martes, junio 23, 2015

LA CONJURA PERPETUA

Fox Mulder siempre tuvo razón

 «Tlön, Uqbar, Orbis tertius» trata sobre una silenciosa conspiración acometida por una cofradía de especialistas en diversas disciplinas. Su plan extendido a lo largo de varios siglos consistió en escribir una réplica de la Enciclopedia Británica dedicada a reseñar la vida, la geografía, la historia, las ciencias, la filosofía, la lingüística y las artes de Tlön, un planeta creado por ellos mismos. La idea era publicar la enciclopedia, dejar tomos en determinadas bibliotecas y hacer que incautos y anónimos bibliófilos terminaran preguntándose por el origen de semejante libro. En su plan no cabía el escándalo. Su objetivo era sembrar un tenue caos bibliográfico, introducir una mínima anomalía en el universo sin esperar las consecuencias, lo que convierte a esta logia de sabios secretos en un sindicato de exquisitos humoristas. El gesto de crear lo inútil adquiere un carácter subversivo cuando se le coloca de manera subrepticia al lado de lo útil. La posibilidad de sembrar la confusión, de subvertir el orden dado, adquiere las dimensiones de un hecho estético cuando el gesto absurdo es de una magnitud tan sutil que puede confundirse con la normalidad. De manera que a lo creado le resulta fácil desplegarse y desatar todo el poder sugestivo del que sea capaz.

 ¿Qué mueve a determinados creadores a diseñar obras así: la inconformidad, el hastío, la sensación de que se le puede añadir algo al mundo que acelere el advenimiento de una era mejor o solo se trata del placer que produce el corrosivo cuestionamiento de lo que ya existe? En el cuento solo el financista del sindicato expone de manera críptica y altisonante el objetivo que, al menos desde su punto de vista, tiene la vasta empresa: «...demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir un mundo...».

 Jorge Luis Borges podría compartir con los cofrades secretos de su cuento el discreto espíritu avieso que mueve sus actos. La forma de «Tlön, Uqbar, Orbis tertius» es muestra de ello. Que casi toda la historia se base en el comentario acucioso de una fracción de un libro imaginario es algo que abruma a los lectores acostumbrados a que un cuento debe cumplir tales o cuales requisitos o usar tales o cuales recursos acreditados por una preceptiva siempre autoritaria y tradicional; no se les pasa por el seso que tienen entre manos un relato que fuerza los límites de géneros literarios como el cuento y el ensayo, de subgéneros como la literatura fantástica y la ciencia-ficción, de actitudes comunicativas como narrar y comentar, de estados de la conciencia como la ficción y la propia realidad. No se dan cuenta de que el objeto literario que llevan consigo está diseñado de tal manera que sus formas son tan permeables y tan sujetas a ser intervenidas como aquello de lo que tratan sus páginas.

 La parte más inquietante del relato comienza cuando suponemos acabada la obra de los cofrades enigmáticos y, sin embargo, en distintos lugares aparecen extraños artefactos de los que solo tiene noticia el narrador que ha intuido y descubierto la muda conjura. ¿Quién dejó en la biblioteca de Memphis un tomo de la segunda enciclopedia de Tlön? ¿Quién introdujo en el mundo la brújula con anotaciones en uno de los alfabetos tlonianos? ¿Cómo llegó a manos del joven escandaloso de la posada rural el cono de inédita aleación? ¿Cómo se multiplicaron y diseminaron los objetos de ese planeta enteramente inventado por un grupo de sabios? ¿Cómo se filtró Tlön en la realidad hasta el punto de modificar sus usos, ciencias, idiomas y costumbres, y cambiarlos por los del planeta ficticio? ¿Organizó la umbría logia semejante invasión o fue un proceso que adquirió algún tipo de autonomía? El narrador no da detalles, pero sugiere que las multitudes se entregan con facilidad a cuanto les sugiera un orden o una simetría. De manera que no tiene nada de extraño que todo lo que proviniera de la enciclopedia se saliera de su ámbito libresco y tomara poco a poco la realidad.

 El cuento trata de cómo se expande el pensamiento; de cómo las modas y las creencias permean con lenta insistencia aquello que se supone inalterable y lo horadan hasta desintegrarlo y volverlo irreconocible. Así funcionan las ideas que cambian el mundo; así, sin que nadie se dé cuenta y, casi siempre, sin que nadie controle la totalidad del proceso, trasponen el perímetro de lo teórico y se vuelven concretas; así transcurren nuestras vidas; así transcurren las ocurrencias de unos cuantos en el tiempo. Es curioso comprender que vivimos en un mundo cuyo núcleo alguna vez estuvo en las mentes de unos cuantos, y eso mismo lo pudo afirmar cada generación del pasado, lo puede afirmar cada generación viva y podrá afirmarlo cada generación futura.


 «Tlön, Uqbar, Orbis tertius» es una cima de la literatura universal que nos hace saber que, en este mismo instante, alguien (embozado y erudito) diseña nuestro porvenir. Tal vez nosotros mismos, sin saberlo, trabajemos a sus órdenes y estemos creando un insondable mañana.