sábado, agosto 17, 2013

PUNTOS EN EL PAISAJE

  Me gustan los centros comerciales. Me gusta pasear, comprar, mirar, sin la presencia implacable del sol. El calor exacerba el infierno que llevamos por dentro y que, a cada paso, le atravesamos al prójimo en su camino.


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  El único ascensor que funciona en mi edificio, muerde y mastica a sus pasajeros.

  Somos bolos alimenticios de una máquina sin estómago.

  Algún día alguien terminará en las tristes entrañas del edificio, sirviendo de alimento a quién sabe qué clase de mutante melancólico.


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  Cuando le pregunto por el señor Spock, Natalia se toca sus orejas y sonríe.


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  Veo una muñeca hundida en el barro y recuerdo a Caracas, una ciudad rota a la que nadie quiere peinar.


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  Mientras los árboles tienen los órganos reproductores arriba, los seres humanos los tenemos abajo. 

  Mientras los árboles se alimentan por debajo, los seres humanos nos alimentamos por arriba.

  Los seres humanos somos las imágenes invertidas de los árboles.


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  Lo contrario a la hombría no es la mariconería; es la inutilidad.

  Cada día estamos rodeados de más y más inútiles en acción.


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  Alguien debería inventar un Netflix solo de películas y series viejas. Un Netflix Retro o B&W.


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  En estos días escucho Bag it! y Mono de The Thing. Los oigo a toda metra en mi Ipod, pensando —una vez más— en la inutilidad de clasificar la música.

  De The Thing podría repetir lo que dice todo el mundo: que suena duro, que hace una música que está a medio camino entre la libre improvisación y un tipo de rock duro y experimental que colinda con el ruido… Pero, como esas clasificaciones explican mucho y, a la vez, explican nada, creo que prefiero decir que en estos días me tiene fascinado el sonido áspero que Gustafsson, Håker Flaten y Nilssen-Love logran en sus discos. Un sonido de desierto, sobre el que pasa una maquinaria pesada y chirriante que no deja siquiera una tuna en pie a su alrededor.


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  Leo Manual del distraído, de Alejandro Rossi. Encuentro un libro perfecto, desde el punto de vista estilístico, pero aburrido hasta los tuétanos. 

  ¿Es el aburrimiento una medida para evaluar la calidad de una obra? No lo sé. Hay trozos enteros de las óperas de Mozart, Wagner, Verdi y demás que son aburridos. Lo mismo se puede decir de las películas de Antonioni, de Fellini, de Bergman, de Tarkovski… Y, sin embargo, nadie se atrevería a decir que no estamos hablando de grandes obras de arte. 

  ¿Es el aburrimiento una característica de la información que tenemos en frente o es algo relacionado con nuestra incapacidad para procesar cierto tipo de datos? En otras palabras: ¿son aburridas las obras o no nos hemos cultivado lo suficiente? 

  En nuestra época, la definición del aburrimiento ha adquirido dos variantes en las que se relacionan tiempo y eventos. Cuando en un lapso determinado no ocurre nada sorprendente, se dice que estamos aburridos. Cuando en ese mismo lapso, ocurren hechos que tienen el mismo grado de intensidad o su intensidad no tiende a la exaltación (iba a escribir «exageración», pero dejémoslo así), nos volvemos a encontrar con la pared del aburrimiento. 

 Sí. El aburrimiento es algo más que lo que dice el DRAE. No se trata solo de tedio ni de malestar ni de falta de diversión; es la ausencia de emociones fuertes a las que nos hemos vuelto adictos. 


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  La patria que ofrece el chavismo no me interesa. 

  Quiero un concepto de patria que no moleste, que no se sienta, que no interfiera en mis relaciones laborales ni afectivas. 


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  Sé que las generalizaciones no son sanas, pero esta vez diré que no me gusta la música venezolana.

  No hay riesgo. No hay experimento. No hay novedad.

  Hay complacencia por lo que se conoce y falta de curiosidad por lo que no se conoce ni se ha hecho.   

  Me aburre la música venezolana y la ligereza con que se le escucha y se le evalúa.