cada uno de sus entrevistados sin ver quién es ni qué ha hecho ni mucho menos haber estudiado la obra por la que se produce la entrevista.

 La dignidad en la recepción de las obras es un tema sobre el que nunca se discute porque se le considera producto de un diálogo entre el espectador y las obras. Sin embargo, la responsabilidad a la hora de construir las condiciones para que esa conversación privada y silenciosa se produzca, no recae solo en el público, que debe prepararse para recibir y procesar todo tipo de información; recae también en los medios dedicados a la difusión de productos culturales, medios que deberían tratar con el mayor respeto, la mayor generosidad y el máximo conocimiento, aquello que intentan presentar a sus audiencias.

 No es posible que nos encontremos con tanta aplanadora, con tanta repetición de lugares comunes, con tanto extracto de Wikipedia, con tanta cordialidad que sirve de burladero para no tener que decir nada interesante sobre ninguna obra.

 Vivimos en una época de lectores que no leen con ojos propios y entusiasmados o que leen entusiasmados más por las conexiones sociales que genera la lectura de determinado material que por convicción propia. Lo mismo sucede en museos y galerías: se mira de reojo, y de pasada, el trabajo de los artistas mientras se saluda a la gente y se toman fotos con las obras de fondo. Sí, siempre ha sido así. No hay nada nuevo en el retrato de esta situación, pero cabe preguntarse cuál es el espacio para pensar sobre nuestra cercanía con las obras. ¿Dónde y ante quiénes hacemos públicas nuestras meditaciones sobre ellas, si es que las tenemos y deseamos cotejarlas?

 Con las obras musicales el juego de las distracciones es más punzante. Vayan a un concierto y vean cuántas personas se desviven por tomar videos desde sus teléfonos celulares. Observen cómo el centro de esa experiencia no tiene nada que ver con la propia música o tiene que ver, pero por caminos tortuosos y plenos de anécdotas, como si la música importara menos que contar a amigos y conocidos que se asistió a la presentación de tal o cual artista de fama mundial. Algo semejante ocurre con la gente que usa la música como máquina del tiempo, como pretexto para rememorar su propio pasado, tornándola en la banda sonora de la memoria personal, como si no pudiera ser eso y más que eso a la vez. Lo que une ambos ejemplos es que la experiencia musical entendida por su valoración del instante presente (cargado de datos a descifrar y relacionar), queda relegada, como queda relegado todo aquello que necesita de nuestra atención para existir.

 Ser dignos de recibir información significa estar preparados para que lo que recibimos, prospere y se ramifique en, y desde, cada uno de nosotros, pero si nuestra mayor preocupación consiste en ser figurantes en el gran desfile de la vanidad universal, esperemos sin demasiada sorpresa a que alguna forma inextricable de la barbarie irrumpa en nuestras vidas y las altere a voluntad. 

 No se trata de merecer; se trata de mantener fértil, para las ideas, para el conocimiento, para la belleza, el barro que irremediablemente somos.