lunes, julio 06, 2015

EN MEMORIA DE BILLIE HOLIDAY

I
 Billie Holiday es un prodigio. Digo «es» y no «fue» porque las grabaciones congelan retazos del presente para que otros los disfruten en el futuro. Cuando colocamos uno de sus discos, lo que fue, vuelve a ser. Así que hoy, a cien años de su nacimiento, podemos preguntarnos lo mismo que se deben haber preguntado unos cuantos auditores a lo largo de las décadas: ¿dónde reside el arte de esta mujer? En su aguda voz cascada de nicotina. ¿Dónde más? No sé. Por eso pregunto. Yo creo que el arte no está en la voz ni en las manos ni en las piernas ni en el corazón oscuro. La verdad es que creo que está en la persona completa, en eso que la hace única y que no se ve jamás, pero que se manifiesta, como un milagro genuino, en aquello que hace el artista con todo su cuerpo. Tal vez por eso, porque no se sabe dónde radica el arte, las biografías de los artistas repitan costumbrismos truculentos y los transformen en mitologías que, bien vistas, nada tienen que ver con el arte. Cuando no se sabe qué decir de la obra de un artista, se usa el eterno barniz; es decir: se recurre a los tópicos y si estos lucen marcados por la desgracia, mejor para la audiencia siempre ávida de discordias.


II
 Billie Holiday grabó su primer tema en 1933, junto al cuarteto de Benny Goodman.  Se llamó «Your mother’s son in law». En 1935 presentó «What a little moonlight can do», junto a Goodman, Teddy Wilson, Roy Eldridge, John Kirby, John Trueheart y Cozy Cole. Ese mismo año trabajó por primera vez con Duke Ellington en la grabación de la banda sonora de la película Symphony in black, y comenzó a cantar junto a quien sería uno de sus grandes socios musicales: Lester Young.


III
  «Jazz» es una palabra imprecisa que tiene poco más de cien años aplicándose a un conjunto de lenguajes musicales que se mezclan con otros lenguajes musicales. Esa fusión, que se sigue dando a lo largo de los años, sin importar las fronteras, es la médula de este género. A pesar de lo que digan los fundamentalistas que abundan en todas las disciplinas, el jazz no le pertenece a una sola raza ni a una sola nacionalidad. Su narrativa tampoco se limita a las circunstancias de su gestación entre botellas y matones (como si fuera la única música que nació en los inframundos de la noche), en una época de ominosa discriminación racial.


IV
 En 1936 grabó junto a la orquesta de Bunny Berigan «Billie’s blues»; cantó en las agrupaciones de Jimmie Lunceford y Fletcher Henderson, y presentó No regrets. Ese disco es importante porque contiene versiones de «I can’t get you anything, but love», «Summertime» y «They can’t take that away from me»; es decir: tres standards o piezas insignias del repertorio jazzístico universal.

 Nota: «¿Qué sentido tienen hoy en día los standards?» es una de las grandes preguntas que debe hacerse todo aquel que disfrute de esta música. Para un mundo repleto de grabaciones en las que los repertorios jazzísticos clásicos han sido tocados y retocados de todas las formas posibles, no parece muy sensato volver a interpretar lo mismo, y más si hablamos de un arte en el que la improvisación tiene un peso tan importante. Creo en la legitimidad del goce estético que busca quien acude una y otra vez a un mismo repertorio, pero no hay que abusar. Lo nuevo también merece atención y puede producir deleite.


V
 Cada quien es libre de hacer con la música lo que le plazca. Unos bailan, otros tararean, cantan, silban... Hay una corriente muy extendida que ve en el jazz una música para reprimir el silencio. Así como sobran los elevadores en los que suenan rumiadas (y más que rumiadas) versiones de los Beatles, abundan los restaurantes en los que se usa el jazz con fines digestivos. Sépanlo: Billie Holiday no funciona en ese nivel de levedad. Hay en sus canciones un desgarramiento constante, una melancolía densa que dificulta el abandono a los placeres. Su arte es frugal, desnudo, estoico, libre de exuberancias a la vez que vigoroso y capaz de reclamar toda nuestra atención. Quien pone un disco de Billie Holiday para relajarse, no sabe lo que hace. Pronto, muy pronto, esa voz harapienta lo arrastrará con su aparente dulzura y le mostrará el milagro de la transmutación de los óxidos de la vida en belleza radical.

 Sí. El gran arte transforma las emociones en obras que sirven como espejos a los hombres de todas las épocas.


