sábado, septiembre 21, 2013

CONTRADICCIONES

 Abres una revista de información etnográfica. Pasas y pasas páginas hasta que te detienes en una que no te permite avanzar. La imagen que contiene es hermosa y terrible a la vez. Un niño a todas luces desnutrido yace sobre una esterilla cruda. La luz y la textura de los objetos se entrecruzan para producir una nitidez rayana en la perfección; lo mismo el color, el grano, la impresión de la fotografía. Las formas retratan y producen una belleza descomunal, mientras que el contenido de la foto muestra sin rodeos el horror más profundo de la humanidad. ¿Cómo se puede soportar semejante contradicción? ¿Debemos permitir que nuestro sentido de la belleza nos distraiga de la vergüenza o, al contrario, nos hacemos más conscientes del horror si nos llega con toda nitidez?

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  En la red sobran las imágenes de edificios límpidos y refinados, clásicos u osados hasta el límite de las capacidades técnicas. Cada vez que los veo, me pregunto si los seres humanos somos dignos de ocupar semejantes espacios llenos de grandeza formal.

  Se supone que lo bello y la complejidad técnica son correlatos de otro tipo de majestad que tiene que ver con otras elevaciones metafísicas... Tal vez eso sea lo que queramos creer y no la verdad. ¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, hemos visto que los seres más cultivados, mesurados y serios, al menos en apariencia, han cometido las abominaciones más espantosas?

  Si repetimos una vez más la simplificación de que los humanos somos a la vez lumbre y penumbra, no sería descaminado pensar que sus creaciones contengan la misma dualidad. Así, quién sabe si en alguna parte de la compleja matemática que alza esos monumentos, se encuentre algo (un detalle, una esquina secreta donde se esconda una oscuridad más densa) que condense una versión arquitectónica del mal.

  Solo de ese modo puedo pensar que no hay que merecer nada especial para recorrer esas estancias en relativa paz.

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  En los edificios de mi país sobran esos espacios malignos. Si no, ¿qué son las cabillas que salen de algunas paredes, el moho ácido que supuran los techos de algunos estacionamientos, los rincones abstrusos de algunos pasillos, el mal acabado de los laterales de casi todas las construcciones, las escaleras que no llegan a ninguna parte…?

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  En mi país no se puede hablar de lo agradable que resulta dormirse arrullado por el ruido de la lluvia. De hacerlo, una miríada de voces reclamará tu falta de humanidad para con la gente que pierde su vida, su familia, su casa o todo eso y más en uno de los tantos aguaceros que convierten esta patria en una sopa de barro y escombros. A esas voces demasiado preocupadas por el prójimo se les olvida que la naturaleza no tiene moral, que perjudica o beneficia sin proponérselo ni quererlo ni buscarlo, que la lluvia es y ya, y que es bella a pesar de que, en exceso, acabe con la vida y con la normalidad de la vida en la Tierra.

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  Mi amiga Cinzia dice que los seres humanos estamos fracturados por dentro. Somos muchas cosas que no tienen nada que ver las unas con las otras. Por eso nos conmovemos con la belleza de la lluvia, a pesar de saber que a veces trae la muerte consigo.