lunes, septiembre 30, 2013

LA RESURRECCIÓN DE LA MÚSICA

  El joven Rodrigo le dio un golpe a mi disco duro externo y produjo el equivalente contemporáneo (en minúscula, pero no menos trágica, escala) de la destrucción de la biblioteca de Alejandría. 

  Un único y pequeño impacto produjo la pérdida de ciento y tantos gigas de música, fotografías y videos.

  Al principio quise salir corriendo, montarme en la máquina del tiempo (que está en uno de los ascensores dañados de mi edificio, estoy seguro de eso) y retroceder hasta el momento en que se me ocurrió la brillante idea de dejar al descubierto, y al alcance de mis pequeños y queridos monstruos, el instrumento que guardaba el último reducto de felicidad individual que se puede tener en este país. Luego pensé que ya estoy muy viejo para armar escándalos de ese tipo.   

  Ponerme a llorar, gritar o desesperarme no servirían de nada. Hice lo que creí que debía hacer, que fue dejar de manipular el aparato muerto e irme a dormir.

  Al día siguiente, comencé a copiar mis discos en formato mp3 de manera de restituir con lentitud mi discoteca portátil. 

  En esas estuve, hasta que el sábado pasado decidí que ese procedimiento era tan lento como absurdo. Abstraído de la familia, de las distracciones y de todo cuanto me rodeaba, me dediqué a estudiar el problema. 

  Tomé el IPod y decidí que todo cuanto quería, se encontraba dentro de sus herméticos límites.

  Sudé paciencia hasta que logré arrancarle mi música a la muerte digital.

  El programa que utilicé, debería llamarse Lázaro. 

  Después de comprobar diez o quince veces que las carpetas con mis discos estaban completas, dormí feliz.  

  Ahora, tres unidades externas esperan a que las llene con los discos que tengo y que tendré en el futuro.

  Otro incidente, otro desastre, otra biblioteca de Alejandría, serían inaceptables.

  Sin música, la vida pesa más.