jueves, agosto 22, 2013

LAS ENTREVISTAS VESPERTINAS

  De este libro me interesaron dos ideas en particular. La primera tiene que ver con el movimiento. Nadie ha visto a Duchamp como un precursor del cinetismo, pero de alguna manera lo es. Cuando habla, por ejemplo, del primer readymade; es decir: de la Rueda de bicicletas, Duchamp dice que antes que obra de arte o accesorio destinado a la decoración, él concibió ese objeto como un funny gadget, como un objeto divertido que, además, tiene la cualidad de no llamar la atención. Para su creador, ese readymade era comparable a una chimenea, a un objeto anodino que, a su vez, contiene algo que se mueve.

  La Rueda de bicicleta es de 1913 y, para esa fecha, ya Duchamp había mostrado su interés por el movimiento como problema de representación. Recuérdese su Desnudo bajando una escalera, esa extraordinaria pintura que los organizadores del Salón de los Independientes de 1912 no quisieron aceptar porque el movimiento no era problema del cubismo, sino del futurismo, lo que hizo que durante el resto de su vida Duchamp se burlara de los cubistas diciendo que esa gente no hacía sino crear imágenes estáticas en un siglo marcado por el movimiento.

  (Entre paréntesis: uno de los detalles más fascinantes de Duchamp es el desdén con el que habla de las obras de sus colegas. No había Picasso ni Leger ni Braque ni Metzinger ni Gleizes ni pintura ni escultura alguna de la que hablara con entusiasmo. Según cuenta en una de las ciento diez páginas de este libro, en su casa no había nada en las paredes).

  Aparte del Desnudo bajando una escalera, recuérdese también el Molino de café, de 1911, sus experimentos visuales con unas máquinas giratorias a las que pintaba espirales con la finalidad de crear ilusiones ópticas, como las que pueden observarse en Anemic Cinema (la película que produjo en colaboración con Man Ray en 1926) y en las máquinas que diseñó en 1934 y que permitían el giro de tres tarjetas circulares que, al moverse y estar dispuestas de determinada manera, recreaban el dibujo de un objeto. 

  En este libro, Duchamp cuenta que trató de vender sin éxito sus máquinas ópticas en el Concours Lépine, un evento fundado en 1901 y que todavía se lleva a cabo en París cada año, al que los inventores y científicos acuden a mostrar sus invenciones.


  Ese rasgo de Duchamp-inventor era inédito para mí hasta que leí este libro.  


  La otra idea que me interesó tiene que ver con que, para Duchamp, el arte es una actividad que produce una extraña adicción. Muchas de las personas que la cultivan o se le acercan, tienden a creer que en ella hay complejidades diseñadas para repercutir en la sociedad, en la economía, en la venerable historia del pensamiento humano, pero nada de eso, según el maestro, es cierto porque, tanto las obras como las ideas que se tejen a partir de su contemplación, son producto del azar, de la oportunidad, de lo que otros quieren o pueden ver en las obras y no de un plan concebido para elevar el espíritu o iluminar a la humanidad.

  Para Duchamp, esa idea del arte vuelve adictos a quienes se le acercan y, en lugar de ella (o quizás contra ella), propone la aceptación del humor, del sinsentido, de algo que vaya más allá de la racionalidad y que nos deje suspendidos de manera que podamos ser libres para escoger la opción que, con respecto al arte o a cualquier otro asunto, mejor nos parezca.

 Las preguntas que Calvin Tomkins le formuló a Duchamp en estas entrevistas no fueron ninguna maravilla, pero las respuestas, damas y caballeros... las respuestas en muchos momentos nos dejan sin aire, felices y con ganas de volverlas a leer una y otra vez.