miércoles, julio 17, 2013

LA VIDA EN UN EDIFICIO

  Se acabó. Hay calles, concreto, ventanas y azoteas, pero no hay ciudad porque sus habitantes perdieron el sentido de lo que comporta ser ciudadanos. Por eso se fastidian entre ellos, se increpan a gritos, se insultan y se matan con una facilidad incomprensible.

  No hay manera de hablar bien de la ciudad. Quien trata de hacerlo, pasa por iluso o por taimado capaz de mentir para obtener beneficio. Además, el público (ese anónimo de mil ojos) prefiere que le recuerden el horror, que le hablen con elegancia de aquello que no tiene arreglo fotogénico. Piénsenlo: nos hemos dejado arrastrar por una corriente salvaje que, en cada curva, corroe la leve capa de civilidad con la que creíamos estar cubiertos, pero como esa corrosión a algunos les produce cosquillas, parece que no importara, que la destrucción de todo fuera así: normal, impávida, indolora, inexorable.

  Sólo los árboles se salvan. El mito de la patria pacífica se desintegra mientras ellos mecen sus frondas en silencio. 

  Lo extraño es que a pesar de su desinterés por nuestro destino, los árboles nos recuerdan el vínculo que tenemos con esta tierra germinadora de absurdos y, además, nos hacen evocar la posibilidad de una minúscula redención en medio del desastre.

  Los árboles... Siempre los árboles hablándonos en futuro.

  Quién sabe si algún día lleguemos a entenderlos.