martes, agosto 11, 2015

HÍBRIDO CÓSMICO

 Los sueños están hechos de la materia más leve y a la vez menos dúctil del universo: imágenes puras, de soporte infradelgado, movedizo, efímero, hermano del olvido. Lo más que podemos hacer con los sueños es tratar de recuperarlos a través de las palabras, sea imitando la sinuosa sintaxis de alguno que hayamos tenido o el modo caprichoso en que se relacionan los objetos que aparecen en ellos. No se puede hacer más, salvo respetar su insólita compañía y disfrutar (o padecer) aquello que muestran.

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 Leer supone un abandono voluntario de nosotros mismos. La lectura nos ayuda a sustituir nuestra voz interior por una voz artificial diseñada por otra persona. Durante el rato que dura la lectura, le damos el control de una parte nuestra a otro a cambio de que nos enseñe mundos.

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 Leí La caza del Octubre Rojo, de Tom Clancy. Tardé un mes, más o menos. La disfruté mucho. No solo es una novela de espionaje ambientada hacia el final de la Guerra Fría, sino un extraordinario relato marinero lleno de toda clase de naves dispuestas a enfrentarse.

 El libro está escrito en un estilo que se solaza en el detalle minúsculo de todo cuanto trata: de los pormenores de las tuberías que entran y salen de los reactores nucleares, de los delicados vericuetos de la política internacional, de lo densa que es la vida de quienes tienen la responsabilidad de defender un país, de las órdenes que cruzan las extensas cadenas de mandos de dos sistemas con dos estilos y dos burocracias distintas… Eso hace que las historias individuales queden cubiertas por una gran red de acciones ejecutadas por auténticas masas de personajes a bordo de barcos y aviones o en pulcros trajes, detrás de infinitos escritorios. Solo las historias de unos pocos personajes salen a la luz: las de Jack Ryan, las de Skip Tyler, las de Bart Mancuso, las del sonarista Jones y, por supuesto, las que forman el nudo principal de la novela, las del capitán Marko Ramius.

 Existe una película homónima (¿quién no lo sabe?), pero es el producto de una criba desmedida del libro. Véanla si quieren; es entretenida. Sepan, eso sí, que no tendrán noticia de lo que es un Crazy Ivan ni verán el hundimiento del Politovskyi. Tampoco sabrán por qué el Octubre Rojo se llama como se llama ni por qué su capitán desea entregarlo al enemigo. Verán escenas de espectacularidad estándar, pero no percibirán el peso de los dieciocho días que dura la persecución de un submarino en el océano Atlántico.

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 Leer supone una ocupación voluntaria de nosotros mismos. Hay una landa sin nombre entre el ruido exterior y el silencio de nuestra bóveda craneana que se llena de palabras en el acto de la lectura. El vacío se ilumina; deja de ser vacío.

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 Somos lo que leemos. Las palabras, las líneas, los párrafos, los signos de puntuación (incluyendo el elegante hueco de las sangrías) se vuelven partes nuestras, inseparables de nuestro propio ser.

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 La lectura es un acto gratificante, una ampliación de la vida.

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 Volví a Pedro Páramo, al calor ruinoso de Comala, a los fantasmas que hablan para distraerse de la muerte, como si sus vidas tristes en aquel pueblo perdido entre las montañas no hubieran sido fantasmagóricas también. Ahí, en medio de tanta penuria propiciada por un varón arbitrario para quien la ley tenía asiento en su voluntad y en sus arcas, vi las piedras cariadas, las mujeres de barro, los jinetes entrando y saliendo de la Media Luna. Vi a Pedro Páramo custodiando el lecho de Susana San Juan, mientras ella, perdida en su histeria de sueños húmedos, le prodigaba con su indiferencia el único daño posible, la única venganza que podía infligírsele al malquistado mandamás, un dolor increíble que alimentaba su maldad.

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 Pasa el tiempo y los recuerdos de nuestras vidas se funden con los recuerdos de nuestras lecturas. La memoria apenas distingue entre lo vivido y lo leído. Acaso la lectura sea una forma alterna de vida.

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 Nadie recuerda una historia completa; si acaso la generalidad de un argumento, la existencia de un personaje o de una escena (el tiempo hace que todo adquiera la forma de una línea). De los libros no nos quedan los detalles ni la sabiduría ni las certezas; nos queda la movediza (pero deliciosa) sensación de saber qué podríamos conseguir en ellos, con qué preguntas podemos volver a sus páginas y, por supuesto, a quiénes podemos encontrar entre sus párrafos y que podríamos visitar cualquiera día de estos.

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 Se lee muchas veces = se vive muchas veces.

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 Leí El pozo, de Juan Carlos Onetti. No sé cuántas veces a lo largo de mi vida me ha ocurrido lo que ocurre en ese libro. Vas exultante. Quieres compartir tu alegría por una historia y lo que encuentras es un par de ojos de pescado que te reclaman por no aportar nada útil.

 Con los años aprendes a administrar (y hasta a esconder) el entusiasmo que las lecturas producen. Esconderse en sí mismo y guardar la belleza para mejores ocasiones, son maneras de protegerse de la niebla de los demás.