jueves, agosto 29, 2013

INTERFERENCIA

  Asistimos a la degradación del idioma, de la política, de las más elementales formas de convivencia, de las instituciones, de las ciudades, de la economía; es decir: de todo, de las estructuras físicas y espirituales de esta nación.

  ¿Qué hacemos: nos sentamos a llorar o decidimos resistir?

  En la oración anterior debemos quitar la conjunción «o» y cambiarla por la conjunción «y». O sea: llorar y resistir. Eso es lo que nos queda.

  Llorar, queridos amigos, es importante en estos días porque las lágrimas nos recuerdan que este desastre no es un juego.

  En Venezuela las palabras se asumen a la ligera. Basta con ver las reacciones de la gente y notar que no falta quien oiga «resistir» y de inmediato piense en incendios y tiroteos, o quien piense en mantener su cabeza de avestruz debajo de cualquier necedad placentera que lo haga abstraerse de cuanto ocurre. «Resistir» no es ninguna de las opciones anteriores. «Resistir» es aguantar, sufrir, tolerar, oponerse a algo con fuerza. Y en esta landa terca sobra a qué oponerse con toda la fuerza del espíritu y de la razón. Sabemos que resistir duele porque, aparte de soportar el bombardeo de basura conceptual, supone una lucha contra nuestros más alocados pensamientos, esos que nos hacen imaginarnos con un bate en las manos aplastando gente o cultivando ese pesimismo paralizante que baña de ácido cualquier esperanza o cualquier labor.

  Sin embargo, eso: resistir y, tal vez, ayudar a los demás a entender la toxicidad de la atmósfera en que vivimos, invitarlos a hablar su propia lengua, a cultivar la sobriedad, a detener la cámara de eco en que nos hemos convertido y negarnos a tanto disparate, a tanto esperpento verbal que nos rodea. Eso es lo que debemos hacer en estos días hostiles.

  A los gestores de la sabiduría política hay que exigirles que abran sus mentes porque no siempre tienen la razón. Necesitan que alguien los mande a leer y les diga que en las épocas complicadas nunca ocurre lo que debería ocurrir y que hay que prepararse para que nada salga como se espera porque la distorsión es tan pronunciada que todo lo raro se vuelve normal. Solo devolviéndole a cada palabra su verdadero sentido, podremos devolverles a nuestras vidas algo del orden que perdimos en el camino y construir un sueño mayúsculo, algo que se les olvidó a estos gestores que no hacen sino hablar de huecos negros y elecciones, mientras los del otro bando son capaces de degradar hasta el concepto mismo de dictadura.

  Llorar. Leer. Seguir haciendo aquello que nos mantiene despiertos. Trabajar. Aguantar. Soportar hasta que no podamos más o hasta que algo, en esta antimateria moral, cambie para bien.