jueves, diciembre 11, 2014

HENO Y ALFALFA

 Hay humoristas dados al autobombo, gente a la que le encanta repetir que el humor es una manifestación de la inteligencia o que el humor siempre lucha contra los abusos de los poderosos. Con la primera sentencia nos restriegan su genialidad. Con la segunda nos dicen que son adalides de la libertad de expresión, portadores del fervor democrático y justiciero.

 Permítanme que desde esta página les pinte una palomilla con los dedos de una de mis manos.

 Listo.

 De la inteligencia no diré nada porque para qué, si no dispongo de instrumentos para medirla y, además, me basta con mirar a través de una de las ventanas de mi casa para notar que vivo rodeado de inteligencia. De lo que sí quiero hablar es del afán de algunos humoristas por mostrársenos como héroes patrios, como luchadores incansables en favor de todo aquello que es bueno y noble, apuntando las municiones de sus aljabas contra los clásicos políticos abusadores, como si no hubiera otros poderosos ensoberbecidos ni afiebrados por alguna forma de poder. En otras palabras, declaro que me parece raro que estos prohombres del humor solo les hinquen los colmillos a presidentes, gobernadores, ministros, congresistas y alcaldes, como si los CEOs de transnacionales fueran doncellas inocentes o como si cualquier industrial, comerciante o dueño de negocio, no mereciese sátira alguna ni chiste que muestre sus imposturas.

 Tengo para mí que esa reconcentración en políticos se debe a que los dignatarios tienen algo de abstracto y de caricatura de sí mismos, lo que les facilita el trabajo a los humoristas, y más en la Venezuela lombrosiana que tenemos. Y, bueno, para no darle más vueltas al asunto, diré que creo que estos humoristas venezolanos temen que si se meten con ejecutivos y afines, no tendrán anunciantes ni lugares dónde trabajar. Ellos, los gerentes, suelen ser expertos en hacer creer que hay que estar siempre de buenas con ellos porque tienen en sus manos el cuchillo para cortar el tipo de bacalao del que come un sinfín de bocas, incluidas las de los humoristas. Por eso no me trago el cuento de los comediantespróceres. Más bien su empeño libertario me parece una de las tantas manifestaciones de esta enfermedad social autoinmune que nos azota desde hace años y que se caracteriza, entre tantas cosas, por una frivolidad rayana en lo sobrenatural. 

 Un humorista debería ir contra toda forma de necedad, contra toda impostura, contra todo camelo, pero el pandorismo asuela y vuelve loca a mucha gente, incluidos unos cuantos comediantes que confunden los términos y acaban poniendo el arte de la comedia al servicio de la mula bifronte que en Venezuela se toma por política,

 El humor debería ser algo más punzante y más corrosivo que esté solo al servicio de las formas y de la risa, que es como decir que esté al servicio del propio arte. Lo demás es oportunismo. 

 Solo eso.