martes, marzo 24, 2015

PASEO INTERIOR

 Los días corren pesados. A donde volteo, veo degollinas. Por eso me dedico a la lectura ansiosa, como no había hecho ni me había pasado antes. Leo, devoro folios, me voy de mí mismo a ratos porque la ansiedad de lo real pesa como un mar de lava. Leer me salva por instantes. El mundo arde, pero yo no estoy. Las calamidades se suceden mientras el sofá de mi sala muestra un hueco que tiene la forma de mis huesos en el acto de la lectura. No estoy. Camino por los abetos y los arces junto a Cósimo Piovasco de Rondó. Acompaño a Mario y a la sheika en la búsqueda del plomero que debe reparar la fuente de la mezquita. Veo los sapos demediados, las flores cortadas por la mitad en el mundo del vizconde de Terralba. Y no es que soy feliz en esas tierras; es que soy; me siento yo mismo, ligero, ajeno a las truculencias que llenan los días.

 Siempre me burlé de quienes hablaban de la lectura como quien hablaba de una forma laica de redención. Me parecía que exageraban, que aquello no era más que una manera barroca de referirse a una actividad sobre la que cuesta mucho disertar sin ponerse pedante. Hasta este momento de mi vida, leía porque leía, porque me gustaba, porque me dejaba llevar con fascinación a las entrañas de los libros, pero esa minúscula sed ha cambiado en los últimos tiempos. En estos meses (o quién sabe con exactitud desde cuándo), siento la necesidad de huir, de salvarme, de encontrar cobijo en mundos menos extraños que este que habito, y entonces me digo que sí, que era verdad lo que decían todos aquellos de quienes me burlaba, que la lectura salva. Sus palabras tenían razón, pero la mayoría de esos declarantes no; simplemente repetían lo que es fácil repetir: que la lectura es buena y que salva y que ayuda a que uno sea mejor persona y toda esa monserga loca e interminable que hace que casi todos los que no leen, terminen por huir de los libros.

 Pero mi caso es distinto. La salvación de la que hablo no es retórica; es real, aunque no sé si la alcanzo (creo que no). Lo que busco es suspender la acción corrosiva de esa invisible sustancia viscosa que se ha apoderado del planeta. Por instantes, muy breves, lo consigo. El efecto se acaba cuando cierro el libro. Sin embargo, algo de la lectura que funciona como una armadura mínima, queda en mí y me protege de las sorpresas que producen las conductas humanas. Leer nos hace conscientes de que, en todo momento, cualquier cosa puede ocurrir, incluso lo bueno, y eso ofrece una calma fugaz pero propicia para que el guía interior mire más allá de las apariencias y se resista a la tristeza.

 Los libros de estos días no han sido distracciones ni compañeros de solaz; han sido escudos contra la desesperación. La historia del cura sin nombre que huye de la autoridad de un país sumido en la locura, el relato de la familia cuyos integrantes fueron convertidos en monstruos, el cuento del niño al que su madre exhibía desnudo porque su piel era fosforescente, me han rescatado todos estos días; me han puesto a pensar en que no todas las vidas tienen que estar sumidas en el horror. Leer nos ayuda a ponerle nombre a aquello que nos quema, a recordar que el fuego es pasajero, que dentro de cada persona hay algo que no puede ser tocado sin que ocurran desgracias.

 La escritura tiene algo que brilla en las catástrofes: en los predios de las páginas el mundo se mueve a una velocidad distinta, a un ritmo austero que nos cobija y nos ayuda a recuperar el centro de la gallardía, un detalle esencial cuando la balsa de la vida se hunde con nosotros encima.
La tortilla es para celebrar los diez años de este blog.