martes, noviembre 19, 2013

HE VISTO HORRORES EN ESTOS DÍAS

  He visto al imitador de mandarines ordenar, porque sí, porque a él le da la gana, la rebaja de los precios de todos los electrodomésticos.

  He visto al mismo sujeto decir que ordenará la rebaja de los precios de los repuestos de los automóviles, de los juguetes, de la ropa, de los zapatos... El objetivo es endosarles la culpa del desastre económico venezolano a los comerciantes, acusándolos de ladrones.

  De inmediato vi a cientos de personas hacer largas colas para comprar toda clase de mercaderías.

  Vi dos refrigeradores relucientes en el borde de la acera. Sus dueños discutían porque ninguno de los dos llevaba consigo el número telefónico del chofer de la camioneta que los llevaría a sus respectivas casas.

  Vi a dos uniformados revisando zapatos en una tienda Clarks. Uno se probaba unos mocasines marrones, mientras el otro lo miraba y negaba con la cabeza.

  Todo forma parte de un plan que responde a la cercanía de las elecciones municipales que serán el próximo 8 de diciembre. El sujeto imitador de mandarines lanzó su filípica aplanadora de precios al final de la misma semana en que los empleados públicos, los jubilados y los pensionados cobraron sus utilidades navideñas.

  En el periódico vi a una mujer de ojos desorbitados que llevaba en las manos unos cuantos electrodomésticos. El periodismo insensato dijo que se trataba de una saqueadora que había participado en una de las tantas interpretaciones que siguieron a las palabras del imitador de mandarín. Más tarde se supo que la señora de mirada orgásmica no era ninguna saqueadora, que había adquirido sus artefactos «a precios justos», como reza la neolengua oficial que acompaña a esta nueva tremolina. Fuera como fuera, los ojos de esa mujer hablaban de algo insondable y terrible, de un hambre oscura, que es, precisamente, la fuente de la que emana todo este largo disparate.

  Venezuela es un país que no necesita de bárbaros que lo invadan porque ya tiene los suyos, que son sus propios naturales.

  En Venezuela rige desde 2002 un control de cambio. En el mercado oficial, el dólar cuesta 6 bolívares fuertes con 30 céntimos (es decir: 6300 Bs.), pero, en el mercado de la realidad, el dólar tiene otro precio. Si eres comerciante en 2013, y deseas vender aparatos que no se hacen en Venezuela, tienes que importarlos. Como eres un buen ciudadano, haces los trámites necesarios para obtener dólares a la tasa oficial, pero resulta que no te los dan o te los dan incompletos o te los dan mucho, pero mucho, mucho, tiempo después de haberlos solicitado. Entonces los adquieres en el mercado no oficial, pagas tu mercancía y se la ofreces a tus clientes a un precio calculado según lo que pagaste por las divisas que te permitieron obtenerla. ¿Resultado? Una increíble carestía que se suma a la inflación y a otros desastres de la economía venezolana.

  Vi llorar al dueño de una tienda. Lloraba porque perdió toda su inversión.

  He visto mujeres que confunden medias panties con leggins. No tiene nada que ver con lo que estamos hablando, pero igual es horrible.

  He visto filas y más filas de gente hueca. El objetivo es saciar la sed de plasmas y consolas. No importa si hay que esperar horas entre soldados que velan porque nadie salte bardas para apropiarse de un ventilador.

  He visto gente sin alma, gente a la que le importa más un televisor que el bien común.

  Las colas para comprar dispositivos electrónicos (desde IPads hasta planchas de ropa) son más largas que las filas para comprar comida y, por lo visto, producen más angustia en la población que observa los hechos. Damas y caballeros: el hambre de verdad, el que no se sacia con puertos USBs, está más cerca de lo que ustedes creen. Así que moderen su angustia y préstenle atención a lo que de verdad lo merece.

  He visto gente que decidió cerrar su negocio porque no puede atenerse a los tales precios justos. Venezuela será muy pronto un cementerio comercial.

  He visto gente asustada que ahora intuye lo que debió intuir hace años.