viernes, diciembre 19, 2014

MEDITACIÓN MÓVIL

 Si tuviera que definir este libro, diría que se trata de una meditación sobre el amor y la muerte, sobre las huellas que deja en nosotros esa conmoción que se produce cuando alguien muy querido se nos muere. No sé a ciencia cierta (y no creo que interese) si este libro es un ensayo, un reportaje, una biografía o si, más bien, es todo eso (y más)  a la vez, porque la forma que asume esa meditación varía a lo largo del libro como varían las conversaciones en las que se cuentan historias y se revelan intimidades. Ese es el sabor que tiene este volumen: el de una conversación con un amigo querido en la que las formalidades importan menos que la calidez.

 Quiero decir que en esta obra los temas principales son el amor y la muerte, pero Rosa Montero ahonda en ellos revisando ante nuestros ojos la asombrosa y apasionante vida de Marie Curie a la vez que reflexiona sobre su propio duelo, sobre la soledad, el dolor, los recuerdos; es decir: todo aquello que se borra con la persona amada y que conforma ese estado de abandono llamado viudez.

 El método del libro está ahí; es ese, tan sencillo como ritual: Rosa habla sobre la pérdida de su Pablo como Marie habla sobre la desaparición de su Pierre. El libro que leemos es el equivalente del diario que la científica escribió durante un año a partir de la muerte de su esposo, ocurrida en 1906. Tanto Marie como Rosa hacen el ejercicio de traducir a palabras su dolor, de ordenar los asuntos insondables que el fallecimiento de un esposo trae consigo, de buscar sosiego hablándoles a sus respectivos difuntos. Rosa usa el diario de Marie como guía para viajar al centro de la pena y componer su propia elegía. En el camino nos deja páginas de una belleza rotunda y sabia, como aquellas en que subraya el inmenso valor de los acontecimientos más triviales de la vida como cubrirse la cabeza a la hora de dormir la siesta, como la presencia de una niña cantando debajo de una higuera, como las fotografías y los objetos que quedan huérfanos cuando su dueño fallece.

 Entre las reflexiones más interesantes y conmovedoras del libro está aquella que habla del milagro que supone el que Manya Skolowska (ese era el nombre de soltera de Madame Curie) se dedicara a investigar la propiedad conductora de electricidad que caracteriza las radiaciones de cierto tipo de metales y que, por ese tiempo, un amigo le presentara a un físico que, a su vez, había diseñado un artilugio para medir con precisión la electricidad presente en el aire. Es decir: ¿cómo es posible que dos personas con intereses tan cercanos se encontraran, se conocieran, conversaran, simpatizaran, entablaran una relación de amistad y terminaran casándose, teniendo dos hijas, trabajando juntos y produciendo varios de los descubrimientos científicos más importantes del siglo XX? Ciertamente se trata de un milagro de amor que trasciende al propio amor.

 Leo las lineas precedentes y no estoy seguro de haber comunicado la belleza y la diversidad de este libro. Sepan que es mi culpa no poder o no saber dar cuenta de la multiplicidad que lo caracteriza. Un ejemplo: no he hablado del feminismo que rezuman sus páginas. Por lo general, no me gustan los discursos feministas, aunque entiendo y comparto la mayoría de sus postulados. Pues bien, en esta meditación el feminismo aparece enlazado a una gigante, a una mujer cuyos innegables talentos para la ciencia se complementaron con una enorme tenacidad personal y una entrega absoluta a su propio trabajo. No hay manera de negar la trascendencia de Madame Curie ni de dejar de admirarla como un estandarte no ya de la reivindicación de los derechos de la mujer, sino como un espejo donde la humanidad entera puede mirarse, medirse y encontrar una fuente inagotable de inspiración. Lo fascinante es que en este libro no aparece la Madame Curie esquematizada por el enciclopedismo ni por los discursos feministas, que es lo peor que puede pasarle a una figura de su talla; aparece una mujer compleja, entregada con ciega intensidad a la ciencia, pero también amorosa y familiar, con una dulzura inédita que desmantela la adustez que luce su rostro en cada uno de los retratos que de ella se conservan.

 De las múltiples imágenes memorables que este libro contiene, me quedo con Marie Curie  en su laboratorio, ante uno o varios calderos, como una alquimista, tratando la plecbenda para obtener la fuente de las radiaciones más poderosas de su tiempo. Me quedo también con la imagen de Marie entrando a su laboratorio de noche, sin encender la luz, para disfrutar el resplandor féerico que emanaba de los objetos más inocuos (una cucharilla, unas tijeras, un trozo de alambre) tocados por la radiactividad. Me quedo con Marie llorando abrazada a la ropa llena de sangre de Pierre. Me quedo con la gran elusión del libro, con Pablo, el gran ausente no ya del volumen, sino de la propia vida de Rosa Montero.

 En la muerte (o en la reflexión sobre la muerte) también puede haber belleza. De eso trata esta inmersión profunda, esta meditación móvil que nos pone a pensar en aquello que tanto rehuimos, pero que, al final, siempre nos llega o nos toca de muchas maneras a lo largo de la vida.