martes, abril 14, 2015

EL NÚCLEO VORAZ

 Quienes desean escribir sobre cualquier asunto, deben apropiarse del tema que desean tratar; hacerlo suyo hasta convertirlo en una parte de sí mismos. Porque de eso trata este oficio: de transformar los datos en células propias para luego transmutarlas en palabras también propias, vivas, que los contengan y nos contengan; reproducir nuestra experiencia; hacer que otros vivan una cuota de su indescifrable complejidad.

 Las palabras unidas en oraciones y párrafos hablan de lo que hablan y hablan también de lo que somos y de nuestras relaciones con los eventos del mundo. Esa memoria contenida acaso encriptada— en las líneas que trazamos puede ensancharse y contener, además de las efemérides patrias o la nomenclatura de los huesos, la minuciosa gradación emocional que una experiencia nos produjo en algún instante del anchuroso pasado. De eso también trata este asunto: de dotar la expresión de palabras que comuniquen las sensaciones que hemos experimentado a lo largo de nuestros días. En ese proceso cada vocablo pierde su habitual sencillez y se convierte en un objeto tan preciso o tan mudable, tan opaco o tan brillante como se requiera.

 Lo que interesa es retratar la multiplicidad de lo vivido, entendiendo por tal aquello que nos cala y comienza a circular dentro de nosotros como un río oscuro de sensaciones dormidas. El objetivo es develar aquello que permanece debajo de la piel, guardando u ocultando su propio nombre; mostrar su volumetría, sus sombras, su densidad. Se escribe para traer de las honduras aquello que permanece inerte y fluyendo hacia el olvido, la materia residual de nuestras emociones, el cieno primigenio del que estamos hechos y que nos une a los demás, aunque no lo sepamos.

 Viajar a la noche personal es el oficio invisible, la tarea perpetua de cuyos métodos no se habla porque cada quien los ejerce como mejor puede. La soledad de los párrafos contiene las trazas de ese tránsito. No se trata de huellas exactas, de oraciones nítidas donde se declaran sin pudor afanes y agonías. Se trata, más bien, de una cualidad que adquieren las formas cuando son el producto de una búsqueda en el lugar de las sombras. Todo lo que sale de allí tiene una dignidad especial, un carácter hondo, un vacío que les permite resonar, cual eco, y hacer que aquello que signifique, lo haga en distintos niveles.

 Así como cada persona es el país por donde corre el río que arrastra las sensaciones dormidas, en cada página hay una landa dispuesta para que esa corriente distinta comience a fluir. He ahí el lugar infinitesimal donde ocurre el posible misterio de la literatura: el infradelgado silencio entre una palabra y otra, el vasto lago donde desemboca el río y se producen la transformación de las partículas en palabras, el desplazamiento y la combinatoria de los significados, el abrazo a veces díscolo entre las formas gramaticales; todo a la vez, en un instante blanco.

 En ese espacio (que también es tiempo) microscópico se forja la materia que hace único al texto, la cualidad innombrada que le da su brillo y su ritmo, que permite convertir en música el sentido de las palabras y en sentido su música.

 Así, nuestra escritura adquiere algo parecido a una vida propia capaz de irradiar aquello que deseemos que irradie: quizás belleza o dignidad o fulgor sobre algún asunto de nuestro interés.

 Lograr el dominio de las formas, volverlas materia dúctil que nos exprese… La (adictiva y siempre difícil) razón de ser de este oficio raro que nos esclaviza y nos hace felices.