domingo, noviembre 08, 2015

INÉDITA GRAVEDAD

 De todas las crisis que hemos visto a lo largo de estos años, la que hoy padece la universidad pública venezolana es quizás la más grave. Se trata de una crisis política y laboral al mismo tiempo. Laboral porque nadie aporta el dinero que necesita la institución para funcionar. Política porque los mandarines tratan de aprovechar el entuerto para acabar con la autonomía de las universidades y transformarlas en espacios para controlar (más) a la sociedad.

 Las distintas facultades reciben asignaciones no solo exiguas, sino desactualizadas con respecto a los abisales marcadores económicos que asuelan al país, lo que redunda en sueldos vergonzosos para los profesores y para los distintos trabajadores, en minúsculas dotaciones para la investigación, la actualización, la producción y divulgación de conocimiento; es decir: para todo aquello que caracteriza a cualquier universidad. El resultado de esa agonía es el convencimiento casi unánime de la comunidad universitaria de que en semejantes condiciones no puede haber clases, y, hasta la fecha, no las hay.

 Una diferencia entre esta convulsión y otras que también han sido nefarias, es que el Ministerio del Odio no cuenta con el dinero necesario para hacer lo que le gustaría; no tiene fuelle para cerrar las universidades venezolanas autónomas y convertirlas en satélites ideológicos; tampoco tiene fuerza para salvar su cara roturada en piedra negociando con el personal universitario y otorgarle una fracción de lo que pide. De manera que al Ministerio del Odio solo le queda el lado feo de esta historia: enviar legiones de malevos embozados a las universidades a que destrocen e intimiden, a ver si algunos de sus contrincantes flaquean y se rinden.

 Otro detalle notable con respecto a zozobras anteriores es la ausencia de estudiantes en la ecuación. No podía ser de otro modo, si el año pasado terminaron denostados hasta el cansancio por sus verdugos y abandonados por políticos y eternos pedidores de sosiego (por cierto: el sosiego del que se contentaron en 2014 trajo el insondable desastre de 2015).

 Este nuevo afán universitario representa un desafío sin precedentes para la sufrida y siempre irresponsable sociedad venezolana. Mientras los profesores no dan clases porque de verdad los salarios son de una desfachatez increíble, los mandarines evalúan cómo transmutar el ausentismo magisterial en algo semejante a la huelga que les permitió apoderarse de la industria petrolera. La operación actual no se perfila tan fácil. Las arcas no contienen las riquezas de 2002, lo que puede hacernos pensar que si no hay mayores cambios, la universidad pública está condenada a desvanecerse sin que nadie haga algo.

 Maleza y animales salvajes depredándose unos a otros aparecen en el futuro de varios de nuestros campus universitarios.

 Eso o algunas postales de Pyongyang.