miércoles, marzo 05, 2014

LOS BUENOS

   Lo más difícil de estos días trágicos es mantener la cordura. Cuesta conversar y no ofuscarse por las opiniones y los pareceres de nuestros interlocutores, aunque (en el fondo o en la superficie o en ambos) estén de acuerdo con los nuestros. El miedo y el horror han corroído los puentes que nos unen, y hay que hacer un esfuerzo enorme para evitar que lo que queda de ellos se desplome.

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  Hace años el gobierno venezolano aupó la creación de grupos «culturales», de asociaciones a las que financió y dotó con el único objetivo de utilizarlas como grupos de choque cuando hiciera falta. Hasta el 12 de febrero de 2014, las habilidades de los llamados colectivos fueron administradas de manera tal que, a ojos de los inocentes que abundan, parecía que actuaban con espontaneidad, aunque exhibieran armas de todo calibre en público y amedrentasen con sus fanatizados discursos y sus golpizas a todo el que se opusiera a sus jefes. A partir de la mencionada fecha, la verdadera misión de estos escuadrones quedó al descubierto para quienes todavía dudaran o se hicieran los indiferentes. La verdad llegó en moto, disparando su nuevemilímetros, acribillando gente, fungiendo de caballería tanto de la policía como de la guardia nacional.

  Como no sé si ven la profunda gravedad de esta situación, se las repito para que la entiendan bien: un cuerpo ilegal (los pistoleros motorizados) actúa (es decir: reprime, dispara, hiere y mata) junto a dos cuerpos legales del Estado, como si no hubiera nada de raro en ello, como si fuese normal que militares y paramilitares actúen juntos en contra de la población civil que protesta en muchas calles de Venezuela.

  La única lógica que explica semejante desafuero es la de una dictadura, la de esta dictadura que nubla nuestros días y que hace lo imposible por aparentar que todo está bien, que nuestra vida es hermosa, que somos felices y, además, que estamos contentos de entregarnos a una caterva de afiebrados adictos al poder.

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  En medio de esta larga y polvorienta jornada todavía me asombra encontrar gente que cree que esto es un campeonato de buena conducta. Hoy, por ejemplo, se cumple un año del fallecimiento del mandarín interestelar y hay quien propuso no protestar ni hacer nada «por respeto» a sus deudos y seguidores, como si aquello contra lo que se protesta (valga decir: una de las tasas de homicidios más altas del mundo, ruina económica, corrupción, censura en los medios audiovisuales e impresos, existencia de prisioneros políticos, sujeción a un gobierno extranjero y atropello constante a los derechos de, por lo menos, la mitad de la población venezolana, entre muchas otras malhadadas razones) fuera menos urgente y menos punzante que esa manipulación del dolor de algunos en aras de cosechar réditos políticos.

  No estoy de acuerdo con detener nada. Que siga la lucha, que los ánimos no se enfríen, que nuestros gritos se sigan oyendo en los confines del mundo, que la invitación a los chabistas e indiferentes a unírsenos sea una demostración entusiasta de que no nos rendimos ni nos sometemos, lo cual es muy diferente a blandir ruegos babosos y timoratos que no convencen a nadie y que, además, nos exponen al escarnio de vernos representados por unos dirigentes más preocupados por sus credenciales de buena conducta que por alcanzar aquello que tanto nos interesa.