lunes, agosto 12, 2013

RADIACIONES

  Para contar sus historias, un hombre debe encontrarse a sí mismo y yo, cuando estoy perdido en la selva incendiada, no puedo ordenar mis ideas ni pensar con claridad.

  De manera que voy dando tumbos en páginas que no termino o en relatos que quedan así, a medio camino, apelotonados en la papelera o en las páginas saturadas de mis cuadernos. 

  Vivir en una selva que crece y se incendia todos los días, es difícil. La tentación de abandonarse es muy grande. Sin embargo, nunca falta algo que me mantenga despierto y con ganas de seguir al insecto sonámbulo que vuela dentro de mi cabeza. 

  Por eso continúo aferrado a que existe (y puedo alcanzar) un punto de fuga donde se concentran las historias que me interesan.

  Y así, cuando veo el fuego en la espalda de la selva, cierro los ojos y sigo adelante como puedo.


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  A muchos estudiantes les conforta que su profesor proyecte en la pared una imagen ampliada de la página que trajo alguno de los alumnos, de manera que el resto de la clase pueda seguir la lectura y luego comentar el cuento, criticarlo y hacer las sugerencias a que haya lugar. El método está diseñado para ayudar al público a no perderse en los meandros de la historia, sea porque la trama se retuerce en sí misma o porque su redacción es de dudosa calidad. La justificación es que vivimos en un mundo en que lo visual priva por sobre todo lo que se dirija a los demás sentidos. Así tenemos el absurdo de un estudiante que lee en voz alta un cuento que sus compañeros leen al mismo tiempo en una pantalla gigante, como si con oír no bastara.

  Debo decir que no me gusta usar ese método. Entiendo por qué lo usan y entiendo también que todo lo que ayude a esparcir el conocimiento es, en principio, válido y conveniente.

  Ahora: si escribes un cuento que no atrapa por sí solo la atención del público, ese cuento no sirve.

  Un cuento está solo cuando se enfrenta a los oídos de los espectadores. Ahí no valen el formato del libro, el tamaño ni la fuente tipográfica, el tipo de impresión, los colores, la textura del papel ni ningún subterfugio. Ahí, si acaso, valen la entonación de lector, si lee con fluidez o no y si el ambiente de la lectura en voz alta fomenta la audición atenta. 

  La literatura tiene una dimensión sonora de la que muchas personas se han olvidado, tal vez, por comodidad o porque estamos rodeados de infinitas distracciones que dificultan nuestra relación con aquello que nos llega a través de los oídos.

  Vivimos en un mundo en el que audio se considera un complemento de lo visual y, además, una suerte de omnipresencia diseñada para, simplemente, estar ahí, no molestar y ofrecer un masaje a quienes se acerquen a sus predios. Dondequiera que entres, hay música que nadie oye, ruido diseñado para llenar el vacío y acabar con el silencio.

  La escritura de un párrafo supone la creación de ritmos, el diseño de vibraciones que tocan al espectador y lo estremecen o lo arrullan sin que se dé cuenta. 

  Por eso es tan importante hacer el esfuerzo, obligar a quienes escriben sus primeros cuentos a tomar conciencia de que la literatura no se  basa solo en una trama perfecta ni en imágenes espectaculares ni en reflexiones más o menos abigarradas sobre el devenir de la vida, que el estilo —la manera como suenan las palabras y los párrafos— importa mucho porque en él no solo reside uno de los poderes más indescifrables de la literatura, sino la marca que cada quien puede imprimirle.

  Hay que hacer lo posible por recordarles a las personas que facilitar demasiado las cosas hace que nos olvidemos de su verdadera profundidad y de cuánto cuesta alcanzarlas.


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  En la entrevista que Carlos Pérez Cruz le hizo a Wadada Leo Smith, el trompetista dijo —palabras más, palabras menos— que quien camina (o trota o lava los platos o hace cualquier otra actividad) mientras oye música, en realidad no oye música.

  Confieso que eso me pareció extraño.

  Entonces, quien baila, ¿en realidad no escucha la música?

  ¿A qué se debe esa sobreexigencia al oyente? 

  Poner mayor o menor grado de atención a la música es algo que le corresponde al oyente, no al músico.

  Yo a esos requiebros contesto sin ambages «No me pidan atención; gánensela». 

  En la mencionada entrevista, Wadada Leo Smith contó que cuando se inscribió en la Association for the Advancement of Creative Musicians, los músicos lo invitaron a tocar con ellos. De pronto, cuando se encontraban en la mitad de una pieza musical, uno por uno fue abandonando la tarima hasta que lo dejaron completamente solo. 

  Yo creo que de eso mismo trata el ejercicio al que somete la AACM a sus nuevos miembros: «quédate solo en el escenario y veamos si eres capaz de ganarte la atención de la gente».

  Vuelvo: ¿qué hay detrás de la sobreexigencia al oyente?

  No lo sé. Parece que ese es el sino de las artes contemporáneas: pedirle al espectador que participe, que entre en el juego, que se involucre en algo que no se sabe (o no se dice) qué es.

  ¿En qué debe involucrarse el público? 

   Yo creo que los artistas son sinceros cuando dicen que el público debe involucrarse en una parte de la creación de las obras. En un mundo en el que sobreabunda el arte-masaje y la repetición de formas, no está mal decirle a la gente que hay obras que sólo se abren cuando el espectador hace un esfuerzo. 

   Pedirle al público que participe, en ese caso, significa una advertencia sobre el arduo trabajo que supone la contemplación de esa obra.

   Sin embargo, creo que los artistas casi nunca hablan de la otra cara de esa solicitud, que tiene que ver con recordarle al público que su participación no sólo es necesaria, sino vital, para darle permanencia al trabajo. Así que cuando me piden que participe, también piden apoyo para darle sostenibilidad a la labor del artista, lo cual no está mal; al contrario: está bien, pero como de eso no se habla abiertamente, pues todo queda en una nebulosa extraña que puede producir toda suerte de malentendidos.

   Mientras más novedosas y arriesgadas son las propuestas artísticas, más se pide la participación del público. 

   De esa idea quiero subrayar la condición de novedad, entendida ésta como ruptura que surge (en el hoy y el aquí) con lo que está al uso. Eso me lleva a una reflexión que hizo Agustí Fernández en una entrevista que le hizo Carlos Pérez Cruz en el mismo Club de Jazz. Agustí hablaba sobre la creación musical como un arte comprometido con el aquí y el ahora, con el instante presente, fugaz e irrepetible, con eso que Wadada Leo Smith llama «la búsqueda del momento musical».

   También, mientras más sobreoferta de obras (musicales, audiovisuales...), más se pide la participación del público y se le habla y se le cuenta y se le invita y se le informa. Por lo visto, el artista contemporáneo no sólo debe trabajar en su obra, sino hablar y hablar de ella, convirtiendo ese discurso en una parte muy importante de su quehacer.

  (Un paréntesis: así es el arte desde Duchamp).

  (Otro: es inevitable que en este momento recuerde la estudiada y silenciosa displicencia de Miles Davis).

  Lo difícil de esa plática incesante es mantenerla en un punto medio entre la llaneza y la afectación, lograr que no sea dogmática, que sea sobria, que se integre de manera natural a la obra, que produzca curiosidad y abra nuevos caminos.

  La imagen es de José Luis Serra. Se llama Approaching to land B767; 2013