VI
 En 1937, Billie cantó junto a la banda de Count Basie y al conjunto de Artie Shaw; produjo «Easy living», «Me, myself and I» y «Pennies from heaven»; trabajó en el Cafe Society, de Nueva York, cantó junto a Benny Goodman y Teddy Wilson. En 1939 grabó su primer gran éxito: «Strange fruit». En 1940, colaboró con Benny Carter y trabajó en varios clubes. En 1941 salieron al mercado «Lover man», «God bless the child» y «Gloomy sunday», tema prohibido en las emisoras de radio de aquellos años porque, según las autoridades, la canción era tan triste que invitaba al suicidio.

 ¿Por qué la música tiene que ser alegre? ¿Por qué todo tiene que ser radiante y llamar al optimismo? ¿No hay en el mundo una dictadura de lo bonito? ¿No es el arte el lugar para preguntarse por aquello que nos inquieta y nos agobia?


VII
 Billie Holiday nació en 1915; igual que Edith Piaf.

 Podríamos negarnos, pero si hiciéramos el ejercicio de enumerar las calamidades que ambas padecieron, notaremos que, a pesar de la distancia pertinaz, sus vidas tuvieron tantas similitudes que podríamos concebir el destino como una combinatoria de acontecimientos limitados que, cada tanto, se repite, y que la curiosidad de la repetición es poco menos que una maravilla asaz atinada en tanto las dos cantantes convirtieron en (rara) belleza sus respectivos infortunios.

 También podemos afirmar con simpleza que ambas artistas pertenecen a un mundo hostil ahíto de vicios, infectado de proxenetas, mercaderes de narcóticos y armas, cultores de la pobreza y gestores de odios. En un tiempo asolado por tantos males, sus vidas remarcadas por la fama (a veces grata) no fueron las únicas en soportar penas. La época estuvo llena de historias de mujeres y hombres oprimidos, irrespetados hasta lo indecible por sus credos, por sus razas, por sus diferencias con respecto al mundo. Billie Holiday y Edith Piaf la pasaron tan mal como tanta gente, en especial, como tantas mujeres en aquel mundo que hoy nos parece vanamente lejano.

 Richard Galliano y Wynton Marsalis notaron las similitudes de las dos cantantes y grabaron un disco en 2008 con temas de cada una. Es un homenaje que seguramente refleja la hondura emocional de ambas y nos permite recordarlas así, en conjunto.


VIII
 «…Billie me pareció una persona muy dulce, muy bella y creativa. Tenía una boca peculiarmente sensual y siempre llevaba una gardenia blanca en el pelo. Yo diría que no era solo bella, sino sexy. Pero estaba enferma a causa de la cantidad de drogas, situación que yo comprendía porque estaba enfermo como ella. Sin embargo, era una mujer cálida, a quien a pesar de todo, daba gusto tener al lado. Años después, cuando su estado se agravó, yo solía visitarla en su casa de Long Island y hacer cuanto podía por ella. Llevaba conmigo a mi hijo Gregory, a quien Billie quería mucho y nos sentábamos a charlar durante horas, bebiendo ginebra tras ginebra…».

Miles Davis y Quincy Troupe: Miles, La autobiografía; Pp. 202-203.


IX
 Billie pasó dos años sumida en las tinieblas.

 En 1944 volvió a los escenarios junto a los más grandes de entonces: Art Tatum, Coleman Hawkins, Oscar Petitford. (El jazz está lleno de nombres que también son el jazz). En 1945 trabajó junto a Louis Armstrong en la banda sonora de New Orleans y participó en el Jazz at the Philharmonic (de donde salieron grabaciones que se presentaron años después). Toda esa época de trabajo intenso y productivo duró hasta 1947, cuando pasó una temporada en el Federal Woman’s Reformatory de Anderson, West Virginia. Al salir, en 1948, cantó en el Carnegie Hall y en el Mansfield Theater (de ahí también salieron grabaciones que se mostrarían tiempo después). En 1949 viajó a California y se dedicó a trabajar junto a Red Norvo, y Eddie Condon.


