martes, abril 15, 2014

«(…)»

 Podríamos discutir los detalles, devanarnos los sesos y puntualizar ciertos matices, pero este largo disparate de tres lustros ha tratado sobre la destrucción de un modo de vida para imponer otro más primitivo. 

  Lo que se ha visto en estos meses es la reacción contra esa tragedia que ha corrido de manera solapada, pero inexorable, a través de los años.

  Y ya.

  No es hora de discutir si debimos ser más cautos o menos apasionados. La máquina demoledora sigue encendida y hay que detenerla cuanto antes, no sea que el vórtice de la desintegración nos termine de tragar.

  El panorama pinta mal para todos, pero luce peor para los próceres poderosos. Pretender destruir un modo de vida sin destruirse a sí mismo es la trampa que le espera a todo émulo de Robespierre, y más en este paraíso del desorden con petróleo y buen clima. La corrupta mediocridad de los mandarines les impide ver su destino. Por eso debemos mantener la guardia en alto, no darles tregua y no dejarnos llevar por la desesperación.

«(…)» es el ideograma de un suspiro.