domingo, junio 14, 2015

BAJO EL CIELO SECO

 Leo La caza del octubre rojo, de Tom Clancy. Quiero compararlo con «Gente en conserva», de Chuck Pahlaniuk, y, por supuesto, con 20000 Leguas de viaje submarino. Las comparaciones producen hallazgos que iluminan y renuevan cada una de las obras relacionadas, y a nosotros, por supuesto. Lo difícil no es comunicar los descubrimientos; es mostrar la legitimidad del tipo de imaginación que se pone en práctica cuando se llevan a cabo semejantes ejercicios y el placer que ellos le deparan a quien se atreve a realizarlos.

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 Cuando comiencen a quejarse del desastre económico venezolano, recuerden que, el año pasado, muchos de ustedes clamaron por un tipo de paz que terminó siendo exigua y fraudulenta.  

 En otras palabras, paz mediocre = horror disfrazado.

 Se acercan otros tiempos de humo y ruido. Si vuelven a pedir paz, asegúrense de que esta vez no sea un remedo ni un infeliz chantaje que mantenga vigente este oprobioso hundimiento en que vivimos.

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  Hace tres días falleció Ornette Coleman. Todavía, a estas alturas, hay gente que «no entiende» o, peor, que «no soporta» su disco, de 1961, Free Jazz, ni buena parte de su obra.

 Puedo comprender que algo no le guste a todo el mundo. También que haya quien afirme que para oír músicas improvisadas y free jazz, debe encontrarse en un mood particular. Lo que no comprendo es que se tengan por novelerías propias de mentes dadas al fraude y no como piezas que forman parte de una música que tiene más de un siglo de historia.

 En teoría, el público tolera mejor los lenguajes visuales abstractos que los lenguajes musicales abstractos. Aquí debo hacer dos precisiones: 1) Subrayo «tolera mejor», lo cual no quiere decir que los acepten ni que les gusten. Todavía hay muchas personas alrededor del mundo que no se han enterado de que el Cuadrado negro sobre negro, de Malevich, o las obras de Duchamp, ya tienen un siglo entre nosotros. Tampoco se han enterado de que Albers, Mondrian, Rothko y Pollock son clásicos del siglo XX. 2) Toda la música es abstracta. Sin embargo, para entendernos mientras dure este soliloquio, asumamos que lo abstracto en la música viene dado por un cuestionamiento a la melodía. Eso fue lo que hizo Ornette Coleman: «volvió abstracto» el jazz, acabó con la sujeción a la melodía y a las tramas armónicas que se suscitan a partir de la exposición de un tema; acentuó la improvisación por encima del arreglo; redefinió la importancia del ritmo, disolvió el swing, reordenó las estructuras… Es decir: amplió el concepto mismo de la música.

 Nadie abre tantos caminos sin ser un gigante y, aun así, hay quien se atreve a mirarlo con desdén.

 La música y todas las artes evolucionan, se mueven, cambian, como cada uno de nosotros. Veamos si somos capaces de mutar con ellas o si nos convertimos en torpes muñecos de barro y paja.

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 La erosión del paisaje exterior anula nuestros muros emocionales. Por eso nos hemos transformado en criaturas anaerobias dadas al llanto. Solo ahora nos damos cuenta de que todo (incluyendo las palabras, los objetos, las instituciones, los cuerpos) sucumbe al poder corruptor del ácido semántico.

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 Esta semana se discutió con vigor digno de mejores causas (como suele ocurrir en este lar sombrío) sobre si la ignorancia que exhiben los mandarines es producto de una larga y refinada meditación o si es el resultado de la estulticia más rotunda. Unos se afanan en explicar que las operaciones perversas del mandarinato están diseñadas por unos genios del mal que quieren hacerse pasar por brutos para confundir a quienes no comulgamos con su credo ruinoso y así emboscarnos y molernos a placer. Otros se burlan del estilo sibilino de los comisarios, de su humor involuntario, de su simulación del habla llana y cotidiana, de sus consejas signadas por la más peligrosa ignorancia. ¿Quién tiene la razón? No lo sé. Creo que la estulticia es estulticia doquiera que se presente y que la acción del mandarinato (mezcla de violencia desembozada, pan, vano circo, regalos)  que hemos visto durante todos estos años sirve para que sus gestores alcancen, a través del miedo y del dolor, aquello que no alcanzan ni alcanzarán solo con las palabras.

 Quizás el problema no radique en si los comisarios se hacen pasar por toscos o si de verdad son brutos. Tal vez el núcleo del asunto se encuentre en que semejante disputa demuestra cuán desguarnecidos estamos y con cuánta urgencia necesitamos el diseño y la difusión de mensajes cuyas marcas sean la sensatez, el aplomo, la generosidad, el arrojo y el conocimiento asentado de gente seria y acreditada. 

 Si no hacemos nada al respecto, al mundo entero lo gobernarán los mensajes más idiotas.