domingo, mayo 12, 2013

LAS SIGUIENTES PALABRAS
    Tal vez la belleza sea una sensación, la que queda al encontrar algo, un paisaje, una calle, una obra de arte, una persona, en la que coinciden, con extraño equilibrio, limpieza, orden, coherencia y naturalidad.

   No se quejen porque los griegos iban más allá; a esa definición de belleza le añadían el sentido de la moral, de la educación y de los límites.

   Y yo creo en los antiguos.  

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   Por lo visto, el objetivo de los artistas de todas las ramas del arte es el mismo: convertirse en parte del mainstream y secarse día a día hasta convertirse en estatuas vivientes que van a programas de televisión a hacer el ridículo, repitiendo lo mismo que los llevó a la fama. De Tom Jones a Herbie Hancock, de Henry Stephen a Rod Stewart, de cualquiera que ustedes digan a cualquiera que yo proponga, el camino de la perdición mainstream es siempre el mismo.

   Lo mainstream.

   Lo mainstream es la demostración de que el éxito momifica.

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   Hasta hace poco, el objetivo de la especie era la supervivencia; el de hoy parece ser alcanzar alguna notoriedad, así sea pasajera, o, al menos, pertenecer a algo que permita a los individuos sentirse parte de una tendencia notoria. Hoy, por lo visto, el sentido de la vida tiene que ver con el gregarismo de la cultura pop, con consumir y hacer lo posible porque otros consuman lo que hacemos, que es como decir que consuman lo que somos.

   Y así terminamos convertidos en taquígrafos de la realidad, en gente que vive para teclear teléfonos móviles y llenar de intrascendencias la red.

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   Los ascensores de mi edificio están vivos; trabajan cuando quieren, se detienen en el piso que les provoca, bailan, tiemblan, rebotan, abren y cierran sus puertas como si quisieran morder a sus pasajeros… Lo peor es que si les reclamas a los tres inútiles que fungen de encargados del condominio, te contestan cosas como «¡no puede ser! ¡Yo acabo de subir (o de bajar) y todo estaba normal!». Normal es que aprietes el ocho y el elevador suba hasta el catorce o que quieras bajar del once a planta baja y resulta que el aparato te deja en el uno, sin derecho a quejas ni pataletas. Normal es que aprietes el botón del siete y el artefacto de marras baje al sótano dos y no se abran las puertas y tú te asustes y te pongas a tocar cuatro, cinco, seis veces el botón de alarma y, cuando ves que no llega nadie a rescatarte, decides convertirte en Supermán y abrir a la fuerza los labios verticales de esa bestia-caja que te tiene en sus fauces porque sí, porque le dio la gana.

  De noche, cuando casi todos los vecinos duermen, el ruido que hacen las mandíbulas mecánicas me despierta y hacen que me quede en mi cama oscura, esperando el próximo golpe, el mordisco que viene y que quizás despierte a otro que, como yo, quedará en vela durante un largo rato imaginando borrachos que recalan en sus casas o ambulancias que llegan a auxiliar asmáticos.

  Todavía no he hallado la manera de vengarme de los ascensores de mi edificio ni de quienes los mantienen así, salvajes, grotescos, horribles.