X
 Las artes no funcionan solas; es decir: la música, por ejemplo, no suena aislada de la pintura o del teatro o de la vestimenta que consume la gente en una época determinada. Por lo general, esas relaciones permanecen ocultas y solo se hacen evidentes cuando han pasado los años. Así, la obra de Billie Holiday se puede relacionar sin mayores problemas con la de Jacob Lawrence, el artista que nació en Nueva Jersey, en 1917, y cuyas pinturas representan la riqueza y la diversidad de la cultura afroamericana. El detalle que une ambas obras y que puede pasar inadvertido frente a los ojos que se dejan distraer por el costumbrismo, es el nivel de síntesis que se produce tanto en las pinturas de Lawrence como en las canciones de Billie Holiday. Mientras Lawrence usaba colores planos y formas estilizadas, Billie alteraba las armonías y simplificaba las melodías (en realidad, las adaptaba a las precarias posibilidades naturales de su voz). Mientras Lawrence producía cuadros estridentes que tendían a la abstracción, Billie sustituía todo lo que eliminaba de las canciones, con una efusión de plasma emocional concentrado en la voz ronca y aguda. Expresionismo negro capaz de esparcirse a través del tiempo y del espacio.


XI
 En 1950, Billie Holiday trabajó durante unos meses junto al Sexteto de Count Basie; cantó, grabó, rodó, vivió. Durante ese año se lanzaron al mercado tres recopilaciones de sus grabaciones en discos de diez pulgadas: Billie Holiday sings, Billie Holiday Vols. 1 y 2.

 En 1951 grabó «I’m a fool to want you», un tema de Frank Sinatra, Jack Wolf y Joel Herron, que se convirtió en un clásico de la música popular. Ese mismo año coincidió con el cuarteto de Stan Getz en el Storyville Club de Boston. Tocaron juntos durante varios meses, hasta que los excesos pasaron su factura y la gran Billie tuvo que pasar dos temporadas en el Belmont Sanitarium. Al salir, en 1952, trató de tomarse las cosas con calma. Lo más importante que hizo fue firmar un contrato con Norman Granz.

 En 1953 grabó un especial de televisión que se llamó The Comeback Story, programa que difundió la imagen corroída de Billie Holiday que todavía hoy puebla la memoria colectiva. Los medios de comunicación tejen reputaciones inamovibles.

 También salió al mercado An evening with Billie Holiday.


XII
 La vida sentimental de Billie Holiday está llena de personajes que parecen extraídos de las novelas de Walter Mosley… «In absence of light darkness prevails».


XIII
 1954 fue un año importante. Billie salió de los Estados Unidos, cantó en Suecia, Noruega, Dinamarca, Alemania, Suiza, Bélgica, Holanda, Francia e Inglaterra; actuó en el primer Festival de Jazz de Newport; apareció en el programa de televisión The Sound of Jazz y se dedicó a trabajar con la orquesta de Count Basie.

 En ese mismo año se editaron en formato long play varias recopilaciones de su trabajo, entre las que destacan las que se titulan Billie Holiday, Lady Day y Billie Holiday and Teddy Wilson Orchestras.


XIV
 Todas las actividades generan su propia mitología, sus hechos memorables, sus héroes extraordinarios, sus vestiglos feroces, sus ritos y sus lugares de peregrinación. El jazz no se sustrae a esa regla; es una actividad hecha de nombres, de acontecimientos más o menos felices, de prodigios que exceden al ya de por sí milagro que es la mera música. En esa mitología que solemos limitar a las hazañas de sus protagonistas, pesan mucho los atributos de los héroes; en el caso de los músicos, pesan sus símbolos que son, a la vez, sus instrumentos. Un piano, con sus teclas como dientes, condensa tanta historia como un contrabajo (ese instrumento mueble) o como un saxofón (furia de lata o lámpara que emana aire cavernario). Esa evocación brillosa de los objetos con que se hace jazz podría extenderse a lo largo de párrafos vueltos horas. Tendríamos ante nuestros ojos el museo de reliquias que complementa la extensa nómina y el inagotable catálogo de obras.


XV
 1955 y 1956 fueron años difíciles. Billie Holiday se quitó de encima al monstruo que la habitaba; abandonó el hábito funesto.

 Ese mismo año salió al mercado Lady sings the blues, un disco que lleva el mismo título de su autobiografía, publicada en 1957.

También presentó Body and Soul, Songs for distingué lovers y Ella Fitzgerald and Billie Holiday at Newport.

 Trabajó en California junto a Ben Webster, Barney Kessel y Red Mitchell; cuando regresó a Nueva York, comenzó a trabajar junto a Mal Waldron.


XVI
 En la mitología del jazz, el lugar donde ocurre la música tiene la reputación brillante de los santuarios. En la memoria del público, abundan nombres de locales, de estudios, de salas de conciertos, direcciones, fotografías, memorias de presentaciones no vividas o vividas a través de esa forma entre imaginaria y real que son los documentos audiovisuales. Entre todos esos espacios, ninguno enciende tanto nuestro deseo de participar en el mito, de vernos y sentirnos en el lugar donde ha ocurrido y ocurre todo, como ese local oscuro y cavernario que es el club de jazz.

