jueves, marzo 13, 2014

AFUERA EL RUIDO

  Vivo en Chacao, Caracas, Venezuela. Llevo un mes escuchando explosiones, gritos, sirenas. El humo que hasta ayer había entrado por la ventana de mi casa era el de los carros que pasan a toda hora, el de la cocina de una venta de empanadas que queda al lado de mi edificio, el de las barricadas que abundan por la zona y, muy atenuado por la distancia y la altura, el olor irritante de las bombas lacrimógenas que lanzan en otros lugares del municipio.

  Repito: hasta ayer.

  Anoche, a eso de las ocho, volvió la guardia nacional escoltada por la caballería del odio; disparó y roció de gases los rincones más recónditos de mi calle. Así que el humo de las bombas llegó a mi casa entre los gritos de los vecinos, la tos, los estornudos, el lagrimeo.

  Lo más difícil fue sentarme con Rodrigo después de cerrar las ventanas, ayudarlo a calmarse y explicarle la gravedad de lo que ocurre a nuestro alrededor. ¿Cómo le explicas a un niño de ocho años que la libertad no la regalan, que peleamos contra una tiranía, que las fuerzas armadas de nuestro propio país nos disparan; que, aunque el miedo nos corroe, debemos mantener la calma para poder cuidarnos y cuidar a los nuestros?

  Tragué grueso al darme cuenta de con quién estaba hablando.

  En la calle los gritos.

  Los disparos.

  El humo.