sábado, octubre 26, 2013

DESNIVEL

  Hay personas que, a duras penas, pueden armar una oración coherente y, sin embargo, portan unos complejos aparatos con los que se comunican y juegan y se conectan y se informan y van y vienen a todas partes. ¿Es que a nadie le parece raro semejante desequilibrio tecnológico y cultural? 

  Toda la vida los hombres comunes hemos experimentado un desfase entre nuestros conocimientos y la sofisticación de los objetos que nos rodean. En otras palabras, nunca hemos tenido la menor idea de cómo funciona un televisor, pero lo utilizamos todos los días. 

  Ese desnivel normal entre tecnología masiva y conocimiento masivo ha llegado a un punto de delirio. La democratización de los artefactos, el bienestar que producen, sus costos exorbitantes, las funciones que cumplen y su valor simbólico en el imaginario colectivo, son variables que, al chocar entre sí, producen unos cuadros difíciles de procesar. A donde volteo, por ejemplo, miro gente enviando y recibiendo mensajes, hombres y mujeres con las orejas pegadas a sus estilizados y brillantes artefactos, hablando, diciendo, enterando al mundo de sus transacciones, no tanto para que el mundo las conozca como para que se sepa que cada uno usa un símbolo que lo conecta no solo con sus amigos, sino con la ilusión de haber vencido las precariedades de su vida. 

  Y uno ahí, como testigo de tamaña incongruencia, sin comprender cómo un sujeto con catadura de gorila manipula con seguridad absoluta un aparato que luce a eones de él.

  Quizás de eso haya tratado todo, de enseñar a los bárbaros a usar las máquinas y dejarlos a su albedrío. Tal vez algún día descubramos que hemos sido los cobayos de un laboratorio sucio y desordenado. 

  O quién sabe si así de simple sea la vida, y un palo (o todo cuanto nos rodea) también está a años luz de cada uno de nosotros, y no nos hemos dado cuenta.