 En el presente los locales dedicados al jazz son un remedo nostálgico de los que fueron. Siguen siendo apretados y pequeños, dispuestos en sótanos oscuros y decorados con fotografías y carteles que rememoran otros tiempos menos asépticos en los que la gente fumaba y conversaba y bebía mientras los músicos estaban ahí, en el escenario, produciendo bellezas que traspasaban la densidad atmosférica y las paredes; maravillas que se encumbraban sobre las miserias de aquellas noches preñadas de traficantes y mafiosos, de maltratadores profesionales que, como el resto de los mortales, acudía a los sitios de diversión a ver espectáculos, a besar a alguien, a sentirse inmortales durante unas pocas horas.

 Como sitios de peregrinación, los clubes de jazz mantienen su fatigada vigencia. Sin embargo, como lugares que condensan el espíritu de las derivaciones jazzísticas más recientes, mantienen una deuda difícil de saldar. Cada música tiene su imaginería, su anecdotario, su lugar. El jazz más reciente carece de una mitología propia. Sus cultores no la han forjado y no parecen interesados en hacerlo. Quizás el pasado les sea suficiente o, al contrario, a muchos de ellos los caminos de la música los estén llevando hacia otros universos ajenos, lejanos a ese al que, por comodidad, seguimos llamando jazz.

 ¿Cómo deberían ser los lugares de esas músicas? ¿El bar brumoso y subterráneo es su equivalente arquitectónico o ya es hora de imaginar otros espacios, otros lugares donde congregarnos a oír y a pensar sobre eso que oímos?


XVII
 En 1958, Billie participó en el Festival de Monterey. A pesar de que apareció en otros escenarios, distanció sus presentaciones porque su salud comenzó a deteriorarse con rapidez. De ese año son Lady in Satin, Lover man y The blues are brewin’, entre otros discos.


XVIII
 Es fácil perderse en la discografía de Billie Holiday. Hay centenares de temas grabados en discos de diez pulgadas, decenas de recopilaciones en formatos de larga duración, álbumes con temas originales… El examen de su obra completa te sitúa frente a las huellas de alguien que no hizo otra cosa que trabajar (en este caso, cantar) a lo largo de su vida.

 La vida como trabajo enhebrado en un hilo oxidado de voz…


XIX
 De cómo en la más honda oscuridad también puede surgir belleza, una belleza extraña, densa, dulce, abrumadora, como de fantasma, que, además sirve de correlato musical a la ciudad desdichada y vertical que se escondía (y se esconde) detrás de los muros erigidos en honor al optimismo humano.

 El esqueleto de la voz arañaba el concreto, roía los vapores, se hacía uno con la noche.  


XX
 En 1959 volvió a presentarse en el club Storyville de Boston, junto a Mal Waldron, Champ Jones y Roy Haynes. En mayo de ese año cantó ante el público por última vez (fue en el Phoenix Theater y no en un club de jazz porque la ley antinarcóticos de Nueva York se lo impedía). Pocas semanas después, Billie se sintió tan mal que terminó recluida en un hospital. Como el destino embiste y arropa por distintos flancos, un fiscal y un oficial de policía se presentaron en el hospital para entregarle a Billie Holiday una orden de arresto por tenencia de drogas.

 El 17 de julio de ese año, entre el escándalo y la tristeza, a los cuarenta y cuatro años, falleció una de las más grandes cantantes de las que en el mundo han sido y serán.




Bibliografía

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Blackburn, Julia: Con Billie Holiday. Una biografía coral; Global Rhytm Press; Barcelona; 2007, 416 Pp.


Carles, Philippe, Clergeat André y Comolli, Jean-Louis: Diccionario del jazz; Anaya & Mario Muchnik; Madrid; 1995, 1359 Pp.


Jones, Leroi (Amiri Baraka): Blues people, Música negra en la América blanca; Nortesur; Barcelona; 2011, 256 Pp.


Oliver, Paul, Harrison, Max y Bolcom, William: Gospel, blues y jazz; Muchnik Editores; Barcelona; 1994, 307 Pp.


Pacanins, Federico: Jazzofilia; Alter Libris Ediciones; Caracas; 2003, 312 Pp.



Troupe, Quincy: Miles, la autobiografía; Ediciones B; Barcelona; 1995, 607 Pp.