En 1982,
en el marco de Documenta 7, Beuys presentó un complejo y ambicioso proyecto titulado 7000 Robles. Se trataba de una intervención
urbana que consistía en la siembra de siete mil árboles (robles de distintas
variedades) en varias ciudades del mundo. Como no se podían sembrar siete mil
árboles de una sola vez (recuerden que hacerlo supone superar una burocracia
urbanístico-ambiental con mil cabezas y pocos recursos económicos), el artista
propuso la instalación de unos monolitos de basalto, de un metro veinte
centímetros cada uno, que sirvieran como marcadores de los puntos donde se sembrarían
en un futuro cercano los robles.
Para Beuys un árbol es una escultura
viviente, una estructura natural, un símbolo del poder restaurador de la
naturaleza que, al usarse en un proyecto como el de los 7000 Robles, queda convertido en un readymade vivo que expresa la
importancia del arte en la regeneración y mantenimiento de la vida sobre el
planeta y en el bienestar de la sociedad.
Cada roble
se plantaría junto a un monolito. El árbol crecería a su ritmo, con lenta e
implacable belleza. Quien pasara a su lado, observaría el contraste entre la
piedra y el árbol, entre lo vivo y lo inanimado, entre el ser vivo que crece y
la roca que permanece intacta. La disposición original que Beuys diseñó se ha
venido cumpliendo por etapas desde 1982. Todos los robles apuntan a un roble
inicial plantado por el propio artista en Kassel, Alemania. Las calles de Nueva
York, Kassel y Berlín en las que aún no se han sembrado los robles, tienen sus
monolitos de basalto, erguidos y listos para acompañar a los árboles cuando los
siembren.
Quien crea que la importancia de este
proyecto se limita a sus implicaciones ecológicas, se equivoca. En el gesto de
plantar siete mil árboles (¡siete mil readymades!) confluyen todas las ideas que
Beuys desarrolló durante décadas: el arte como herramienta de sanación, la
escultura social, la política como extensión del arte… Al contrario de lo que a
simple vista parece, el proyecto de los 7000
Robles incomoda. A pesar del dinamismo y de la constante prosperidad de las
ciudades que escogió Beuys para colocar sus árboles, el hecho de haberlas
escogido, nos habla de que se trata de ciudades en las que viven sociedades
«enfermas», deshumanizadas, adictas al movimiento y a aquello que más las
enferma: un exceso de falso bienestar que, además, les impide ver lo que les
falta: aire, salud, belleza, árboles, amor, vida.
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