miércoles, noviembre 27, 2013

LOS DÍAS TIENEN FIEBRE

  Una oscuridad díscola se cierne sobre nosotros. Una alteración espiritual se esparce entre los ciudadanos y nos impide entender lo que está pasando.

  Tratemos de explicarlo.

  Los mandarines, como siempre, perfeccionan sus métodos para degradarlo todo sin dejar de parecer chéveres, mientras sus rivales (también como siempre) se afanan en lucir perfectos y correctos, no sea que enciendan sin querer una máquina que luego no puedan controlar.

  Lo raro es que, según las elecciones de abril, ambos grupos cuentan con casi el mismo número de seguidores. Sin embargo, el de los mandarines juega a que el otro grupo no existe o a que existe solo en la medida en que sirve para adjudicarle todos los males económicos y todas las taras del sistema que el propio mandarinato creó y no supo resolver. Mientras tanto, el otro bando juega a no hacer nada distinto a participar en todos los eventos electorales habidos y por haber por lo que apuntamos antes: porque le da miedo proponer acciones que puedan malinterpretarse y también porque no se le ocurre hacer otra cosa (hay quien dice, con implacable dogmatismo, que cuando no hay plata, no se puede crear nada), y ese es el reto que tiene esa gente por delante en estos momentos en los que casi ningún medio de comunicación difunde sus mensajes, sea porque el mandarinato los copó todos o porque la censura se entronizó en los medios tradicionales: inventar, reinventarse, encontrar la manera de mantener la cohesión y la coherencia, combatir el miedo y la locura que los mandarines siembran en la población con sus actos espectaculares, y todo eso con pocos recursos. ¡Menuda tarea!

  La ecuación permanece balanceada porque las arcas no están vacías y porque el mandarinato ha dado muestras de que no tiene escrúpulos a la hora de repartir lo que no le pertenece; también porque Venezuela es un país taimado, lleno de gente que medra a costa de la fiebre y hace lo que sea por estar cerca de las operaciones de reparto que organizan los lugartenientes del mandarinato (o de quienes ocupen su lugar).

  En el aire hay una rara resignación, una falta de confianza (casi) absoluta en la posibilidad de salir indemnes de este pedregoso atolladero. Algo parecido a una guerra se gesta en el aire, y no hay manera de evitarlo.

  En nuestro destino solo se ven lágrimas y desorden; toneladas de mediocridad.